Aspereza (2)

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Dejo a continuación el segundo avería prometido sobre la gran Marianne Faithfull.

Aspereza (2)

Tras Broken english, Marianne se fue a New York, palpó el ambiente y grabó en Londres un disco parecido al sabor de una fresa amarga: Dangerous Acquaintances. Una obra en la que, por así decirlo, jugueteaba y domaba a golpe de sensualidad la música de club. La hacía suya como si fuera un vestido glamuroso que lucir en el escenario.

Marianne iba lanzada. Y era capaz de conjugar de manera sumamemente personal experimentación, ritmos cálidos, baile y soul dejando claro que era la reina absoluta de sus dominios. Que nadie debía llevarse a engaño y aplicarle el adjetivo de chica de Jagger o musa hippie. Porque Marianne era un angel nocturno que dotaba de carácter a cualquier ritmo y canción. Era un inclasificable y elegante torbellino.

Sin ir más lejos, su disco posterior, A child’s adventure, posee varias composiciones notables (alguna sobresaliente) y otras un tanto apagadas y repetitivas, pero Marianne las mejora de manera sublime. Su voz logra dotar de clase tanto a canciones con un toque naif muy acusado, otras que parecen sofisticados poemas vanguardistas o parte de una pintura impresionista y algunas con un deje de jazz nocturno y juguetón, convirtiendo la escucha del disco en un delicioso paseo por una ciudad contemporánea.

Marianne iba absolutamente sobrada de talento. Tanto que en algunas de sus canciones parecía conjugar con absoluto desparpajo a Laurie Anderson y Grace Jones con Talking Heads. A Tuxedomoon con Blondie. Aunque, obviamente, donde más fluía eran en los ámbitos decadentes y nocturnos. En el cabaret y la desidia. Purificando el dolor con rabia. Así que, no contenta con la sorprendente y admirable metamorfosis anterior, volvió a reinventarse y convertirse en una cantante clásica y bohemia en aquel nocturno disco de versiones, Strange Weather, producido por la espectral mano de Hal Willner

Una faceta que, obviamente, le iba como anillo al dedo y le proporcionó un reconocimiento que, a estas alturas, por supuesto, agradecía, pero le daba en cierto modo igual. Puesto que hacía tiempo que se encontraba más allá del bien y del mal. Tom Waits, por ejemplo, le cedía una canción y parecía mostrarse más agradecido de que Marianne recibiera su regalo que ella de ser la destinataria de tremenda joya. Y Bob Dylan y el resto de músicos versionados se lo tomaban como un honor. Ya que sabían que una interpretación de una de sus canciones por parte de Marianne era un lujo trascendente. Una ocasión de ascender aún más a los cielos gracias a una intérprete que, literalmente, (y por una vez esto no es un tópico) había tocado el fondo de los infiernos.

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Desde pequeña, Marianne interiorizó perfectamente los extravagantes mandamientos del mundo artístico. Su destino estaba sellado. Puesto que su padre era profesor de literatura italiana, su abuela materna había sido bailarina de la compañía de Max Reinhardt y su madre era hija de un noble austro-húngaro que poseía un apellido de renombre: von Sacher-Masoch. Lo que quiere decir que por sus venas corría la sangre del famoso autor de La venus de las pieles.

En efecto, el señor que dio nombre a la práctica sexual sadomasoquista había sido su tío bisabuelo. Algo que, realmente, no extrañará a quienes se encuentren familiarizados con su personalidad y discografía. Puesto que, ciertamente, a veces siento que Marianne no canta sino que golpea con un látigo de culpa y redención a sus oyentes. Que sus canciones son stripteases emocionales en las que expone ante el público (complacida y adolorida al mismo tiempo) las heridas y cicatrices de su alma. Encadenada de algún modo a ese dolor que ha convertido en su fuente de inspiración. A un sufrimiento que ha elevado a la categoría de arte mayor y estilo de vida por la autenticidad con la que es capaz de expresar sus sentimientos. Sobre todo, la pérdida y la desesperanza. El cruel paso del tiempo y el desamor.

