Arbustos

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Más que una experimentación, My life in the bush of ghost fue una excursión. Un viaje por los ritmos de las ciudades modernas. Brian Eno y David Byrne se dedicaron a tomarle el pulso a la música contemporánea como si fueran agentes de tráfico. Sugiriendo qué sonidos podían pasar, debían renovarse o repensarse. Y cuáles debían inspirar el futuro. Componer el caleidoscopio del mañana. De hecho, My life no parece tanto un disco como un ensayo. Un tratado. Una serie de canciones unidas aleatoriamente para ilustrar las reflexiones de Deleuze sobre el rizoma. Imponente deconstrucción sonora y evocadora mirada a los orígenes y continuos desarrollos circulares del sonido. Un teorema físico convertido en una obra de arte. Ingeniería científica para extraer el jugo, los pigmentos alimenticios procedentes del blues, el funk o los ritmos tribales que se escucharán en el siglo XXIII. Seguramente, porque aunque su aparente frialdad no lo muestre en primeras y (superficiales) escuchas, My life es un visionario contacto con los espíritus de los aún no nacidos. Un reflejo en suntuosos y deformes espejos de lo que hará la tecnología con las tradiciones musicales antes o después. Una mirada insolente y crepuscular a los abismos. Lo desconocido, el vacío y la depresión pero sobre todo a la incertidumbre. Un profundo hoyo espacial realizado buceando en los fosos de la desorientación y tal vez incluso en los de la desesperación.

My life -no sólo por lo que el título evoca- tiene mucho de invocación espiritual. Pues, al fin y al cabo, es un canal que pretende poner en contacto voces y secuencias sonoras pertenecientes a tiempos distantes. ¿No es en gran medida la historia del pop la construcción de una despensa; un frigorífico que intenta que se conserven frescos hasta la eternidad las voces, melodías y composiciones que le dieron lustre? Pues bien, My life juega a imaginar qué harían esas viejas voces -sin necesidad de samplearlas explícitamente- en contacto con las del futuro. Construye una utopía. Un disco enteramente imaginario que evoca paisajes gélidos (y alguno cálido) que sin embargo es tremendamente real. Recoge el testigo de los viajes por Berlín de Eno con Bowie y resume casi de casualidad, la mayoría de estilos artísticos musicales relacionados con el dance o la música étnica, que ejercerían su mandato en las décadas posteriores. Y además, se da el lujo de ejercer como máximo ejemplo de lo que es el maremoto globalizador en términos en este caso musicales. Convertirse en símbolo de lo que sería la música del planeta global sin caer ni en excesos ni vulgaridades. Situándose en ese insólito, inhóspito desfiladero que convierte a Life tanto en una joya minoritaria, arriesgada y difícil de esclarecer como en semilla y simiente, punta de lanza de la música del siglo XXI. Funk infeccioso extrañamente mezclado con kautrock, ambient y metálicos fragmentos de reggae, resonando en los oídos de camellos locos, tribus africanas descuartizadas o en medio de exposiciones y performances de arte contemporáneo realizadas en museos destruidos. Las ruinas de Sarajevo y la memoria del comunismo. Los delirios de computadoras muertas echando bilis por la pantalla. Soltando virus a través del teclado.

Life es esquizofrenia, claro que sí, pero mutante. Es decir, cambiante y flotante e imposible de identificar con un solo término. Es 1984 y Un mundo feliz pero también una ambigua propuesta de liberación. Una imaginativa invocación a la experimentación y el riesgo. La necesidad no sólo de destruir sino también de construir. Y hacerlo destrozando. Rompiendo en trozos la paleta mental que hemos calibrado previamente a la ejecución de la obra de arte, llenándola de fragmentos aparentemente incoherentes, que permitan rememorar ilusiones, pensamientos, ideas, metáforas perdidas o inexistentes. Ese flujo mental caótico y deslabazado del ciudadano moderno al que pusieron música Byrne y Eno en un disco que más que alquimia contemporánea, parece, sí, un tratado chamánico. Una exploración al inconsciente musical del ser humano con la intención de cambiar el pasado y el futuro del ritmo. Shalam

الأَفْعَالُ أَبْلَغُ مِنَ الأَقْوَالِ

              Se vuelven locos quienes no cometen locuras

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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