60 watt silver lining: el océano que navega

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No sé si es el mejor momento para escribir sobre un disco. Hay una persona debatiéndose entre la vida y la muerte en un hospital por responsabilidad de unos miserables que se merecen mi más inmenso desprecio y por ética, tal vez deberíamos dejar todas nuestras inquietudes de lado y centrarnos en enviar energía a la enferma y acorralar al gobierno. Pero uno es un ser humano y necesita sosiego y paz también. No se puede estar constantemente en guerra. Y a estas horas de la noche mexicana me gustaría referirme a un disco verdaderamente especial. Uno de esos compuestos para escuchar en atardeceres junto al río o para lamernos las heridas mientras viajamos en un tren o un autobús atestado de gente y atisbamos un horizonte sin saber qué nos traerá. Me refiero, claro, a 60 watt silver lining del gran Mark Eitzel. Un disco crepuscular, a través del que se atisban ciertos destellos de luz aun en la oscuridad. Una mirada frontal al desasosiego que termina desarmando por la crudeza y sinceridad con la que el bohemio y excéntrico californiano profundiza en su corazón. Dialoga con la tristeza relatándonos con absoluta crudeza y veracidad sus combates y romances con ella.

Hay algo inefable e intangible en este disco que enamora. Cierta sabiduría. Cierta lucidez que lo eleva por encima de su tiempo sumergiéndonos en las fosas de un relato atemporal. Un viaje eterno a través de la conciencia y la memoria de los hombres, las heridas que nunca cicatrizarán y los viejos amores que tampoco se olvidarán. Es, sí, un disco catártico. Pero sobre todo un disco de comunión y aceptación con el pasado y nuestro futuro. Una obra que invoca un porvenir sin renegar ni querer borrar de un plumazo las frustraciones de los tiempos pasados. Más que una colección de canciones es un acto de contricción. Un rezo a través del que se construyen los mimbres de una civilización de poetas en el que todos los refugiados, excluidos y perdedores encuentran consuelo. Una revisión serena a toda una vida y el estado de salud espiritual de un país antes de los nuevos estallidos. De hecho, se me ocurre pensar que esta obra de arte es una especie de apéndice a la obra de William Faulkner. Nace meses después de una terrible batalla. En uno de esos escasos momentos de paz de los que los pueblos gozan. Tras el incendio de una población. En el comienzo de su reconstrucción. Cuando los pájaros vuelven a poblar los tejados de las casas y una pareja de amantes se besa contemplando un paisaje al descubierto y durante un instante, aunque únicamente sea un instante, saboreamos la dicha y comprendemos sin decir una sola palabra que la vida merece la pena. Gracias y a pesar de todo. Sí. Gracias y a pesar de todo.

Siendo yo un seguidor más o menos fiel de la obra de American Music Club, habiendo disfrutado muchas de sus creaciones, lo cierto es que no encuentro en toda su carrera un album tan regular y evocador, poético y arrebatador como éste de Mark Eitzel que comento. Tal vez porque, al haber sido compuesto dos años después de la separación de la banda en que creció, se educó y comenzó a transmitir sus turbias emociones, se sintió en parte liberado y pudo expresarse por primera vez enteramente como deseaba. O al menos sin las ataduras de una banda que había poco a poco forjado una leyenda y con la que, por tanto, tenía ciertas expectativas que cumplir. En este sentido, al Mark Eitzel de 60 watt se le nota suelto y relajado como nunca. Como un caballo sin riendas o un perro feliz de correr por la playa sin correas. Es un hombre que cuando besa -es decir, cuando canta- olvida el rencor y se concentra en expresarse de la mejor de las maneras que sabe. Disfrutando de su condición de perdedor por primera vez. Tal vez siendo plenamente consciente de que no hay derrotas ni victorias definitivas y que por tanto lo que debemos hacer es disfrutar del camino. Gozar con el arte y todo aquello que nos pasa puesto que no somos inmortales y cada momento es irrepetible.

Mark Eitzel canta aquí más suelto que nunca. Saboreando cada sílaba o estrofa. Como un pájaro, un alce o un hombre recorriendo un parque espectral llenándose de aire puro. Con la mitad de la vida por delante y la otra detrás recogidas en un puño que sabe equilibrar ambos impulsos. Sí. Eitzel tira en este disco de su espíritu hacia delante. O más bien se deja llevar por él sin imponerle un destino ni un ritmo fijo. Mira de reojo al jazz de Nueva Orleans, la leyenda de los viejos bluesmen, realiza un guiño a los cuatreros y jinetes de Oeste, a las tabernas donde se construyó la leyenda maldita americana y vuela junto a los cantantes de folk y country elevando su voz a los cielos. Invitándonos a escuchar a las golondrinas o saborear un atardecer y un nuevo amanecer en calma. Porque su espíritu se encuentra en paz. Ha llegado momentáneamente a un remanso de calma. Eitzel, sí, es ahora un guerrero que reposa en su cueva tras una batalla en este caso con el alcohol y la locura y los amores imposibles. Y por ello es que es capaz de dejarse tiras de la piel en cada una de sus canciones. Porque no tiene nada que ganar ni nada que perder. Y cuando esto sucede, cuando un artista se encuentra en ese lado de la orilla donde no hay méritos ni premios ni objetivos que perseguir es que de alguna manera ha trascendido. Se ha superado a sí mismo. Y puede dedicarse a componer y transmitir belleza. Que es en el fondo lo que este disco es: un inmenso océano de ternura y paz que navega a través de los tiempos y las épocas buscando compañeros que agradar. Con los que pasar un buen rato desternillándonos de risa por el mero hecho de estar vivos. Saboreando un cigarro sobre la escotilla de un barco cuyo destino es una isla desierta. Una tierra repleta de palmeras, loros y monos en cuya arena se encuentra grabada la memoria de los piratas, los ladrones y los vagabundos y todos los hombres perseguidos por la ley y la iglesia a lo largo de la inmensidad y el agujero de los tiempos. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Cuando bebas agua, recuerda la fuente

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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