Danza macabra

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Uno de los aspectos más molestos de nuestra época radica, bajo mi punto de vista, en la dificultad que tenemos de concentrarnos en una obra de arte el tiempo necesario para absorber sus misterios y secretos. Lo que provoca una dispersión que termina por igualar las propuestas más diversas pudiendo, en determinados casos, empobrecer algunas muy fecundas. Esta sensación hizo, por ejemplo que, hace unos meses, hastiado, me dedicara a escuchar durante varios días un solo disco. Me refiero al mvb de My bloody Valentine. Una experiencia realmente fructífera pues además de sentirme cada vez más satisfecho con la escucha continua del trasatlántico sonoro, pude atisbar determinados vericuetos melódicos a los que no hubiera podido llegar de escucharlo alternativamente junto con otros LPs. Lo cierto es que el método aleatorio de escucha al que nos ha acostumbrado Internet, creo que no nos permite disfrutar de la música con la serenidad y calma que ésta requiere. Por lo que me he prometido al menos durante este mes, únicamente pinchar un disco al día. Pues acaso así, podré penetrar en las estrías profundas de las creaciones y dar fe de su poder regenerador que nos permite “estar” en el mundo de otra forma y manera.  De momento, hoy la prueba ha sido muy provechosa. Pues el disco escogido para trabajar mientras redacto Ruido del arte, ha sido uno que por su fondo envolvente y nostálgico ha sosegado mi ánimo y me ha permitido seguir diagramando el texto con la tranquilidad necesaria. Me refiero en concreto a la evocadora sinfonía de motivos musicales, Danse macabre, compuesta por el gran Zbigniew Preisner, al que supongo que la mayoría conocerán por ser el responsable de las bandas sonoras de los film realizados por Krzysztof Kieslowski en la última etapa de su carrera. En este caso, la obra se trata de un encargo realizado por el danés Thomas Vinterberg para la versión teatral, The funeral, de su meritoria Celebración, estrenada en el Burgtheater de Viena en el año 2010. En fin, ¿es posible que diga otra cosa?. Para mí, los románticos y evocadores solos de violonchelo y trompeta que aparecen en el transcurso de la grabación, esos gritos de voces femeninas que se diría que están en trance hacia el purgatorio y que antes de desaparecer, son trabadas armónicamente por los compases de un mágico violín que pareciera ser tocado por los ángeles y nos abre puertas a otras dimensiones y ámbitos trascendentales, hoy se han convertido en el trasfondo ideal para introducirme en la mente del escritor que protagoniza Ruido del arte. Y ya forman por tanto, parte de la intrahistoria de la composición de este libro. Aunque además, debido a la romántica portada con que en algunos lugares de Internet aparece el CD (un grabado de Gustave Doré que hace alusión a El cuervo de Edgar Allan Poe), me es inevitable relacionarlas con todo tipo de historias nocturnas y sobrenaturales que hacen referencia a almas perdidas y trasnochadas. Sucede, asimismo, que escuchando un único disco desde el amanecer hasta el anochecer, cada uno de los días de la semana toma su propia identidad y color. Adquiere una personalidad que lo distingue de los demás. Además, puesto que al trabajar en un libro estamos tratando de una manera u otra con los mismos personajes, me parece lógico que ya sea para inspirarnos, crear un ambiente o acompañarnos, escuchemos una sola obra. Lo que no es obstáculo, claro, para que, como he acostumbrado a realizar en otras ocasiones, la mezclemos con otras para terminar de distorsionar el cerebro e intentar avanzar literariamente con mayor creatividad. Aunque no sea hoy el día, como ya he dejado claro, de jugosos experimentos de este tipo sino el de volver a retornar una y otra vez a escuchar los poéticos compases de Danse MacabreShalam

القافِلة تسير والكِلاب تنْبح

 Las cosas no valen por el tiempo que duran, sino por las huellas que dejan

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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