Alice

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Para mí, escuchar la voz de Tom Waits es casi como sentir en el oído los ladridos de mi perro. Y también sus lametones. Un lobo salvaje que nunca dejaré en la perrera. Aunque me destroce los muebles y la ropa. Algo entrañable. Casi atemporal. Un ritual necesario. Uno solo de sus berridos y ya comienzan a crujir mis tripas. Como si fuera un tren en combustión. O estuviera a punto de producirse un terremoto. Psicológico y físico. Imaginario y real. Mi cerebro empieza a retumbar como si alguien le estuviera arrojando piedras. E imagino en las proximidades, pantanos, lodos de barro y trajes de obreros. Guitarras totalmente destrozadas. Clowns hambrientos con orgullo y dignidad. Vagabundos con los que nunca hablaré bebiendo de una botella vino recogida de la basura. Cuentos de Juan Carlos Onetti protagonizados por muchachas en vaqueros cortos montando en bicicletas. Piratas. Y textos de Francisco Tario arrojados al mar sin que nadie los haya leído. El sonido de dientes de una ballena al abrirse y cerrarse.

Hoy estuve escuchando durante varias horas Alice. El disco que compusiera para la recreación llevada a cabo por Robert Wilson a principios de los 90 de la genial obra y misteriosa vida de Lewis Carrol. Un carnaval surreal bastante contenido, tratándose de Waits, más cercano tal vez a One from the heartque a Bone machine o Black Rider. Pero tan emocionante como cualquiera de estos. Probablemente por el difícil equilibrio que establece el granjero del garfio entre su vena más delirante y esquizofrénica y la sensible y pausada. La necesidad de, tras echarle carbón y leña a la hoguera, comenzar a gritar como un poseso y endemoniado con la de adaptar su voz y letras a la historia de una muchacha que atravesó el otro lado del espejo. Consiguiendo escapar de esa maldita realidad de la que Waits ha bebido hasta el fondo para componer su obra. A la que aquí deja de lado, o al menos mira al trasluz, para simbiotizarse con un estado de gravidez y magia que consiga por momentos suspender el tiempo. Entronque el asombro y lo maravilloso con lo sórdido y desagradable, consiguiendo componer, poner en marcha una elegía de crujientes sonidos plurales -una mano en Kurt Weill y la otra en Nino Rota- y baladas románticas que podría ejercer perfectamente de banda sonora tanto deCarnivale como de El mago de Oz. Sonar en una caverna o en medio de un desfile militar en el que irrumpen no se sabe de dónde bailarinas vestidas con faldas de colores simulando abejas o insectos danzarines.

En Alice, los delirios instrumentales del Waits más desatado son tamizados por unos clásicos teclados que no se sabe bien cómo pero terminan por combinar asimétrica y perfectamente con su voz y unas líneas de saxo y violín que dotan de un profundo fondo argumental a sus habituales diabluras. Matizan, frenan y sobre todo, suavizan las perversas melodías vocales de un dóberman que parece más relajado que nunca. Sin excesivas tensiones y absolutamente nada que demostrar. Consciente de la necesidad de solapar, confundir vanguardia y clasicismo -y transformarlos de paso- para crear un híbrido movedizo y cambiante que no se agota por más que lo escuchemos, precisamente por la sabiduría casi callejera con la que combina azucaradas melodías con atonalidades. El ambiente del music hall con el del ballet y las melodías y pianos de bar. La fuerza y honestidad con que fusiona el mundo de la prostitución con el de la infancia y adolescencia. Creando, sí, un disco femenino. De atardeceres. No tanto de resacas. Ni de borracheras. Sino de evasiones. Creando continuas vías de escape y rutas alternativas a la música contemporánea. Construyendo barcos que alzan el vuelo y aviones capacitados para deslizarse por la ruta 66. Canciones que son descripciones de los bigotes del gato de Cheshire pero también de la barba del americano medio. Un entrañable collage sonoro parecido a un tornado procedente del Oeste. O a un sombrero vaquero sacado de algún western de Howard Hawks retratado por Magritte.

Da la sensación de que, al escribir este disco, Waits se aplicara a sí mismo las lecciones de Gurdjieff. Comenzase a cantar un segundo más tarde de lo esperado y contuviese la respiración un poco más de lo habitual. Porque Alice reboza en su interior un discreto misticismo que lo hace mágico y finalmente imprescindible. El disco ideal para acompañar a Alicia en su viaje infinito o volver a revisar los relatos, dibujos de Winsor McCay y soñar junto al pequeño Nemo arrobados por cualquiera de estas melodías. Crujientes nanas rodantes cosechadas en campos de trigo y maíz con el objetivo de contrarrestar los embites de la tantas veces atronadora, aterradora realidad. Shalam

 الشَّقِيَ بِكُلِّ حَبْلٍ يَخْتَنِقُ

El desgraciado se ahorca con todas las cuerdas

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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