Cabra negra

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El primer disco de Black Sabbath es un disco demente. Una ceremonia de misa negra. Basta escuchar la forzada y sugestiva voz de Ozzy Osbourne. En algunas canciones no se sabe si está masticando un pollo vivo mientras canta, está masturbándose sobre el micrófono o siendo torturado. Y la guitarra de Tony Iommi parece un roble partido en varios trozos flotando en desbandada por un río revuelto. Es un cruce entre el sonido de la tormenta y una sierra. Un boomerang que vuela y vuela atravesando el viento y sólo regresa a la mano de quien lo lanza tras haber impactado en el cuerpo de algún animal. Se alarga y contrae como la piel quemada de un condenado a morir en la hoguera. O el rabo de Satanás. Mismamente, el bajo de Geezer Butler es repetitivo y obsesivo como el pensamiento de un delirante. Un neurótico suicida. Y está repleto de majestad y gigantismo secreto. Pareciera estar invocando la presencia de algún espíritu esquivo o la llegada a un lugar peligroso donde se realizará un trasnochado acontecimiento que nos transformará para siempre. Asimismo, la batería de Bill Ward parece haber sido grabada en un castillo o en el fondo de un pozo del que el músico no pudiera emerger. En una celda donde mujeres desnudas y hambrientas apresadas por cepos y esposas hubieran estado esperando la llegada de sus captores durante semanas. Y la portada, ¿qué decir de la portada? Probablemente sea un engaño. Otro de esos mitos que se impone a la realidad. Pero lo cierto es que todavía hoy en día no se sabe con certeza quién fue aquella fantasmal muchacha con un leve aire a la Mona Lisa y aspecto de bruja o de muerta que tanto el diseñador como los miembros de la banda juraban no haber visto ni durante las sesiones de grabación del disco ni las fotográficas. Aunque lo que yo me pregunto es si no es más tétrico aún que esa aparición la casa de campo que aparece tras ella así como el color de las ramas, las flores y los troncos partidos que la rodean dando lugar a un desasosegante lienzo que invoca maldiciones y conjuros.

El disco, en todo caso, es un vendaval mágico repleto de estallidos, de canciones que asemejan alaridos de hechiceros por los que sentimos desplazarse espíritus, serpientes y lobos inquietos por participar en exorcismos realizados durante frías noches bajo la luz de la luna llena. Porque, ante todo, esta misteriosa, mágica creación de Black Sabbath posee un magnetismo visceral. Consigue  recoger y al mismo tiempo reflejar un ambiente intemporal. Aludiendo a macabros hechos que podrían haber sucedido hace varios minutos en las afueras de Londres, una habitación cerrada  del centro de la ciudad, un castillo medieval o mismamente pudieran haber ocurrido siglos atrás. Entre siluetas de caballeros medievales y las vísceras de rata escondidas en una botella de azufre por jóvenes aprendices de brujas. El disco, de hecho, parece un conjuro. Un brebaje envenenado. Una violación de la moral que por más años que pasan sigue mostrándose egregia y peligrosa. Alumbrando viciosas imágenes, prohibidos ritos de magia celebrados en oscuros parajes donde cualquier fantasía podría ser imaginable: jóvenes vestales entregando su virginidad a sátiros vestidos de rojo que guardan con recelo una estampa de Satanás en los bolsillos, magos que intentan cambiar el curso del tiempo y ensayan la transformación de hombres en animales y rabiosos perros de ojos negros que atacan a jóvenes en puentes arrancándoles manos o piernas. Aunque lo cierto es que hay momentos en que la música se torna progresiva que no invocan tanto una acción o una reacción sino más bien ceremonias cuyo desarrollo se extendiera a lo largo de los días y las noches. Flashes dionisíacos en que la sangre se confunde con el vino, la carne de toro y los cabellos rubios arrojados al suelo de varias muchachas.

En realidad, tal vez Black Sabbath no eran conscientes de aquello que estaban creando o logrando. Al fin y al cabo, no eran más que irresponsables muchachos buscando una forma de expresarse y liberarse. Pero, más allá de sus primeras intenciones o sus elusivas respuestas, lo que hicieron remite a un mundo mágico y sagrado, atávico y eterno capaz de rememorar, evocar los monumentales parajes de Stonhege, las pócimas de aguardiente preparadas por las hechiceras del Medievo, los pliegues de la frente del mago Merlín, las sonrisas de los chivos y los aliados del demonio con tanta consistencia que no es extraño que este encarnado lienzo sonoro tuviera una influencia decisiva en el futuro. Se multiplicara, dividiera y fragmentara en cientos de añicos y ramificaciones dando lugar al heavy metal. La denominada, no por casualidad, música del diablo. Una de esas tormentas creadas por Dios al eructar. Shalam

 الصبْر مِفْتاح الفرج

 Lo que va a ser torcido, se debe curvar a tiempo

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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