Martina

2

Martina Navratilova jugaba al tenis con el temple de un ajedrecista y la pasión de un forofo de un club de fútbol. Si ha habido pocas tenistas como Navratilova es porque la checa combinaba esas dos características: por un lado, era fría y extremadamente analítica y por otro, era una completa enamorada de su deporte. Estaba dispuesta a realizar todos los sacrificios que fuera posible por incrementar su rendimiento y mejorar sus prestaciones en las pistas. Sólo así puede entenderse que pudiera continuar jugando con garantías de triunfo hasta mediados de la década de los 90. Cualquier otra jugadora se hubiera dejado ir tras corroborar el fogoso empuje de las nuevas generaciones de tenistas lideradas por Steffi Graff o hubiera pensado en retirarse tras su inesperado triunfo en el Wimbledon del año 90. Pero Martina era una luchadora nata. Su mente podía aceptar las derrotas pero no rendirse. Y eso le llevó, contra todo pronóstico, por ejemplo, a protagonizar finales en Wimbledon contra Monica Seles y Conchita Martínez durante la década de los 90. Un hito no tanto tenístico sino humano merecedor de un sinfín de elogios.

Verdaderamente, Martina era una tenista muy completa. Colocaba muy bien sus golpes. Con una precisión casi matemática. Pocas tenistas han tenido esa capacidad de ajustar sus drives y reveses para fabricar golpes que parecían trazados por un delineante en su despacho. A menos que estuviera en una situación de desigualdad, Martina no solía contentarse con pasar la bola. Necesitaba ajustarla, colocarla siempre unos centímetros más lejos de donde la rival la esperaba. Un mérito que le permitía subir a la red y ejecutar sus voleas letales, pero también le permitía lógicamente aguantar desde el fondo de la pista y superar a sus rivales cuando éstas decidían atacarle.

Creo que ahí se encuentra la base de su juego: en la sabia colocación de sus golpes desde el fondo de la pista y su excelso desempeño en la red. Además, Martina tenía un muy buen saque y, sobre todo, una voluntad de hierro que fue la que le permitió dar el salto desde la Praga comunista hasta Estados Unidos para convertirse en una tenista profesional. Una de las que más han hecho a lo largo de la historia por la consolidación del tenis femenino en el inconsciente colectivo moderno.

En realidad, nadie hubiera apostado por ella viniendo de donde venía. Pero su determinación era tanta que, cuando casi era una adolescente, no dudó en aprovechar las escasas ayudas y oportunidades para viajar que su país le permitía para realizar diversas giras norteamericanas en las que pudo medir fuerzas con tenistas de diversa índole y edad, y a comprobar que si continuaba trabajando podía superar a la gran mayoría de ellas.

Es tanto a su carácter como a las dificultades que tuvo para abrirse camino desde la antigua República Checa hasta Estados Unidos y de ahí al circuito profesional donde creo que hemos de encontrar las raíces de su infatigable personalidad.

Martina sabía que debía esforzarse más que el resto para consolidarse en el circuito. Una bola perdida podía suponer un trauma, un imperdonable retroceso en su carrera, una vuelta atrás a un mundo que no podía darle las prestaciones que necesitaba para desarrollar su tenis y triunfar. Así que para Martina, el esfuerzo era innegociable. No podía permitirse desfallecer y cuidaba tanto sus entrenamientos como su alimentación con un rigor cartesiano que se correspondía con la belleza ortodoxa de su tenís. Eso, por cierto, es algo que siempre encandiló del tenis de Martina: el hecho de que sin ser una rebelde ni una revolucionaria, sin inventarse grandes golpes, era capaz sin embargo de emocionar por el temple y fineza con el que manejaba la raqueta y los bellos ángulos geométricos que era capaz de abrir.

Con el tiempo, se ha acabado hablando más de la vida privada de Martina que de su tenis. Algo en cierto sentido comprensible porque, hasta su llegada, hablar de lesbianismo en el tenis era como referirse a motocicletas y automóviles en el viejo Oeste. Un hecho imposible e impensable. No obstante, la inteligencia y sagacidad de Martina para realizar esta confesión en el momento adecuado, (tras haber soportado miradas de desprecio y burla en decenas de pistas y haber aguantado que diversas marcas publicitarias la dejaran de lado al conocer su secreto), permitieron, dentro de lo que cabe, normalizar esta situación. Hacerla más comprensible para los tradiciones miembros de la sociedad tenística.

Dije antes que Martina no era precisamente una revolucionaria y creo que esta afirmación no es exacta del todo. Puesto que allí donde puso un pie, no sólo dejó su huella sino que algo cambió para siempre. Era, de hecho, increíble ver a una tenista checa desplazándose con absoluta soltura por las pistas de tenis y aún más saber de sus deseos (y necesidad) de nacionalizarse norteamericana, aunque eso le supusiera distanciarse de su país de nacimiento (donde las autoridades la consideraron una traidora) y de sus familiares y amigos. Había que tener un temperamento de hierro para, habiendo nacido en un país comunista, pedir asilo en los Estados Unidos. Atreverse a dar ese salto y, además, comenzar a marcar terreno en un campo, el tenis femenino, que no dejaba de ser una mera comparsa del masculino. Algo que cambió completamente desde la llegada de Navratilova. Sus golpes, su tesón, su actitud, su talento y sus inolvidables duelos contra Chris Evert lograron que todos los focos se centraran en ella.

Actualmente, el circuito femenino peca de cierta indefinición. No existen tres o cuatro tenistas lo suficientemente regulares como para identificarse con ellas y establecer un vínculo afectivo. Antes, las hermanas Williams manejaron con tanta fiereza el circuito que el tenis femenino parecía una dictadura. Pero hubo una década, la de los 80, que entre los duelos de Navratilova y Chris Evert y la posterior llegada de Seles, Sabatini y Graf se dieron todos los condimentos necesarios para recabar el interés del público. Yo, de hecho, recuerdo de niño seguir casi con más interés los partidos de Navratilova que los de McEnroe o Lendl. Más que nada porque ambos tenistas, a pesar de su soberano talento, eran más irregulares que Navratilova. Una mujer que (tal y como queda claro revisando sus resultados en su increíble 1983) era como un reloj. Siempre, repito, entregaba lo máximo de sí misma y dejaba dos o tres golpes para el recuerdo en cada partido. Es precisamente a esa regularidad a la que debe sus dos triunfos en Roland Garros. El torneo que peor se le daba en comparación con Wimbledon (su torneo fetiche).

Si bien es cierto que el juego de Martina se adaptaba perfectamene a la hierba, su temple y talento para colocar la bola desde el fondo de la pista le permitieron conquistar el torneo de tierra. Prueba de lo completa que era como tenista y, sobre todo, de su increíble capacidad de concentración. En realidad, hasta que no vi jugar a Rafael Nadal, Martina era la tenista con mayor fortaleza mental que yo recuerde. De hecho, por momentos, casi que la veíamos pensar en movimiento. Jugaba al tenis sin cesar de reflexionar. Como si en vez de un juego físico, fuera de mesa. Y tenía una capacidad extraordinaria para motivarse, no dar una bola por perdida y sacar lo mejor de sí misma en las peores situaciones.

A este respecto, animo a cualquiera a que contemple unos cuantos de sus enfrentamientos con Steffi Graf. La alemana era puro talento. Un prodigio. Una máquina. Era la tenista perfecta. Alguien invencible a la que prácticamente había que hacerle el pasillo. Si estaba en condiciones normales, no ganaba sino que arrasaba. Durante unos cuantos años, Graf no fue el presente del tenis sino el futuro. Estaba adelantada a su tiempo. Frente a ella, parecía que no quedaba más que rendirse o esperar que no tuviera su día. Lo lógico era que Martina, al ver a Graf, hubiera levantado el pie del acelerador y hubiera entendido que su tiempo había pasado. Pero esa forma de actuar no iba con la checa. Al contrario, aunque se percibía que estaba en muchas ocasiones en inferioridad, lo que hizo Martina fue trabajar más duro, mejorar, seguir entrenando, estudiar nuevas técnicas y tácticas, jugar a veces más rápido, cambiar el ritmo de sus golpes y, de este modo, fue capaz de hacerle frente a la alemana y dejarnos partidos que forman parte de la historia del tenis. De esos que en su momento hacían saltar chispas en la cancha y ahora forman parte de cualquier hemeroteca tenística respetable.

