Berrio

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Los discos de Rafael Berrio son heroína. Un vicio y un apego. Ropa interior gastada de mujer. Un antro de baile al cerrar de madrugada. La mancha de aceite en los pantalones. Y ese café sin el cual las tardes se tornan pálidas. O insufribles. Pues los versos y acordes de las canciones de este yonki de la música, sin duda, nacieron como los bares y prostíbulos de pueblo, para intentar soportar la vida. Encontrar un lugar, aunque sea el infierno y a cambio de unas cuantas monedas, donde nadie sea excluido. Un guardia civil, un travesti o el mismo Berrio. Ese hombre alucinado que rasga su guitarra en torno a una mesa llena de vasos de vino, fichas de dominó y chaquetas de cuero, fumando un cigarrillo. Con elegancia y cierta ansiedad. Sin frivolidad. Consciente de que cada calada como cada acorde y letra que emerge de su garganta, son un paso más hacia la conquista de la muerte. Un desafío al miedo y la derrota y una invitación a dejarse vivir en el presente. A convivir con los fantasmas persiguiendo los sueños de la niñez o mirando con cinismo la rebeldía adolescente. Dialogando con los enfermos, la impotencia, los recuerdos lejanos y ese cadáver, el esqueleto en el que nos convertiremos en unos cuantos años más, con reposo. Sabia distancia y contención e irónica seriedad. La sorna del ángel ebrio y la flema del amante que no ha sido aún herido por Eros.

Berrio es la destrucción del pop y la discoteca. Un jugador de póker apostando contra sí mismo. Un fino observador de lo que ocurre en tu barrio. En el cuarto de baño y la habitación. Cuando uno amanece y se acuesta con resaca. Rimbaud sobreviviendo en una isla llena de náufragos y barcos destrozados. Esbozando solitarios cánticos en el crepúsculo del capitalismo. Un sutil lector de Baudelaire y Jaime Gil de Biedma. Un anacoreta lúcido y temerario que ha apostado por ser cantautor en una época en que los cantautores parecen dinosaurios. Hombres de neardental. Y también es un payaso triste. Un Jasón enardecido. Un clown que cuando esperamos que nos deleite con un gag, salga corriendo o se estampe una tarta en la cara, abre los brazos y pronuncia un conmovedor discurso que convoca el silencio y el llanto. El músico que se introduce discreto en el metro y comienza a entonar canciones, cantar desgracias personales en las que pronto, descubrimos que todos nos sentimos reconocidos. Un vampiro que ha chupado la sangre al espíritu de algún juglar muerto. Un murciélago recién sacado de uno de esos pueblos franceses retratados por Jacques Tati o Claude Chabrol, acostumbrado a ver pasar la vida tomando cervezas con George Brassens y algún vanguardista loco. Planeando hacer canciones que huelan a sexo y alcohol pero que también absorban de algún modo el espíritu de los lienzos cubistas que han contemplado a la mañana en Montparnasse. Describan una botella de anís dadaísta o un retrato partido en varios trozos de un rostro duro. Además de rememorar ciertos poemas de César Vallejo y algún que otro relato de Juan Carlos Onetti. El espíritu ya abatido de Lautreamont y Luis Alberto Spinetta.

Berrio es un ateo o un agnóstico que canta como un hombre santo y 1971, Diarios y Paradoja, son sus evangelios. Testamentos de negros presagios e insomnios. Primaveras pasadas leyendo libros, viajando en trenes y buscando las exactas palabras que encajen con una melodía. Mística de amoríos perdidos y recuerdos caídos en abismos entre bostezos, pereza y desgana. Masturbaciones tras haber leído a San Juan de la Cruz. Tres discos que son como retazos de un traje roto, pensamientos dejados azarosamente en cuadernos que luego, son libremente unidos encontrando un sentido inesperado. Botellas ni medio llenas ni medio vacías compuestas desde una sabia distancia y escepticismo. Allí donde el mismo Perseo retuvo sus labios con deleite. Con la inteligencia del que ya ha perdido unas cuantas veces la cabeza pero tampoco está completamente de vuelta de todo. Aún hace las correspondientes pausas antes de expresar aquello que siente y reflejar su particular mundo convulso y caótico con alegría contenida y cautivante. Porque, en definitiva, Berrio es un epicureo. Un genio ebrio. Y sus catecismos, son una invitación a vivir y hacerlo bien. Saborear las comidas y los baños, el sexo, el aire y la amistad en las dosis justas. Sin importar el miedo que el poder o la intolerante situación social nos imponen. O resistiendo a sus dictados, bailando entre las llamas. Haciendo del arte un metralleta ética, transformando el placer en una bomba y convirtiendo de paso nuestras manías en alaridos de humor. Un muro de hierro contra la lógica y las leyes de la furia y el odio, donde poder hundirse si es necesario, en las ciénagas y lo mórbido. Entre los brazos de Yocasta y las antenas de los escarabajos ciegos guiados por Antonin Artaud hacia el Averno.

Los discos o placeres pasajeros de Berrio, en suma, son vida. Aburrimiento y placer. Asco y jovialidad. Lienzos mudos y sin sentido acostumbrados a sobrevivir. Y también, especialmente, cuando hace acompañar su voz de guitarras eléctricas, arañas. Animales mordiendo la cabeza de la inspiración. El retrato de una caótica mente y desordenada casa donde los besos y las copas fluyen al compás de la tristeza y la melancolía guiados por los dioses de la ira. Esos vientos que destruyen los edificios y sentidos cotidianos, convirtiendo la vida en locura. Una delirante borrachera y una angustiosa caída. Un mar de murmullos a través de los que aparece la voz de este escritor excéntrico atravesando desnudos mares y tierras invocando, cuando ya parecía que ya estaba extinta y caduca, la necesidad, la absoluta necesidad de cambiar el mundo a través de la lírica y el rock. El fuego que aún, hoy en día, alimenta a los hombres mientras pelean los negros gigantes. Shalam

القافِلة تسير والكِلاب تنْبحf

                Quien desee adivinar el futuro, debe mirar hacia el pasado

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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