Dulces muertos

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“La,la,la,la,la”. Algunas bandas sonoras de terror poseen ciertas características que me fascinan. Muchas de las compuestas por músicos italianos durante los años de apogeo del Giallo parecen serenatas, dulces cantinelas compuestas para ilustrar romances surgidos en el Trastévere, entre las escalinatas de vetustos palacios romanos o los salones de lujosos edificios. Parece mentira que estas melodías que en ocasiones rozan lo kitsch y parecen formar parte de una sinfonía coral celeste, sirvan para ilustrar terroríficos accidentes, psicóticas relaciones, asesinatos sangrientos o inagotables torturas. Que sean el pórtico del horror y de apariciones de malévolos, avariciosos personajes que llevan, casi como si hubieran sufrido un implante diabólico, la codicia instalada en el alma.

En cualquier caso, sólo hay que comprender cómo funciona el capitalismo para darse cuenta de que este hecho en absoluto es casual. Pues no creo que la razón de esta aparente asintonía pueda ser explicada únicamente por el hecho de que muchas de estas películas tengan como protagonistas a integrantes de la clase media-alta de la sociedad en cuyas fiestas y departamentos resulta natural escuchar melodías de Burt Bucharach y Henry Mancini o sonatas festivas repletas de theremines inspiradas en el arte de estos y otros músicos. Al contrario, en gran medida pienso que este desequilibrio entre lo visto y lo escuchado es causal, y nace de la conciencia de que Occidente es una civilización exhausta, condenada a morir sí o sí antes o después. Una morsa herida para la que los compositores del Giallo, como hizo la orquesta del Titanic cuando el barco se hundía, se encargaron de componer equilibradas, sensuales melodías con el fin de que expirara dignamente. Lo hiciera con belleza, como los emperadores romanos exigían que se asistiera al derrumbe de su Imperio. Celebrando la muerte con hondura de alma. De manera sacra. Anteponiendo las sutilezas del espíritu a los atenuantes materiales, los imprevistos naturales o los correosos e indignos subterfugios de la política.

Aunque entiendo que para terminar de ahondar en los motivos de esta contradictoria jauría habría que referirse de nuevo a la perversidad esquizofrénica del capitalismo. Más que nada porque creo que, sin dudas, el contraste entre lo acaramelado, lo sublime y terso de algunas melodías y la sangrienta, horripilante situación descrita en imágenes, es absolutamente adecuado para comprender el caos actual. El ritual de lo habitual neoliberal.

De hecho, entiendo que lo que nos sugiere esta distopía cinematográfica es la necesidad de consumir sin importar lo horrorosas o dificultosas que sean las circunstancias. Que es, en el fondo, lo que pretende el “easy listening”. Una enorme patada contra la realidad social. Un abusivo enmascaramiento de los crímenes y asesinatos históricos realizado por la sociedad de consumo en beneficio del propio consumo. Un agujero negro sin conciencia que puso en primer plano el lujo como un atractivo símbolo para frenar las esquivas críticas sociales. Una barricada protegida por músicos enamorados de la belleza eterna que pretendían vencer el horror del mundo con melodías indestructibles que sobrevivieran, como los cánticos de Orfeo, a la muerte. Esa inhóspita, acelerada, cochambrosa muerte asesina y ensangrentada que protagonizaba cada uno de los films del Giallo como auténtico síntoma del carácter inhóspito de una realidad “anestesiada” cuyos contornos daban miedo. Asustaban a cualquiera que se atreviera a entrever lo que se ocultaba en su trasfondo. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

A nadie le duele la cabeza, cuando consuela a otro

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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