El borracho de Rick Alverson

0

Tengo una deuda eterna con Rick Alverson. Una navidad leí una entrevista que Rockdeluxe consagró a la banda que lideró durante los años 90, Drunk, y me sentí inmediatamente intrigado por las lúcidas respuestas que daba, evocadoras y llenas de referencias creativas, que mostraban un alma inquieta. Entre sus artistas favoritos, este oriundo de Richmond, (Virginia), citaba varios que ya eran esenciales para mí, como era el caso de Franz Kafka, Thomas Bernhard, Samuel Beckett o Andrei Tarkovski (a cuya Andrei Rublev dedicaba un tema en el disco, To Corner Wounds, que acababa de grabar) y otros que descubrí gracias a él. Me refiero a Robert Musil y Charles Olson. Enormes escritores que oí citar por primera vez no en los labios de un profesor de Universidad o una programa cultural sino en la boca de un músico al que siempre veneré y puse en un pedestal por invitarme a penetrar en los escarpados territorios de El hombre sin atributos y posteriormente, durante su aventura en Spokane, en los de un poeta como Robert Creeley. No sé bien qué sucedió. Pero aquella foto en blanco y negro que ilustraba la entrevista me impactó y subyugó. Sentí en ella el espíritu de la libertad, la rebeldía y el eterno inconformismo y desde entonces, a mi ritmo y sin prisas, me fui haciendo con cada uno de los discos editados por Drunk. Casas fundidas en la niebla atemporales con las que solía leer las desventuras de Ulrich y su hermana en kakania y nuevos libros adquiridos, a raíz de sus palabras, de aquellos autores reverenciados como fue el caso de El innombrable, América, El origen o El sótano. Y si bien es cierto que no pude conseguir texto alguno de Charles Olson durante aquella época en España, su nombre quedó grabado en mi cerebro hasta el punto de que no desistí hasta conseguir muchos años después su mítico ensayo sobre Herman Melville y, al fin en la era internet, familiarizarme con sus experimentos poéticos.

Por todo lo relatado anteriormente, Drunk tienen un lugar muy especial en mi corazón. Más aún, cuando dado que apenas conocía seguidores de este grupo en España, tuve que vivir este amor en soledad. Sin poder compartirlo con nadie hasta el día de hoy. Sí que he de confesar que mis expectativas eran tantas con este grupo que cuando escuché por primera vez su álbum de debut, A derby spiritual, me supo a poco. Pero lo cierto es que tanto este como los tres que le seguirían, tras variadas escuchadas, acabaron calando en mí. Penetrando en mi piel. Haciéndose un hueco en mi vida. Eso sí, con suma lentitud. Porque la música de Drunk no era directa sino esquiva. Atacaba de costado. No era en absoluto refulgente ni tampoco especialmente descarnada ni absolutamente desoladora. Sí. Era triste. De baja intensidad. Y con un alto nivel poético y evocador. Pero no trabajaba para dar placer al oyente. Parecía únicamente interesada en sí misma. Disolverse en su particular tiempo y eternidad. Monologar más que dialogar. Volcarse en su propio espacio atemporal sin un exceso de características que la personalizasen. Ahora que lo pienso, porque era música compuesta sin ego. Un bálsamo de autoayuda para los muertos y desaparecidos que se dirigía a los vivos casi por azar. Un legado espiritual encerrado en unos discos que, como un tesoro robado, estaba destinado a ser encontrado, escuchado y valorado con el paso de los siglos más que en el momento presente en que fue compuesto. De hecho, dentro de la música de su tiempo, era más una  errante barca espiritual, una barrera que velaba porque el arte de fin de siglo no terminara cayéndose desde un precipicio que un agente activo que pretendiera ocupar un centro, hacer escena o luchar y competir con otras bandas por hacer escuchar su voz. Al contrario, Rick Alverson y sus compañeros eran mucho más éticos que todo eso. Grababan sus canciones como si fueran personajes de un libro, estuvieran recitando un salmo en una iglesia o construyendo un poema colectivo destinado al anonimato y continuaban sus vidas y proyectos sin mayor alteración ni hacer alarde de ello. Pues su mayor deseo era convertirse, devenir en arte puro y no tanto servirse o aprovecharse de las posibilidades que se les hubieran podido abrir sin dudas de haber deseado alcanzar un mayor reconocimiento popular.

