El elixir y la hoguera

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El elixir mágico y Una nueva hoguera son dos álbumes deliciosos. Dos discos parecidos a un retablo medieval que no recomiendo escuchar en una fría habitación sino a la orilla de un lago o en una colina. Cerca de un castillo o una aldea románica. Porque el Bosco consiguieron captar en sus surcos el inconsciente del mundo natural: el espíritu solitario de esos bosques antiguos llenos de silenciosas lechuzas, revoltosas ardillas y esplendorosas flores que aparecen en los cuentos infantiles y decenas de obras de espada y brujería o épica histórica.

El elixir y Una nueva hoguera son dos discos frugales. Dos excursiones atemporales por el espíritu dionisíaco del planeta. Dos grandiosas epopeyas musicales cocinadas a fuego lento, parecidas a una de esas ollas calientes de comida que se sirven en las plazas de los pueblos antiguos en fiestas y domingos. De hecho, parece que los componentes de el Bosco estuvieron experimentado con diversos ingredientes y ajustando el fuego durante meses en un viejo taller con la vista puesta en componer dos platos musicales nutritivos y mágicos. Dos obras parecidas a los misteriosos grabados flamencos, las ilustraciones de Claudio Romo o las cartas de tarot. Nada extraño porque la banda está compuesta por un grupo de artistas que recuerdan a los viejos alquimistas y hechiceros o esos juglares obligados a captar el espíritu de seres vivos en cada una de sus piezas artísticas para sobrevivir en la corte o los pueblos que visitaban.

El elixir mágico y Una nueva hoguera son dos locuras. Dos de esos discos lunáticos que ya no se hacen, llenos de temas parecidos a conjuros de brujas y hojas de árboles ancestrales. Dos obras que merece la pena que sean escuchadas tan sólo por el ambiente que son capaces de recrear. Por su cuidadosa producción que recuerda al espíritu creativo de los 70. Una época en que no había frenos a la experimentación y las bandas competían entre sí -a veces hasta llegar a cotas ridículas, es cierto- por aterrizar un poco más lejos. Ser los primeros en poner el pie en un nuevo asteroide musical.

En realidad, El elixir mágico y Una nueva hoguera están muy cerca del prog pero no son exactamente prog. O de serlo, serían prog bucólico y silvestre. Surreal y nocturno. Porque, en realidad, son dos discos simbólicos e instintivos que utilizan sus influencias para crear atmósferas, visitar lugares o pintar lienzos oceánicos. Son una mezcla insólita entre un concierto de música medieval, un disco de Jethro Tull, otro de Waterboys y cualquiera de los grabados por uno esos excéntricos grupos psicodélicos del tipo de  Gorky’s Zygotic Mynci. Dos locuras, repito, que nos llevan inmediatamente de viaje por mundos extraños y arcanos y exigen ser escuchadas en las condiciones adecuadas -en medio de un cuelgue de ácido, recorriendo un castillo o en el interior de una cueva- por su interés en hacer de la música un elemento sagrado y místico. Traer de vuelta su reflejo astral.

El elixir mágico y Una nueva hoguera no son, no obstante, -y puede que afortunadamente- dos discos perfectos. Son dos discos irregulares pero eso sí, maravillosamente irregulares. Obras vivas. Tanto que pienso que El Bosco podría no grabar nada más y ya tendría un puesto asegurado en el libro oculto de la música pop española por haber pintado estos acuarios. Dos tarots en movimiento que recuerdan a una runa mágica y no me extrañaría que alguien me dijera que fueron grabados en la cima de un volcán. Porque como reza una de sus más hermosas canciones parecen haber sido compuestos por locos utópicos en guerra. Una arcana tribu fascinada por el aullido de las fieras y el poder de las esferas. Shalam

إِنَّ الْحَدِيدَ بِالْحَدِيدِ يُفَلُّ

La tranquilidad es una cosa buena pero pertenece a la misma familia que el tedio

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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