Daydream nation

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Daydream nation es un cohete. Una sesión de garage sideral. Un disco que parece haber sido compuesto en un sótano en medio de una catástrofe nuclear. Sonic Youth convirtieron el punk rock en algo mucho más nocivo y abstracto. Tal vez incluso más incendiario. Lo hicieron penetrar en un túnel muy denso y oscuro en el que hasta su aparición, no había llegado ningún músico. Tal vez algunos artistas habían penetrado en el refugio atómico donde el grupo neoyorquino se adentró pero ninguno se había atrevido a llegar al fondo, hasta que lo hicieron ellos. Daydream nation es un disco fresco pero meditado. Un disco que condensa dosis de sabiduría y desparpajo, instinto y reflexión a partes iguales. Es tanto un vomito como una suave meditación. Tanto una destrucción como una amplificación de la música de Ramones y Television. Una acelerada e inusual explosión musical capaz de convertir el hardcore en un estilo infantil, acabar con el el heavy metal de una tajada y de transformar el ruido en el centro sacro de una catedral sonora.

Daydream nation era una exploración sonora osada y valiente. Autismo pop. Una obra anti-Michael Jackson y anti-discoteca. Y también anti-Robert Palmer y anti-Bruce Springteen. Casi anti-todo. Una estruendosa píldora de nihilismo juvenil. Un aullido contra el consumismo de la era Reegan que se ha mantenido joven con el paso del tiempo. De hecho, parece mucho más reciente que las últimas grabaciones de Sonic Youth porque aunque fue fruto de un constante trabajo de búsqueda, brotó de manera natural. De forma inconsciente. Sonic Youth aún no eran famosos y grabaron el disco sin presiones. Ellos eran aventureros. Si fracasaban, sabrían que tendrían otra opción para poner un pie en la luna. No estaban obligados a responder a las expectativas y parieron una muy personal interpretación del rock. Un disco con paisajes desoladores. Lleno de sucios recovecos y oscuros callejones que ni siquiera un zombi podía bailar. Una obra que convertía a Nueva York y la América profunda en un sórdido país de las maravillas. Ese disco con el que cualquier fan de George A. Romero soñaba. Una transfusión de las libres coordenadas del be bop al rock. En Daydream, de hecho, los desarrollos instrumentales son los protagonistas. La voz -casi un eco fantasmagórico- se encuentra en bastantes ocasiones, en segundo plano o directamente, no aparece. Y cuando toma protagonismo, lo hace con urgencia y valor. Como si tuviera que guiar a la tripulación de un barco en medio de una catástrofe. Porque es un disco apocalíptico. Uno de esos que consagran a un artista o lo tiran por la borda. Una de esas bombas juveniles con fuerza suficiente para provocar torbellinos a su alrededor.

Con Daydream nation, el ruido comenzó a llegar a la mayoría de edad. A superar la adolescencia. Antes de su aparición, muchos músicos habían utilizado el ruido para epatar, atacar a la sociedad adulta o mostrar su rebeldía. Pero en muy pocas ocasiones, lo habían convertido en el componente expresivo esencial. Algo que en Daydream nation sí ocurre. No en vano se lo considera uno de los discos iniciáticos del noise. Un huracán del que crecieron innumerables epígonos de la era indie. Algo que, en su momento, parecía imposible. Porque Daydream sonaba a suicidio artístico. Era un disco tan destructivo que parecía destinado a pasar desapercibido. Agotarse en el submundo universitario y de las vanguardias artísticas. Y sin embargo, contra todo pronóstico, se convirtió en una obra de culto bastante popular. Una obra que retrataba a la generación crecida viendo Viernes 13 y leyendo algún que otro libro de Burroughs que no encontraba referentes artísticos a los que seguir. Estaba cansada de ídolos y necesitaba música que transmitiera su malestar. Shalam

اِحْذَرْ عَدُوَّكَ مَرَّةً واحْذَرْ صَدِيقَكَ أَلْفَ مَرَّةٍ

Nunca sabremos si Dios era un truco o invento del diablo

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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