Resulta difícil recomendar uno de sus discos. Normalmente se suele citar To corner wounds como el más representativo pero yo entiendo su obra como un continuum en el que apenas hay separación entre sus partes. Ok. Sí. Existen diferencias, es cierto, entre A derby spiritual o Raise toward pero en el fondo no me parecen más que matices. La discografía de Drunk está hecha para escucharse sin pausas. En varias horas seguidas tendido en una hamaca o cerca de la chimenea mientras se rememora y juega plásticamente con las imágenes a que aluden y a tantas de las referencias que nombran no tanto por pedantería cultural sino, ya lo he dicho, como forma de resistencia espiritual. Y puede que por ello, no suenen como ningún grupo conocido. Obviamente, tienen muchos puntos en común con Wild Oldham, Bill Calaham o decenas de cantautores del neo-folk norteamericano. Pero me parece que Drunk son más singulares aún. No desean tanto componer la canción perfecta como reflejar perfectamente una emoción. Condensar una sensibilidad y explorarla sin importar ni el tiempo que lleve ni a los vericuetos a los que esta empresa conduzca. Construyen paisajes que no remiten tanto a ellos como al mundo que les rodea y sobre todo, que podría rodearles si las personas en general, durante nuestra existencia, nos dedicáramos a buscar la belleza. Esculpir en el tiempo. Arar los campos de la conciencia. Probablemente, me doy cuenta también ahora, Drunk me gustaban porque me sugerían que la aventura del ser humano no se había agotado aún. Retrataban nuevos paisajes que renovaban los ya gastados e iluminaban los que se encontraban en penumbra y, en suma, sin dejar de ser sumamente melancólicos y volcar la mirada en sí mismos,transmitían esperanza. Fuerza. Eran capaces de dibujar una sonrisa en plena tormenta o nevada. De ser renovadores precisamente por su insistencia en interpretar una y otra vez y sin descanso la misma canción hasta atravesar el horizonte y las praderas; por su insistencia en retratar los vaivenes quebradizos del ser humano, su vagabundeo constante de tal modo que sus canciones podían servir ¿por qué no? como banda sonora perfecta de films como Gerry de Guns Van Sant u Old Joy de Kelly Reichardt o incluso del Satantango de Bela Tarr. Películas sobre la amistad y la fe y el agujero negro al que conduce el nihilismo cotidiano. Estructuras fílmicas que describían una aguda crisis de conciencia, un paisaje devastado con vigor y atrevimiento.

Mi relación con el arte creado por Rick Alverson, en cualquier caso, no ha sido nunca regular. Excepto To corner wounds, no compré ninguno de sus discos cuando apareció. Lo hice por lo general dos o tres años después. Pues, dado que apenas encontraba noticias de la banda que comandaba en ninguna parte, ni siquiera sabía que habían aparecido. Por lo que recuerdo perfectamente cada una de las ocasiones en que me hice con uno de ellos, le quité el plástico y lo puse en mi reproductor de CD como si fuera una ceremonia chamánica. Sí. Aunque suene a tópico, un rito de iniciación. Otra travesía más por el cielo y los océanos en busca de mi alma perdida. Y es probablemente por estas razones, por las que hasta hace unos meses, no había tenido conocimiento de que, tras su fecundo periplo musical en Spokane, Alverson se había dedicado al cine. A documentar historias de emigrantes con vidas partidas y aparentemente perdidas que estoy convencido -aun sin haberlas visto- que habrá sabido retratar bien. Con sobriedad y emoción contenidas. Atento al alma de sus personajes como lo estaba a las canciones que con tanto mimo acariciaba entre sus manos cuando se dedicaba a componer honrando la música y la vida. Penetrando en sus misterios sin intención de encontrar respuestas y menos aún de revelar todo aquello que hallaba en su trasvase y recorrido sin fin por los infiernos y purgatorios americanos. Shalam

من تسمّع سمِع ما يكْره

 Hacer un agujero para quitar una mancha

encabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo