Los miércoles, milagro (1)

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Cualquier aficionado al fútbol debe encontrarse bajo el shock de lo ocurrido en Madrid hace no más de 48 horas.

Debo reconocer que estuve a punto de realizar un avería cuando el conjunto blanco remontó al PSG en el partido de vuelta de octavos de esta Champions. Pero un voz interior me aconsejó que esperara. Porque lo que se vivió allí fue tan impactante y, en cierto sentido, tan natural (lo que significa que podía perfectamente volver a repetirse) que todo lo que escribiera podría saltar por los aires dos semanas después. Así que preferí ser prudente y guardar silencio. Algo que, a estas alturas, tras lo ocurrido en el Bernabeu en los últimos minutos del partido contra el City, ya me resulta prácticamente imposible. Así que ahí dejo mis reflexiones sobre estas últimas hazañas del Madrid en Europa. Las cuales, debido a su extensión, dividiré en dos partes.

Los miércoles, milagro. (1)

Entiendo que cualquier analista o fan del fútbol estará de acuerdo conmigo en que lo realizado por el Madrid el pasado miércoles contra el City no tiene una explicación racional demasiado sencilla. Aunque tampoco creo que haya que complicarse demasiado. Nada más terminar el partido, un amigo escribió en mi whats eso de «Hala Madrid» y creo sinceramente que en ese momento entendí todo lo que acababa de ocurrir.

Era más aguda, lúcida y analítica esa expresión que cualquiera de los comentarios que leí y escuché minutos después. Aunque, por una vez, hubo casi total unanimidad y ni tan siquiera los más sesudos periodistas alcanzaban a dar otra explicación que no tuviera que ver con la mística del Bernabeu, la historia del club blanco o el espíritu de Juanito. Los hubo incluso que hablaron de los manes y los tradicionales milagros crísticos.

Por un día, sí, el fútbol convirtió a todos sus prosélitos en seres espirituales con el corazón en carne viva. Porque en esta ocasión no se produjo tanto una escenificación de una resurrección sino que se contempló un verdadero renacimiento. No es lo mismo que el sacerdote lea en voz alta las tradicionales palabras sobre la resurrección de Cristo al tercer día que los fieles contemplen a su adorado señor levantándose de la lápida por sus propios pies.

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He de reconocer también que la traviesa sonrisa de Jorge Valdano minutos antes del comienzo del partido insinuaba mucho mejor lo que estábamos a punto de vivir que los clásicos análisis de Julio Maldonado, Santiago Segurola o Axel Torres. En esa sonrisa había certeza, seguridad. Algo también de picaresca.

Si bien el origen del famoso miedo escénico del Bernabeu hay que buscarlo en las palabras de Juanito a un jugador del Inter, fue el cerebro del argentino (vía García Márquez) el que las patentó. Así que si alguien sabía bien qué podía ocurrir en unos minutos y el grado de confusión mental que podían experimentar los jugadores del City ese era el antaño delantero madridista. Quien además, por la época en que se desplazaba ágilmente por los rectángulos de juego de media España, compartía vestuario con un tal Diego Maradona. Otro al que le bastaba con una sonrisa y un toque al escudo para desmontar toda lógica. Transformar el fútbol en una ceremonica circense. En algo inexplicable. Una parte del estómago de Dios.

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Hace unos días me crucé con un amigo en el ascensor y le pregunté cómo veía la eliminatoria contra el City. Me dijo que lo veía complicado. Algo que, siendo él madridista, me extrañó. Porque en todo madridista hay una resistencia feroz a la derrota. Ante cualquier rival, cualquier partido y cualquier circunstancia, el madridista es absolutamente previsible: «el favorito es el Madrid». Y no hay mucho más que hablar.

Si el Madrid se encuentra a 11 puntos de la cabeza de la Liga a cuatro jornadas del fin del campeonato, el madridista de fe, raza y corazón expresará con total convicción y seguridad que este torneo no se le escapa al equipo blanco. Si el Madrid pierde contra un equipo de prestigio europeo en la ida por varios goles dando una imagen lamentable, el madridista de fe, raza y corazón no se pondrá excesivamente nervioso. Lo más normal es que con absoluta tranquilidad cite la famosa frase de Juanito («90 minuti en el bernabéu son molto longo»), bese el escudo y, con desparpajo y confianza, entre sonrisas, quite toda trascendencia al mal resultado y asegure sin empancho que el Madrid remontará. Le dará la vuelta a esa mala faena.