Graf es cierto que venció a Martina en unas cuantas finales pero también fue derrotada por Martina en partidos esenciales. Se llevó unos cuantos golpes que le dejaron varias cicatrices que le ayudaron a madurar y crecer como persona. De hecho, el head to head entre ellas es de nueve a nueve. Mérito, sobre todo, del temperamente obsesivo y trabajador de Martina, puesto que otra persona hubiera optado por echarse a un lado y dejar pasar al huracán germano.

Martina fue una mujer que no pedía privilegios sino oportunidades y que todo lo que logró lo consiguió con su esfuerzo. Todo un ejemplo a reivindicar en ese aspecto. Y como tenista, no cabe duda de que es un auténtico icono. Martina es al tenis lo que Abba a la música. Cada uno de sus partidos era, en cierto sentido, una fiesta tanto por la pasión que imprimía a sus golpes como por la intensidad con la que vivía este deporte. Nadie golpeaba a la bola como ella. Con esa mezcla de precisión y técnica en la que primaba tanto la belleza de la ejecución como la colocación. Su forma de jugar era sumamente equilibrada. Incluso cuando era agresiva, transmitía armonía. Elegancia. En ese sentido, Martina era como una canción pop de los 60 o una disco de Gloria Gaynor. Allí donde iba levantaba los corazones y provocaba alegría porque colocaba su amor por el tenis por encima de sus prioridades personales. Haciendo de sus partidos hermosas performances artísticas que daban sentido a la vida de los espectadores. Shalam

الموت ليس أكثر من تغيير المهمة

La muerte no es más que un cambio de misión

COMPARTE.

Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen….tiene brazos de culturista……
    2ºimagen….muy comic esta imagen….
    3ºimagen….para ir a la playa y para jugar al tenis no se llevan los adornos de oro….jajajj
    4ºimagen….martina por favor esta equipacion es feissima parece que eres del club de tenis carmelitas…..
    5ºimagen….el juez de silla soltara las pariposas …..
    6ºimagen….todo fuera, quedan la pelota , las gafas y la raqueta sobre fondo negro…..
    PD:https://www.youtube.com/watch?v=hHxpgpaLB2o…..Flip Flop and Fly · Joe Turner and His Blues Kings…1955..
    martina nacio en 1956, supongo que a praga no llegaba esta musica…..

    • Alejandro Hermosilla on

      1) El trabajo de Navratilova para mantenerse en la élite conforme maduraba se ve en esos brazos. 2) Me la imagino como una fotografía que abriría un documental o que podría ser vendida como documental Netflix. 3) Una máquina tenística. Imagino esta escena siendo analizada en un laboratorio para distinguir los mejores movimientos. 4) Martina como protagonista de una vieja película grabada en un parque de la Praga comunista. Parece una lectora de Nabokov. 5) Excelente indumentaria muy norteamericana. Una Martina yanqui que ha dejado muy atrás su pasado. Dispuesta a restar y a nuevos retos. 6) Me recuerda a las imágenes de aquel etéreo documental rodado en Francia sobre John McEnroe. Puro ballet. Puro arte. Nouvelle vague. Cine mudo. https://www.youtube.com/watch?v=8oCz7Mv5yEU&ab_channel=LaPassionDuDOCUMENTAIRE PD: No veo a MArtina bailando esto. Ni squiera ahora. La imagino idealistamente escuchando a Dovrak en una esquina.

Deja un comentario