Autobiografía

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Autobiografía es sin dudas, el mejor disco de Duncan Dhu. Su obra más personal. Un solitario juego de cartas creado a rebufo del gran éxito de sus anteriores creaciones: Canciones y El grito del tiempo.  Dos discos que les habían abierto de par en par las puertas de la música popular española pero que, a su vez, les habían encajonado en un apartado -grupo ligero y juvenil para adolescentes- en el que tanto Mikel Erentxun como Diego Vasallo se sentían muy incómodos. Autobiografía es en gran medida, la primera gran toma de posición de ambos músicos. Un desaire a quienes los consideraban flor de un día y un entretenimiento banal. Y por ello se encuentra concebido con visos de obra mayor. Como un doble Lp compuesto por treinta canciones en el que se propusieron dar una muestra cabal de su proyecto musical y terminaron echándose un pulso con gran parte de la tradición en que se apoyaban.

Autobiografía es, ante todo, -a juego con los colores blanco y negro de la portada- un disco otoñal. Un obra triste y sentimentalmente dura en la que no obstante aparecen de tanto en tanto tonos festivos y alegres. Sonrisas que por lo general, quedan enterradas en este opúsculo sereno y oscuro. Casi una confesión íntima sobre el amor y el desaliento. Diego cantaba dejándose el alma y Mikel intentó agotar y aumentar toda la paleta de expresiones vocales. Autobiografía es un disco lleno de guiños a las vidas de los dos soportes del grupo y a la música popular. Un melancólico karaoke lleno de melodías que no cesan de mirar al pasado. Un cruce imposible entre Bob Dylan, el Dúo Dinámico y uno de esos discos sinceros y espontáneos firmados de tanto en tanto por un cantautor. El aire rockabilly de los Lps anteriores ya no se encuentra aquí. Y las referencias inglesas aparecen por doquier mezclándose con las españolas. Hay canciones que son un cruce entre The Beatles y Camilo Sexto, otras entre The Smiths y Rafael o Vainica Doble y Billy Bragg y algunas que mezclan de manera muy digna el fok y el pop con la melancolía norteña. Autobiografía huele a nieve. A besos helados por el frío. Es un disco lleno de llantos y dolor. De lujo y melancolía. De historias de amor no resueltas y no correspondidas. De pasiones que no terminaron de desatarse y amores destinados a separarse. Es una obra adulta cuyo deseo era convertirse en un clásico de la música española. Un incontestable hito de pop melódico al que cualquier oyente tuviera que referirse en el futuro. Y por ello desborda ambición y se encuentra exquisitamente producido. Tiene un sonido austero, entrañable y añejo muy bien perfilado y está lleno de guitarras que parecen crujir. Recuerdan a bolsas de buñuelos y bollos. Remiten a serenas fotos en blanco y negro de nuestros abuelos y noches heladas soportadas al calor de la estufa. Vacías habitaciones y campos repletos de hojas caídas.

En realidad, Autobiografía es un disco fantasmagórico. Un disco inhóspito. Y resulta lógico que tras parirlo, Duncan Dhu se relajaran dando luz a uno más artificioso intrascendente y divertido –Supernova– y comenzaran a explorar sus voces en solitario. En su momento, fue bien acogido pero no superó las formidables ventas de sus predecesores. Y con el tiempo ha ido cayendo en el olvido. Se diría que todavía no ha sido comprendido ni valorado en su justa medida y está esperando una merecida revaloración. Algo que tal vez nunca se produzca y desde luego, no importa porque este desprecio le concede un sesgo de disco maldito muy interesante. Lo sitúa tal vez en el lugar que le corresponde: el de las grandes piezas olvidadas de la historia del pop. Esas obras vacías y lluviosas sin rostro cuyos secretos y resortes permanecen escondidos para la gran mayoría. En la oscuridad del túnel. Shalam

إِذَا كَانَ الْكَلاَمُ مِنْ فِضَّةٍ يَكُونُ الصَّمْتُ مِنْ ذَهَبٍ 

No es bello lo que es caro sino caro lo que es bello

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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