Alicia

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Es adorable escuchar los viejos discos de Alice Cooper Band. Esas gamberras elegías proto-punk y dadaístas que huelen a esquizofrenia y locura por los cuatro costados. Y también a cabaret. Parecen haber sido compuestas por un Lewis Carroll transnochado. Insomne. Superado como el doctor Frankenstein por la violencia con la que su criatura se comporta, despertando sus instintos más bajos, en pedazos de vinilo de los que parece que va a emerger la cabeza de una gallina ensangrentada, el cráneo descuartizado de un bisonte o un conglomerado de trajes de época irresistibles. Una prueba de que USA se construyó con ríos de sangre, que la civilización crea no sólo monstruos sino también pesadillas y que el consumo en aquellos parajes no fue sino un escudo o armadura para defenderse de la brujería, los hechizos de hombres solitarios y exiliados que únicamente encontraban resuello en el sexo y el ocultismo. O la perversión. Y que básicamente no es posible entender aquel país sin el cónclave freak que esa dictadura detestable -la de lo políticamente correcto- ha intentado opacar. Sin los espectáculos de variedades, el circo, los rituales de vudú en las granjas de esclavos, el hombre elefante, Twin PeaksCarnivale, las lectoras de Tarot, Tod Browning, los shows burlesque, los magos y los escapistas, las carreras de pulgas y los vendedores de remedios contra la impotencia sexual, el acné o la ausencia de vello, las veladas en teatros de cine mudo animadas por números musicales y humorísticos, gritos histéricos, los espectáculos de Minstrel y de salón, o las mansiones construidas cerca de bosques habitadas por muertos, negras brujas o demonios que tocan viejos blues. En resumen, sin el resuello fantasmagórico, los residuos inmorales y los anhelos sin cumplir, de un pueblo formado por emigrantes, bandidos, piratas y mediocres hombres negocios soñando en resarcirse en los nuevos parajes de su mala suerte. Niños rezando acurrucados, con los ojos cerrados, sobre el vientre de sus madres viajando en barcos que no sabían dónde los conducirían. Si se hundirían o atracarían en puertos de tierras inhóspitas cuyos montes y colinas no eran muy distintos de los infernales.

La gran genialidad de la Alice Cooper Band fue reflejar todo ese mundo de sensaciones en varios discos que además de ser piezas gloriosas de rock psicopático y salvaje, casi rituales primitivos de magia negra, y traer consigo un añejo aroma a película de terror, son una de las mejores descripciones de la América profunda y enterrada que se han hecho jamás. Sí. La que había todavía más abajo de lo que mostraban los films de Brian de Palma, Martin Scorsese, Sidney Lumet, John Frankenheimer, Michael Cimino, Francis Ford Coppola o todas esas joyas de cine sucio protagonizadas por Al Pacino en los años 70 (desde Tarde de perros hasta A la caza). Además de ser también, un excéntrico acompañante de aquellas sinfonías secretas de horror fílmicas de las que fueron contemporáneos –La profecía, El otro, El exorcista– y un preludio de la aparición de un sin fin de desquiciados monstruos -Jason (Viernes 13), Freddy Krueger (Pesadilla en Elm Street) o Michael Myers (Halloween)– que no por casualidad invadirían las pantallas norteamericanas durante años de fiebre consumista y música FM edulcorada. Rubias platino y muñecas playboy a las que el contorneo parecido al de una serpiente de Alice Cooper por los escenarios amenazaba de muerte.

Los discos de Alice Cooper Band fueron la banda sonora perfecta para ilustrar el desencanto hippie. Lo que ocurrió en la mente del ciudadano norteamericano medio cuando tras años mirando hacia el Universo o viajando dentro de sí mismo (el LSD) y tras las expectativas creadas por la llegada a la luna, se vio obligado a mirar de nuevo los parajes y edificios que lo rodeaban. A cambiar la ciencia ficción por los viejos textos de Edgar Allan Poe y Washintong Irving. De hecho, justo cuando Pink Floyd o Yes comenzaron a eclosionar, insistiendo en que todavía, de alguna manera, era posible continuar viajando, retomar el sueño libertario por otros conductos más progresivos e imaginarios -que es lo que en el fondo fue el rock sinfónico- apareció este cuervo graznando. Esta señorita cuyo nombre evocaba el de una antigua hechicera, gritándole a sus compatriotas que estaban encerrados en un inmenso castillo sin paredes y las puertas abiertas a la muerte, con un áspero vozarrón verdadero. Real. Familiar. Como cada una de sus canciones llenas de guiños rebeldes y teatrales. Torturados eruptos. Viejos aullidos apocalípticos. Odas a adolescentes, inadaptados y desencantados, borrachos aislados y drogadictos enganchados a las películas de terror, entre los que es de suponer que se encontrarían Stephen King, Tim Burton o Thomas Ligotti. Toda una generación de muchachos empeñados en construir con guitarras tortuosas y metáforas quejumbrosas y viciosas el arte de su tiempo. El conducto espiritual para soportar el lento resquebrajamiento del planeta.

