Bauhaus

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A veces creo que la leyenda que precede a Bauhaus es mayor que sus méritos reales y que su imagen era más importante que su música. Pero me basta sumergirme sin prejuicios dentro de los cuatro discos que publicaron desde principios de los 80 para comprender que no es así. Ciertamente, el grupo británico es conocido mayoritariamente por tres o cuatro singles instantáneos que mezclaban visceralmente Elvis Presley y punk, glam y rock gótico acelerado y desenfrenado. Pero su discografía se encuentra formada por muchos medios tiempos abrasivos y apocalípticos que entiendo que reflejan mucho mejor su esencia y alcances que las tonadas que los hicieron populares. Por ejemplo, temas como “Silent Hedges”, “Slice of life”, “King Volcano” o  “Swing the Heartache” -por citar una pequeña muestra- reflejan con meridiana claridad la tensión de una época de la que se convirtieron en apóstoles. Son manifiestos nihilistas de furia e ira que golpean como látigos en la noche. Cuero sádico que describe con sutileza oscura el mundo industrial. Son casi manifiestos nucleares. Pensamientos nitzscheanos surcando cielos contaminados que retratan afiladamente el ambiente evanescente y decadente que predominaba en Inglaterra y parte de Occidente tras la crisis del petróleo, la demolición total del humanismo y el ambiente de tensión provocado por la guerra fría. Unas dosis de heroína, cocaína y sexo travestido inyectadas en el pensamiento de Baudrillard, Lipotevsky y todos los profetas de la era del vacío.

En realidad, lo que más me interesa de Bauhaus es la tensión constante que sus discos reflejaban entre su tendencia experimental y vanguardista, mesiánica y profética, y su insistencia en profundizar en la tradición rockera más extrema y primitiva. De hecho, cuando tocaban velozmente me recordaban a The Cramps o los Stooges más suicidas y a la vez complacientes. Una banda de garage salpimentada por unas cuantas dosis de punk que remitía constantemente a todos esos grupos trogloditas que aspiraban no más que a beber y follar con sus canciones de tres acordes y golpeaban duro allí donde tocaban. Generalmente en salas pequeñas o fiestas universitarias cafres. Cuando avanzaban por allí, Bauhaus me parecían una banda sin misterio pero muy efectiva que necesitaba del maquillaje, la vestimenta y de referencias como el cine de terror clásico para llamar la atención y atraer miradas. Pero cuando directamente, se detenían, exploraban los límites y componían canciones parecidas a cristales rotos, tal y como hicieron en The skyś gone out, me parecían sublimes. Una banda con la capacidad de vislumbrar fronteras extremas, condensar el presente y convocar enigmas. De hecho, creo que las capacidades vocales de Peter Murphy (un cruce en sus mejores momentos entre el ambiguo y confuso Iggy Pop berlinés y el Scott Walker más extrovertido) destacaban más cuando gritaba como un bárbaro o un asesino en medio del vendaval en el momento menos esperado. No tanto, por consiguiente, cuando acompañaba la canción sino cuando la sobrevolaba fantasmagóricamente, la fustigaba o directamente la atravesaba buscando sinuosos recodos en los que apoyarse como un vampiro maligno. Cuando la transformaba en una interpretación dramática de un poema líquido y grave. Un cabaret galáctico.

En realidad, a Bauhaus sólo tengo ese reproche que hacerles. Que no fueran total y absolutamente experimentales. Sobre todo, porque los percibo más cómodos cuando se dedicaban a improvisar en medio de la nada que cuando sentían la obligación de levantar al público con un trallazo adrenalítico; cuando se aproximaban a Pere Ubu, Suicide y Neu! que cuando emulaban a Jerry Lee Lewis y las bandas cavernarias de los 50 o incluso al Marc Bolan más instantáneo. Y creo que cuando avanzaban por esos torbellinos, conseguían que su mensaje trascendiera y se mantuviera vigente. Algo lógico porque la forma de tocar la guitarra y el saxofón de Daniel Ash se prestaba a todo tipo de cuelgues experimentales. Era bop marciano e industrial. Un cruce psicótico entre el blues, un instrumento eléctrico sumergido en el agua y el cabello de punta. Entre las rupturas ruidistas y los ritmos tribales africanos. El bajo de David J parecía proceder directamente de futuro. No parecía tocado por una persona sino por una máquina y emerger de un sintetizador más que de un instrumento orgánico. Y la batería retumbaba como si Kevin Haskins estuviera tocando en un castillo. Poseía esa profundidad que subyace en muchos de los discos de The Doors pero también la velocidad y fuerza de un cuatro pistas descontrolado. Una rotunda mutilación.

Lo cierto, en cualquier caso, es que Bauhaus era una maquinaria perfecta para poner música a la era de la incertidumbre. De hecho, creo que una buena selección de sus temas podría servir de banda sonora para leer muchas de las novelas de J.G.Ballard. Ya que, de alguna forma, crearon sonidos complejos e instantáneos parecidos a reflexiones de Georges Bataille y a frases de William Burroughs que resumían mejor que cualquier telediario, periódico o ensayo el espíritu de la juventud desnortada de su tiempo. La esquizofrenia capitalista. Puesto que, al fin y al cabo, al ocaso sólo es posible comprenderlo a través de la desesperación que invoca el arte. La poesía que anida inmediatamente antes y después de la destrucción total. Shalam

رُبَّ أُكْلَةٍ تَمْنَعُ أُكُلاَتٍ

A veces una comida impide las comidas posteriores

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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