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Marianne es de esas personas que es una novela en sí misma. O mejor dicho, varias. Es brutal, esquiva y descarnada. Pero también puede ser frívola, moderna y cool. Coqueta y desalmada. Dulce y terrible. Antigua y moderna. Hasta el punto de que podría llegar a comparársela con Bowie en cuanto a su capacidad de metamorfosearse y adaptarse a las movedizas corrientes de la música pop. Así que no me extraña que no le bastara con un libro para contar su vida. Que yo sepa, ha redactado dos o tres autobiografías. Mientras escribía la primera, se unió junto a Angelo Badalamenti y grabó un álbum excepcional que, en cierto modo, es el reverso onírico de su propia vida.

Conforme ejercitaba su memoria, apuntalaba las letras de este disco en un proceso de interrelación que Angelo se encargaba de hacer más abrupto y abstracto, obligándole a cortar la conexión existente entre las estrofas de cada una de las canciones hasta conseguir que resonaran como una especie de ecos olvidados de la existencia de Marianne.

Obvia y significativamente, la obra resultante se llamó Secret life. Una visión en penumbra de la personalidad y entresijos vitales de la cantante inglesa. Un  bello exorcismo que incursionaba por el mundo de los sueños logrando dotar de evanescencia y espiritualidad el alma de una mujer que, directamente, flotaba (o más bien, levitaba) entre los sintetizadores de un disco con el aspecto de una nube negra. La obra ideal para escuchar antes de una tormenta o en medio de un paisaje romántico y maldito. Una continuación perfecta a lo logrado por Angelo con Julee Cruise y David Lynch y otro paseo más por esa línea del horizonte que limita el cielo del infierno por parte de una Marianne en estado de gracia. Colosal.

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Cuando contemplo una fotografía de Marianne, suelo sentir tanto peligro como excitación. Sobrenaturales sensaciones. Como si estuviera frente a un animal en una jungla. En este caso, la cultural. Por supuesto, adoro sus entrevistas. Algunos periodistas temen a enfrentarse a ella. La tachan de conflictiva. Aunque yo no la vislumbro así. Alguien con su vida, lo que menos quiere es problemas. Pero tampoco tonterías.

En las declaraciones de Marianne no suele haber nada superfluo. Únicamente dice lo que piensa. Es directa como un cuchillo. Algo que, a día de hoy, en que la mayoría se esconde tras un muro de tópicos para no ser señalados, es realmente provocador. Casi un escándalo. Que es lo que, en el mejor de los sentidos, es esta mujer que se dio el lujo de desquiciar al mismísimo Dylan en su juventud, cuando era un dios del rock, un olímpico Rimbaud, al que nadie se atrevía a hablar frontalmente. Y osó asimismo ponerle los cuernos a Jagger ni más ni menos que con su gemelo tóxico, keith Richards, en una noche que ha pasado a la historia por las posteriores declaraciones envenenadas de ambos sobre el tamaño del miembro viril del mítico cantante.

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No puedo evitar acordarme de nuevo del día que la vi en directo. Esa noche, repito, me di cuenta que era una actriz de primera categoría. Porque no había distancia ente persona y personaje. Así que cualquier papel que interpretara sería totalmente creíble. Ya que lo haría suyo. Lograría convertirlo en una porción de sí mismo muy íntima. ¡Qué lástima por cierto que no llegase a tiempo de conocer a Fassbinder y participar en uno de sus filmes! Marianne hubiera sido una musa perfecta del cine del director alemán. También por supuesto hubiera encajado perfectamente en La mamá y la puta de Jean Eustache o en el papel de madre incestuosa en una adaptación de una novela del marqués de Sade o de Georges Bataille. No obstante, su participación en Lucifer rising de Kenneth Anger es lo suficientemente importante como para eclipsar todas esas hipotéticas apariciones cinematográficas.

