Dirty Beaches: el ruido sucio

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Conforme pasan los años y el pop y todos sus derivados se convierten en géneros respetados dentro de la cultura moderna con mayúsculas, resulta cada vez más difícil encontrar nuevas modulaciones e innovaciones en su devenir. Algo lógico porque dado que este lenguaje artístico lleva siendo practicado ya varias décadas, finalmente ha acabado generando cierto cansancio debido a la repetición constante de fórmulas consabidas. Por ello es que por lo general suelo descansar de las novedades y regresar continuamente a discos de otras décadas que amé o a los que no presté la debida atención. Sin embargo, de tanto en tanto, ceso con esta práctica -que, supongo que en parte quiere decir que estoy yo también envejeciendo- y buceo de nuevo en el presente. Pero para ello, necesito lógicamente encontrar algún músico que sea capaz de robarme el corazón y ponerme en trance durante unos minutos al menos. En fin, a día de hoy, Dirty Beaches, el proyecto del canadiense de origen taiwanés Alex Zhang Hungtai, está cumpliendo esta función.

¿Por qué ha conseguido conmoverme? Porque ha logrado hacer suyas referencias muy importantes del arte contemporáneo, deformándolas, transformándolas y travistiéndolas hasta conseguir ir un pasito más allá de ellas. Creando una muralla de sonido entre la que resuenan texturas del viejo rock de los cincuenta así como las relecturas del mismo realizadas por The Cramps, Suicide o Chris Isaak (“speedway king” o “sweet 17” son dos buenos ejemplos), y todo tipo de experimentaciones electrónicas que en lo que se refiere a su intenso y apasionante Drifters/Love is the devil recuerdan tanto al Bowie de Low y Heroes como a  Boards of Canada o a Cabaret Voltaire

He de confesar que resulta difícil hablar de esta banda. No soy mucho de consultar la revista Pitchfork pues como ya he dejado claro, vivo en un mundo en el que el presente tiene relativa importancia y el adjetivo “cool” pasó a mejor vida. Pero después de quedar noqueado al escuchar Badlands y Drifters (sobre todo, este último) me dediqué a buscar artículos en la red que aludieran a Dirty Beaches y uno de ellos era (¿cómo no?) de la revista norteamericana. Creo recordar que era una crítica de Badlands en la que el redactor aludía a la dificultad de definir la aventura sonora llevada a cabo por Dirty Beaches y a que no existía ningún artista en la actualidad trabajando tan exquisítamente con todas estas referencias musicales. Y lo cierto es que estoy totalmente de acuerdo. De hecho, incluso a las muchas que se citan por todas partes, podría añadir ciertas modulaciones vocales de Hungtai que me recuerdan a las que llevaba a cabo Stephin Merrit en Get lost. La obra maestra, en mi opinión, de Magnetic Fields.

Por lo general, en averíadepollos no suelo dar muchos datos de los músicos a los que me refiero sino más bien hablar de las sensaciones que me producen los discos que escucho puesto que para información objetiva ya se encuentran las revistas especializadas o wikipedia. En ningún caso, este blog. Sin embargo, a fuerza de la originalidad de la propuesta de Dirty Beaches supongo que debo detenerme más de la cuenta en ciertos datos o referencias.

Buscando más referentes y noticias sobre Dirty Beaches, me entero de que el inquieto mentor ha colaborado con el que fuera el productor de los dos discos en solitario de David Lynch y lo encuentro absolutamente normal. Porque ambos artistas exploran mundos de pesadilla y los reversos de los espejos penetrando en sus recovecos perdidos. Pintan los contornos del anochecer y travisten y retuercen de manera esquizoide el sonido. Atentos tanto a su destrucción como a su expansión. Logrando que cada una de sus canciones penetre en una zona del mar musical donde tan pronto pueden aparecer tesoros, extraños peces y embarcaciones destruidas como paisajes marinos de una belleza singular.

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Suciedad y fiesta, peligro y dolor, la gama de sensaciones que recorre la paleta sonora del genio canadiense es muy amplia. Tanta como su capacidad de retorcer influencias. Y por eso, Dirty Beaches podrían servir tanto para abrir una rave ilegal, ambientar un alucinado drugstore o como banda sonora de una película de Apichatpong Weerasethakul. Podrían escucharse viajando en un tren por la Europa Occidental, recorriendo una ciudad asiática a altas horas de la madrugada o en el transcurso de una incursión en la jungla. Porque cortan a trozos y en rodajas finas los estilos musicales a los que se aproximan no tanto para dividirlos y aislarlos del resto sino para proyectarlos de un solo golpe en todas las direcciones. Creando un torbellino coral de sonidos que nos muestra, con unos pocos zarpazos, las posibilidades que aún poseen el rock, el pop, la electrónica y sus derivados de transformar y trastornar. Hacernos sentir aún vivos. Con algo peligroso entre manos todavía por decir. Shalam.

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Tendrás que respirar también en el ambiente contaminado, si quieres vivir

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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