Tatuaje

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¿Qué es un tatuaje? Un sello sagrado. Una pintura que fortalece, convoca rituales y prepara para la lucha. Un tatuaje es marca de tribu. Deseo de entrega al cosmos. Anhelo de trascendencia. Es un símbolo de fuerza. Una invocación guerrera que insufla ánimos para el presente y nos acompaña hasta la muerte. Es una letra personal y única que nos orienta en la eternidad. Una manera de convocar espíritus superiores. Nostalgia de los tiempos de la hoguera y la caza. La transformación del cuerpo del hombre en un lienzo sacro. Un universo que explica el mundo. Un tatuaje es un libro. Una forma de comunicación con los dioses. Una negación de las religiones organizadas. Un retorno al tiempo de las tribus. La época del grupo, la caza y la carne cruda. Y, desde luego, en algún caso, es arte. Una obra que convoca tempestades, transforma la mirada y cambia el alma humana.

No hay que ser muy perspicaz para considerar a Javier Salas un artista. Uno de esos profundos nihilistas que llegan tan lejos en su negación del absoluto que terminan por crear vida. Por atraer espíritus derruidos y destruidos a su alrededor. Sus tatuajes son selvas llenas de almas vivas que se apoderan de los tatuados. Javier Salas no tatúa. Realiza exorcismos. Implantes espirituales. Convierte la piel de los tatuados en relatos románticos. Expresiones subjetivas de su yo sin los que costaría identificarlos. Y transforma los cuerpos en espejos donde desaparecen las fronteras entre la vida y la muerte. Bosques llenos de ánimas encantadas que sonríen malignamente desde el más allá.

Javier Salas no tatúa. Hace brebajes. Compone pócimas de brujo. Transforma la sala de operaciones en campo ritual. Territorio de guerra. Ejerce de chamán. No pega el dibujo en la piel sino que lo extrae del corazón de los tatuados. Penetra en su cuerpo e invoca el retrato que deben grabarse. No el que desean. Sino el que les está destinado. Es un artista del caos. Se orienta entre humaredas, polvo y edificios demolidos. Conquista el retrato al salto y no debido a un preciso trabajo de elaboración. En su caso, su ocupación se antoja instintiva. Fruto del azar divino. Javier Salas no parece un currante sino un guerrero. Alguien que se ha lanzado al fondo del abismo y ha regresado con un flujo de humo que luego plasma en la realidad.

He visto tatuajes pero pocos tan humanos como los de Javier Salas. Hay tatuadores que imprimen personalidad, otros que crean postales preciosas y algunos que convierten una espalda en una bella primavera pero no he sentido nunca la sensación de encontrarme ante verdaderos seres humanos como frente a estos tatuajes. Líneas anti-fotográficas que, a pesar su realismo, ante todo, plasman un aura. Una sensación íntima. Un instante irrepetible. La piel, repito, es para Javier Salas un espacio sagrado. Una lámpara mágica en la que van apareciendo y desapareciendo diversos espíritus conforme cava en el subconsciente del cuerpo. Su trabajo es encontrarlos, no permitir que desaparezcan, dialogar con ellos y luego, dejarlos posarse con calma y paciencia en los músculos de los aventureros que lo visitan.

Javier Salas nos enseña que un tatuaje no debe conformarse con ser un sello, un lazo o un símbolo. Puede reflejar una paleta tan grande de emociones como cualquier obra de arte. Ha de ser capaz de transmitir lujuria, errancia, tristeza, inocencia o ignorancia y maldad. En su caso, los tatuajes no son colisiones que se le hacen al cuerpo. No son imposiciones sino intuiciones. Visiones. Océanos mentales e incendios sentimentales transformados en imágenes. Llagas amorosas. Shalam

أُحِبُّكَ يَا نَافِعِي وَلَوْ كُنْتَ عَدُوِّي

Intenta no ocupar tu vida en odiar y tener miedo

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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