Cerebros destrozados

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Más que un disco, Maggot brain es un estilo de vida. Una conversación con el cosmos de una tribu de lunáticos. Un grupo de enamorados del ritmo encantados de transmitir su travesía por un planeta salvaje. Un mundo aún sin civilizar por el que los chamanes, profetas o danzantes guerreros integrantes de Funkadelic se desplazaran con los pies desnudos y sin prácticamente ropa atentos a los mamuts y bisontes, los tiburones de cuatro patas, los leones y tigres o el acoso de un dinosaurio. Y, sobre todo, al cielo. A las estrellas y el firmamento con los que establecen, desde el primer del tema del disco,  un mítico, estremecedor y premonitorio diálogo que permite repensar el lugar del hombre en el universo. La guitarra de Eddie Hazel durante los diez minutos que dura esta oración divina, este galáctico relato que eleva el alma hacia el firmamento, es casi una bebida consagrada. Un vino santificado que pone en comunicación al ser humano con todo lo existente. Porque Maggot brain tiene, como muy pocas otras canciones que se han grabado, (pienso ahora en A love supreme o El concierto de Aranjuez) la capacidad de multiplicar y amplificar las resonancias del alma humana, disolverlo en el aire y transformarlo y unirlo con todo lo existente. Está plagada de un misticismo irreverente y rebelde, iconoclasta, que sin embargo es sumamente respetuoso con todos los seres del planeta y resuena sobre la tierra y los montes, las bóvedas celestes y el inframundo, expandiéndose, como una substancia con propiedades sanadoras, por el cuerpo del hombre reconfortándolo y llenándolo de vida. Es un enigma portador de misterios que alimenta el alma con aventuras sin fin, vinculando al ser humano con su incierto futuro y su olvidado pasado. Una oda que podría haber sido compuesta en Mesopotamia y Egipto o en una comarca del África negra o el Amazonas por un iluminado que hubiera aprovechado las propiedades de la planta de la ayahuasca para disolverse en el éter. Hablar el mismo lenguaje que los Dioses hablan y transformarse en uno de ellos durante los eternos diez minutos que dura este inmortal poema místico que nos invita a  transformarnos en murciélagos y cometas, rinocerontes y ríos y también en árboles y hormigas. A pensar si en realidad no es San Juan de la Cruz quien realiza un solo de guitarra que Miles Davis hubiera dado media vida por haber compuesto, que sobrevolará el paso del tiempo y se elevará por siempre a través de la memoria de los hombres como un ave que tuviera que ofrecerle un revelador mensaje. Un chillido estremecedor que lo obligara a conectar y dar valor a lo esencial y olvidarse para siempre de lo superfluo.

De todas formas, Maggot brain no es únicamente este deslumbrante y arrollador riff de guitarra marciano que las malas lenguas dicen que Hazel compuso emocionado de un tirón cuando George Clinton le dijo que su madre había muerto -algo que era falso-. No es solamente este solitario e inolvidable quejido que enlaza las galácticas tropelías de Sun Ra con las excursiones ácidas de Jimi Hendrix, haciéndolas implosionar hacia el infinito. No. Maggot brain es, ante todo, un conglomerado de funk arrollador. Interestelar. Un disco que se mueve por todos los palos de la música negra de los 70 -soul, gospel, retazos de blues, jazz o psicodelia- como un gusano saltarín encantado de paladear los ritmos más disímiles y estrambóticos y perderse en la danza. Sudar hasta desvanecerse. Pues a eso invita este disco. A morir bailando. Gozando. A recuperar el “groove” que hace que la vida tenga sentido. Agarrar el corazón del hombre primitivo, aquel que danzaba cuando llovía y hacía sol, en la niebla y sobre el mar, y traerlo al centro de una Norteamérica que se encontraba en proceso de ebullición. Un país en el que, tras las muertes de Martin Luther King y Malcom X, la minoría negra continuaba reivindicando su lugar a través de los “Black Panthers” y, mostrando la abulia y rigidez de la sociedad en que se encontraban insertos, por medio de geniales golpes de activismo político musical, imaginación y extravagancia.

Y por ello, escuchar este disco hoy en día, a más de cuarenta años de su grabación, continúa siendo una experiencia. Un paseo por las raíces del ritmo en el que todo está en su sitio o genialmente fuera de lugar. Desde las voces de mujeres que parecen endemoniadas, sirenas negras capaces de hacer alcanzar orgasmos a los hombres con su sola voz,  hasta los acordes de un bajo y una batería que parecen haber sido forjados con las ramas y tronco de los árboles más resistentes. Ser rugosos instrumentos de madera que estuvieran junto a nosotros. De hecho, uno de los aspectos más curiosos de este disco es que pareciera que los músicos se encuentran cerca nuestra. Están interpretando estos temas en directo en el comedor o el garaje o se han introducido por una rendija en nuestro cuerpo y realizan un recital en la sangre que abre pulmones y cerebros concediendo sentido a nuestra vida. Consiguiendo hacernos vibrar hasta la extenuación por la manera en que esta tribu de dementes concebía e interpretaba la música: como si cada tema fuera una oportunidad de gozar en la cama, cada instrumento un cuerpo, cada espasmo vocal, un gemido de placer y el disco en su conjunto, un mágico manual de prácticas sexuales místicas. Algo muy apropiado para el carácter transformador y reivindicativo de un arte vital y viral, un torbellino de frenesí y pasión, que miraba de costado al demonio y parecía haber sido compuesto expresamente para una ceremonia vudú o la memoria activa y politizada del pueblo negro de Norteamérica.

No es extraño que, desde su eclosión, Funkadelic reclamaran para su raza, el origen del rock. Si algo queda claro durante la escucha de esta creación trasnochada y sonámbula, casi irreal, es que la raíz de este género musical es africana. Acaso proceda de antiguos rituales donde los integrantes de las tribus festejaban la vida y los alimentos y los orificios de sus venas se ampliaban y alteraban al compás de los sonidos de la selva mezclándose con los de los animales y truenos mientras mujeres que parecían hechiceras movían sus caderas al redoble de los tambores. Pues nos encontramos ante una batidora rítmica, un mordisco integral que, al contrario de lo que ocurría con el rock hecho por blancos (mucho más cerebral), recorre la espina dorsal, atraviesa el cuerpo entero del hombre negro. Hecho que es comprobable inmediatamente al pinchar el disco: un tratado incontenible de baile, vida, salmos, comunión, muerte y trance que deslumbraba desde su onírica portada, digna de Salvador Dalí. La cabeza de una muchacha enterrada en la arena gritando ante su próxima muerte que simbolizaba perfectamente los extravíos y sufrimientos sufridos por el pueblo africano durante su estancia en Norteamérica. Una comunidad condenada a morir en una tierra que no era suya y a la que apenas le quedaba el berrinche y el grito antes de sucumbir a su segura muerte. Su entierro en una civilización mucho más salvaje y ruidosa que su África natal, a la que intentaban cambiar a ritmo de su ametralladoras danzas. Sus estremecedores trallazos de rock-dance lisérgico compuestos a orillas del Nilo, el Missisipi o el Niger con la vista puesta en los cráteres de Marte y el lado oculto de la luna. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

Nada falta en los funerales de los ricos, salvo alguien que sienta su muerte

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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