Cazador

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Climate of hunter es un disco que he escuchado en ayunas varias veces. Sin haber introducido un alimento en mi estómago durante al menos 24 horas. Porque es una obra hambrienta. Música hecha en estado de trance. Durante una duermevela. Una obra de exilios y refugios interiores. La encrucijada que alejaría para siempre a Scott de Jacques Brel, Bowie y el soul y lo conduciría al dodecafonismo, los subterráneos de los castillos y al otro lado del límite. A componer música en el ataúd. En las orillas de la muerte. Las cuales comienzan a vislumbrarse enClimate. Un disco en el que Scott aún no llega al sótano. Pero se acerca. Conformándose con bailar con evanescentes espíritus en pasillos interminables y salones repletos de armaduras y escudos medievales, de los que comienza a despedirse para siempre con este funeral. Este réquiem por lo que algún día fue la música pop, y por aquel crooner que fue el propio Scott Walker, que canta al fin y por primera vez en toda su discografía, cada una de las melodías como si fuera un fantasma. Un aparecido. O un hombre a punto de despedirse de la vida para siempre. Algo lógico. Pues, al fin y al cabo, tanto Tiltcomo Drift o Bish Bosch son obras compuestas por un muerto.

Climate es una biblioteca sonora donde podrían cohabitar perfectamente los mundos de Thomas Hardy, Lawrence Sterne u Oscar Wilde. Un retrato de la decadencia realizado justo en medio de años de apogeo capitalista. Un anuncio visionario -todavía no una profecía como sus discos posteriores- del fin de la opulencia. Un paseo en barca con tintes crepusculares. Un atardecer en el que, a pesar de que se intuye que la oscuridad se impondrá, todavía se perciben leves resplandores en el horizonte. Delgados hilos de niebla confundiéndose con los últimos rayos de sol. Un recorrido por una catedral gótica cuya luz se va haciendo más difusa a cada paso. Un texto épico que comienza narrando las hazañas de un héroe artúrico para, posteriormente, profundizar en su ocaso. Sus primeras batallas perdidas y el declive físico. La promesa de una enfermedad. Y un rechazo amoroso. En Climate, Scott es un murmullo. La sombra de un juglar y un trovador. Sus canciones son misas. Órganos de iglesia aplastados por guitarras. Detritos de oraciones. Salmos angustiantes. Búsquedas solitarias. Apagones. Trajes arrojados en una calle a los que nadie presta atención. Recuerdos aún brillantes de la vieja Europa. Esperanzados cánticos para que la civilización no se destruya. Pero también, constantes lamentos porque con toda seguridad, lo hará. Un ensayo de Rosseau y una novela de Richardson a punto de ser devoradas por las fauces de Thomas Bernhard.

Climate apareció cuando David Bowie ya había perdido el rumbo. Nadie se acordaba de Pier Paolo Pasolini, Godard comenzaba a sufrir para estrenar sus films y la mitad de Occidente vivía dentro de una discoteca fosforescente, en donde sonaban los clásicos del Italo. Porque en medio de una niebla de colores pastel y caramelos, gestos golosos y estómagos llenos, su misión era señalar el pasado. Y el futuro. El apocalipsis. Señalar, eso sí, con discreción, a los europeos que la enfermedad estaba en su ADN.  Por lo que ni la cólera ni la peste o cientos de guerras de siglos entre países vecinos podrían ser borrados de golpe por la firma de un tratado, o el estado de bienestar, como posteriormente la guerra de Bosnia demostraría sórdidamente. En Climate, sí, se intuye una crisis de proporciones morales y espirituales muy intensas. Y Scott se convierte en un alma de fuego que desprecia el dinero, a la que no le importa arriesgar artísticamente, denunciando la miseria occidental. Poniendo de manifiesto que sólo el arte y el amor nos salvarán. Y que la pobreza puede ser un refugio. Un oasis para agigantar el espíritu y destrozar a los gigantes. Exactamente, Climate es un adiós. Un corte de mangas a la comodidad justo en el momento en que ésta se estaba imponiendo como valor. Y una mirada contemporánea y valiente al evanescente pasado de una Europa en ruinas. El Angelus Novus de Klee convertido en música. Shalam

الْحَائِطُ الْمُنْخَفِضُ يُعَلِّمُ النَّاسَ السَّرِقَةَ

El muro bajo enseña a la gente a roba

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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