El acto

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El acto no es un disco sino un ritual. Un relato de sadomasoquismo salvaje, juguetón y libre pero también muy bien escenificado y planteado pues de no ser así, estoy convencido de que no hubiera superado el paso del tiempo.

Eduardo Benavente y Ana Curra estaban locos, sí, pero no tenían un pelo de tontos. Eran inteligentes. Experimentaban la música y probablemente la sexualidad como perros, sin pudor alguno, pero tenían un filtro intelectual y estético sutil y elaborado que conseguía convertir a sus grabaciones en ritos. Terciopelo negro. De hecho, sus canciones remiten tanto a The Velvet Underground como a Bauhaus y no desentonarían en un filme de David Lynch como Carretera perdida. Son instantáneas pero guardan una capa de elegancia, un secreto nocturno en su interior, que las hace eternas. Inmediatamente distinguibles. Bailables y épicas. Negras y divertidas. Lujuriosas y viciosas. Son, sí, metralla musical con un trasfondo existencial lúgubre muy acusado que no permite tomarse a guasa los guiños pop y adolescentes que contienen. Reminiscencias probablemente de la etapa de ambos en Alaska y los Pegamoides de la que se despidieron sin nostalgia alguna. Pisando el acelerador en su descenso por los abismos y su caótico avance por autopistas infernales con la inestimable ayuda de los ecos cortantes y afilados del bajo de Rafael Balsameda.

El acto es una obra transgresora que miraba de frente al post-punk inglés con tal sinceridad y pasión que lo sobrepasó. De hecho, a veces cuando la escucho tengo la impresión de que la banda madre en la que se inspiraron Siouxsie and The Banshees o The Damned fue Paralisis Permanente y no al revés. Porque Eduardo y Ana hicieron suyo todo un estilo con increíble desparpajo y naturalidad. Aunque siempre he creído que su actitud se encontraba más cerca de The Cramps que de Joy Division o los grupos góticos porque ambos respiraban rock por los cuatro costados. Eructaban y en vez de salir gases de su cuerpo emergía una canción de Elvis que ellos convertían en un puñal travestido. Bostezaban y surgía inmediatamente de sus bocas un riff de guitarra eléctrica que transformaban en una explosión nuclear. Una bomba de vicio y degeneración parecida a una revista pornográfica que captaba perfectamente el verdadero ambiente underground de la España de los 80. Ese que Iván Zulueta y el primer Bigas Luna supieron condensar con idénticas dosis de maestría, locura y atrevimiento.

Hay mucha literatura, demasiada tal vez, tras un disco tan sencillo y directo como El acto. Al único Lp que grabaron Parálisis Permanente le persigue un destino parecido que al Never mind de los Sex Pistols. Algo que, en mi opinión, más allá del trágico accidente que acabó con la vida de Eduardo pocos meses después de su aparición, se debe a que es un disco frontal. No se dirige a los oyentes. No intenta subirse a ninguna ola. No desea complacer. Porque habla directamente con la muerte. La única interloctura real del grupo durante los casi cuarenta minutos que dura esta telúrica obra es la muerte. Y a nosotros, los oyentes, se nos ofrece el privilegio de asistir a esa conversación cada vez que lo hacemos girar.

En suma, El acto es una mezcla extraña y disfrutable entre la cocaína y la heroína. La autodestrucción y el placer. El hedonismo y el castigo. El erotismo sumiso y el dominante. Es una Biblia de placer esclavo. Una mezcla maravillosa entre un vómito y un delirio sexual que no ha sido superado jamás dentro de la música española porque nadie se ha atrevido a imitarlo. Es un hito negro y solitario. Probablemente porque es un disco real. Auténtico. Una danza nocturna que transmite ese dolor agudo que nadie que no lo haya experimentado puede osar nombra o emular. Shalam

الحرب هي نهاية الوحدة بالنسبة لمعظم الرجال

Para la mayoría de los hombres la guerra es el fin de la soledad

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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