En cualquier caso, aquellos escarabajos maravillosos, esas surreales mariposas negras, “Love it to death“, “Killer”, “Muscle of love”, “Billion dollar Babies” o “School’s out” no terminaban de alcanzar su sentido hasta que no eran interpretados en el escenario. Pues eran prácticamente operetas rock. Melodramas realizados para ser oídos y sobre todo, interpretados ante el público en conciertos que eran casi invitaciones a morir en la silla eléctrica. Dejarse fustigar por un enmascarado. Psicoanálisis colectivos y catárticos realizados con la mirada puesta tanto en el teatro de la crueldad de Antonin Artaud como en  todos aquellos espectáculos ya mencionados que recorrían la América del Siglo XIX y post-crack del 29, que son ya historia del rock agrio e incontrolable y casi que del arte negro y destructivo del siglo XX. Salvajadas esquizofrénicas, masturbaciones sobre ídolos de oro, conjuros de brujería, que no es extraño que enamoraran a un Salvador Dalí histérico al comprobar al fin que sus delirios plasmados en lienzos se habían hecho realidad. Habían tomado forma y poseído a un ser que era niña y anciano a la vez. Una suave adolescente y un psicópata enfermo cuya voz era un cuchillo rebanando el inconsciente de esa América desmembrada tras Woodstock en plena ebullición por la guerra del Vietnam y las luchas raciales. Una tortuosa señora balanceándose en una mecedora que no cesaba de reír, cuyo dedo acusador señalaba el destierro. Invocaba a los viejos espectros que reinaron en Salem o Blair, así como a las poblaciones, cuartos y mansiones que aparecen en los relatos de H.P. Lovecraft, como los verdaderos símbolos, cimientos y padres de su país. Los estandartes en los que sus ciudadanos deberían siempre reconocerse y sobre los que además podrían protegerse para soportar el miedo de la guerra fría o la futura era nuclear. Continuar habitando la nación más inmoral del mundo. El actual imperio acadio, griego, hispano, romano, sumerio o persa.

De todas maneras, puede que (además de la sinuosa dulzura, casi añeja inocencia, de muchas de sus composiciones), lo más inquietante de aquella banda, fuera el contraste entre el siniestro comportamiento de su cantante, Alice Cooper, las vibraciones oscuras y atormentadas que éste transmitía y la placidez y serenidad que poseía cuando retomaba a su vida real. Volvía a ser Vincent Fournier. Su verdadero nombre e identidad. Sobre todo, porque esa oposición entre ambos yoes que desorientaron posteriormente a Vincent (o Alice), conduciéndole al alcoholismo y a las más severas depresiones, no era en absoluto azarosa. Al contrario, era la metáfora perfecta -la que faltaba- para definir su patria. El comportamiento aparentemente tranquilo y cordial, en favor de los valores democráticos y la libertad, que USA propagaba, y su violenta conducta en cuanto debía pasar a la acción, intervenir en un asunto (que es casi un eufemismo de invadir un país). Mostrando que Alice y Vincent no estaban divididos en dos por casualidad sino por razones deterministas. Porque no podía ser de otra manera viviendo en el corazón de un monstruo del que pronto, muy pronto, emergerían un sin fin de aliens, extrarrestres musicales como New York Dolls, Kiss o los grupos de glam de los años 80. Muchos de ellos, quebradizos hilos, putrefactos gusanos surgidos de la mente de Alice Cooper. Un ser condenado a luchar y sobrevivir combinando, como si fuera una creación de Robert Louis Stevenson, dos personajes tan abrasivos como mentirosos. Nietos de Jack el destripador campando a sus anchas en un territorio amplio e infecto, al igual que los personajes de La matanza de Texas o de La noche de la muertos vivientes. Dioses agrios perseguidos por las risas de Salvador Dalí o  el Bosco, y las páginas en blanco de libros de terror para niños, ansiosos de describir sus rasgos y ensoñaciones. Deseosos de participar en esas reuniones celebradas cada día de muertos en Central Park donde cisnes y patos son sacrificados, entre invocaciones a textos de William Blake o Anton Lavey y rememoraciones a la nostalgia que sienten Alice Cooper y Vincent Fournier en cada ocasión en que se contemplan frente a frente ante un espejo.  Shalam

   لِسانك حِصانك، إن صنْته

Quien cree que el dinero lo hace todo, terminará haciendo todo por dinero

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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