En fin, creo que precisamente esta actitud que muchos que somos ajenos al credo madridista contemplamos, desde la distancia, con cierta sopresa, duda y casi que incredulidad, es la que, en cierto modo, explica esas incombustibles victorias del Madrid en el descuento o cuando ya todo parece perdido. En la mítica final de Champions en Lisboa, todos los que no éramos merengues dábamos ya por ganador al Atlético. Pero los madridistas de fe, raza y corazón tenían la absoluta certeza de que el conjunto blanco conquistaría el trofeo. Me los imagino incluso relajados contemplando cómo pasaban los minutos y su equipo no marcaba. Así que cuando Ramos enchufó su testarazo, se alegraron, sí, pero no se sorprendieron. Según su lógica, eso era lo normal. Lo que debía ocurrir. No importa que fuera de penalti injusto, con la mano o en el último segundo.

Algo parecido sólo lo he visto y vivido en Boca. Cuando el Milan ganó la Champions del 2002, en las enormes hileras de hinchas que hacían cola en la Bombonera antes de la final de la Libertadores, nadie hablaba con miedo del equipo de Ancelotti. A pesar de que en su 11 titular resaltaban los nombres de Kaká, Seedorf, Shevchenko, Pirlo o Cafú, los seguidores xeneizes estaban absolutamente convencidos de la victoria. Casi como si el adversario fuera un don nadie.

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Dicho esto, no es cierto que el Madrid jugara mal. Hay que ser muy fuerte mentalmente para lograr marcar tres goles en el Etihad Stadium. No dejarse ir en un partido como el de ida donde estaba siendo por momentos sobrepasado y, además, responder con personalidad al acoso. El city, sí, fue superior pero el Madrid no le perdió la cara al partido. Y sobrevivió. Y eso, quedando 90 minutos en el Bernabeu, era casi media eliminatoria. Ningún madridista se fue cabizbajo de Inglaterra. La mayoría se fueron pensando de hecho que la clasificación estaba en el saco.

Más tarde, una semana después, jugó mucho mejor de lo que se ha dicho. Yo me esperaba un dominio absoluto, casi insultante, del City. Pero no fue así. Controló el partido pero no apabulló. Y el Madrid tuvo varias oportunidades que, de estar más afortunados Benzema y Vinicius, lo hubieran puesto por delante. El comienzo de la segunda parte de hecho fue un sintomático aviso de que el conjunto blanco no se iba a dar por perdido. A poco que se descuidase su rival, lo arañaría. Y no bajó los brazos ni cuando la tormenta parecía que no dejaría de arreciar.

Lo más sintomático de todo es que, desde el momento en que el Madrid marcó el primer gol, el partido terminó. El City fue una sombra. Un cadaver. En vez de haber recibido un golpe al mentón parecía que le habían clavado un puñal al corazón. Así que, aunque parezca mentira, los que respiraron por llegar a la prórroga fueron los ingleses. Débiles marionetas sin personalidad que vagaban sin rumbo por el campo, como previamente les había ocurrido a los futbolistas del Chelsea y el PSG tras recibir el habitual sopapo de Benzema, Vinicius o Rodrygo.

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Tengo la impresión de que este avería es muy largo y todavía no he podido ni tan siquiera referirme a lo que deseaba hablar. Probablemente porque tampoco lo tengo muy claro. ¿Cómo explicar lo del miércoles?

Recuerdo que, cuando era estudiante, compartí piso durante unos meses con un alemán. Le costaba entender el maǵico desorden en el que vivíamos los españoles y no tardó en irse a su país. En una ocasión, llamó por no se bien qué motivos. Recuerdo, eso sí, que preguntó cómo estábamos y, al momento, todos mis compañeros, sus novias y amigos comenzaron a jalear y pegar gritos sin una causa muy clara. Sorprendido, el alemán me preguntó qué ocurría y mi respuesta fue clara y escueta: «Esto es España, tío».

Supongo que algo parecido es lo que muchos madridistas habrán respondido estos días a sus colegas de medio mundo: «Esto es el Madrid, tío». Y punto. Shalam

الحقيقة ، كالضوء والستائر

La verdad, como la luz, ciega

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen….mas rugby que futbol……
    2ºimagen…..maldito madrid!!!, no puedo con la caverna mediatica, jajajjj…..
    3ºimagen…..para todos una tapa de pava y cuatro cañas de azor……
    4ºimagen….esta peñita es insoportable…..
    5ºimagen…..africa vs europa…
    6ºimagen….le parieron los burros, bro……
    PD…https://www.youtube.com/watch?v=RGpR9AzVyDk….carol king…loco-motion…1962….

    • Alejandro Hermosilla on

      1) Una melé en campo de rugby o un amigo protegiendo a otro de un toro en los San Fermines. 2) Mosquetero acechado por cuatro soldados de ejército enemigo en un callejón parisino 3) Periodismo a pie de calle o a pie de estadio. ¡Peligro en carne viva!
      4) Música de C.Tangana en los mp3 de toda esta peña. 5) Devuélveme lo que me has robado. 6) Somos diferentes pero todos vestimos igual. PD: Excelente interpretación. Look de Carole parecido al de la protagonista de Psicosis.

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