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Durante las dos últimas décadas, Marianne ha grabado discos violentos, áridos, modernos, tenebrosos, ásperos, secos y tensos. La mayoría notables. Valiosos. Todavía hirientes. Reales. Probablemente, el que peor le saliera fue el que grabó junto a Beck, Billy Corgan, Jarvis Cocker o Dave Stewart: Kissin time. Un intento de modernizarse. Meterse en el siglo XXI un poco con calzador. Pero como, con toda seguridad, el mismo Nick Cave (otro nombre ilustre que se ha postrado a sus pies) sabe, no era necesario, en ningún caso, que se actualizara. Porque los clásicos son supervivientes siempre vigentes. No importa cuántas veces caigan que al final vuelven a levantarse. Colocarse en el centro de la diana. De algún modo, siempre están un paso por delante del resto. No deben esforzarse para reinar. Tan sólo fluir.

Prueba de ello son las peripecias que han dado lugar a su maravillosa última obra: She walks in beauty. El coronavirus golpeó a Marianne hasta el punto de ser ingresada en una unidad de cuidados intensivos. Al regresar a su hogar, declaró no acordarse de nada. Haber estado en un lugar muy oscuro. Quizás en el reino de la muerte. Y cuando comenzó a recuperarse, comprobó que había perdido la voz. Podía hablar pero no cantar. Presumiblemente su carrera artística había acabado para siempre. Pero esta mujer es única. Y junto con Warren Ellis y Nick Cave (más la colaboración de Brian Eno y otros secuaces musicales en momentos puntuales) se ha sacado de la manga un disco de spoken word en el que recita de manera sublime (con un tono cansado pero, asimismo, intenso y profundo) poemas de, entre otros, Lord Byron, Percy Shelley, John Keats o William Wordsworth. Logrando hacer de la escucha de esta misteriosa oda al romanticismo, un esplendoroso milagro decadentista. Otro más en una vida llena de constantes renacimentos, caídas, reinvenciones, romances y experiencias límite. Como su arte. Una grieta abisal. Una llamarada. Una canción medieval entonada con tristeza pero una fuerza descomunal desde las almenas de un antiguo torreón. Shalam

في الدراسة لا يوجد شبع

En el estudio no existe saciedad

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:…escorzo renacentista…..sexy…..
    2ºimagen:…no quiero a los espejos………..
    3ºimagen:…..autorretrato…..modifico mi aspecto ………….
    4ºimagen:…..en uno de los salones, prostibulo, del pintor jose gutierrez solana……….
    5ºimagen:…seguimos con los autorretratos..demasiada guapura al uso para ser una juana de arco…….
    6ºimagen:…..el violin, la calavera y en medio yo entre los alegres años 20 y la naturaleza japonesa …………
    ……2zapatos beige(en la vitrina)-2zapatos negros con cordoneras (encima de la pila de libros) , (vaya usted saber quien los habra calzado),….(quiza jeanne moreau en «diario de una camarera»-1964)….sonrisa……
    7ºimagen:….una «draculilla», (me gustaria saber donde tiene puesta la mano derecha, ¿en una venus prehistorica?……)
    8ºimagen:…..hey barbudo, tu ponte detras, como si fueras mi hijo aristrocatico…………
    PD:…..https://www.youtube.com/watch?v=5rAs4AseV98…..annie lennox….little bird1995…el lp «touch» de eurythmics-1983-sonido maximo en su momento y ahora tambien………

    • Alejandro Hermosilla on

      1) Revista Vogue. 70’s. 2) Sexo en discoteca. 3) La salud de quien practica budismo. 4) Condesa en un adaptación del Marqués de Sade. 5) Intentos de modernización. Santificación. 6) Fantasía decandentista. Fotografía de exposición. 7) Vestal antes de ser sacrificada a un Dios impuro 8) ¿Cómo hubiera sido un encuentro entre Marianne y Jethro Tull? PD: Sin duda, me encantan Eurythmics. Hace tiempo les hice este avería: http://www.averiadepollos.com/musica/ritmo-europeo/

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