El extraño

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Peter Hammill es uno de los artistas más minusvalorados que conozco y también de los más geniales y extraños. De los más tímidos y excéntricos. De los más callados y alocados. Sus discos con Van der Graaf Generator son historia de la música con mayúsculas.  Un cruce cósmico entre el rock progresivo y el krautrock. El hippismo y el nihilismo. La vanguardia y la locura. La alienación y la introspección. Obras con varios pies puestos en el futuro. En ese oscuro valle donde se van acumulando las ideas, melodías, desarrollos instrumentales y reflexiones del arte de los siglos posteriores. Aunque su carrera en solitario no le va a la zaga. Pues está llena de inquietantes composiciones que describen con sórdida precisión la atonía de los tiempos actuales. Esa depresión psicótica que forma parte de la vida cotidiana de tantos ciudadanos occidentales.

Peter Hammill es una mezcla entre un poeta expresionista, un trovador clásico y un artista esquizofrénico. Su trayectoria en solitario se encuentra repleta de joyas. De discos misteriosos llenos de cortantes, afilados surcos que miran directamente a los abismos y abren grietas en el espacio, que han de ser escuchados varias veces para ser comprendidos. Plenamente disfrutados. Creo sinceramente que Hammill poseía casi tanto talento como Scott Walker y David Bowie. Que llegó a territorios que sólo esos dos músicos han vislumbrado. Su primera trilogía de discos (Chameleon in the Shadow of the Night, The Silent Corner & The Empty StageIn Camera) se encuentra llena de hallazgos. Alcanza unos niveles de histrionismo melodramático escasamente vistos desde entonces.

Estoy seguro de que Bowie lo admiraba. Estaba pendiente de sus pasos. Porque, en gran medida, esas tres obras son cañonazos melódicos experimentales (a mitad de camino del sinfonismo, el folk evanescente y el glam) que tal vez incluso vayan más allá de donde el hijo de las estrellas alcanzó a llegar con su Aladdin Sane o Ziggy Stardust. El talento compositivo y expansivo de Hammill era inmenso pero eso sí, no tenía la presencia escénica de Bowie ni su carisma y no alternaba con tanta facilidad entre estilos. Por lo que nunca gozó del abrazo de las masas y tuvo que conformarse con ser un músico de culto. Reverenciado por minorías. En cualquier caso, es casi seguro que si Hammill hubiera puesto un freno a su afán experimental y hubiera intentado impactar de primeras al oyente, podría haber grabado singles inolvidables. Quemado los chats. Pero el cantautor inglés siempre fue por libre. Con él, la experimentación y el riesgo se daban por seguros. Por lo que entregó su posibilidad de convertirse en un cantante famoso a cambio de la de ser un verdadero artista. Uno de esos feroces y áridos camaleones para los que cada disco es un territorio desconocido. Un océano, un desierto, un cráter lunar o una tumultuosa calle de una ciudad moderna llena de personas sordas. Una herida a través de la que hacer emerger fantasmas, voces y ecos de voces.

Es difícil quedarse con una etapa o un disco de Hammill. Tiene tantas y tan interesantes que hay para todos los gustos. Su discografía es un lienzo abstracto que, ante todo, recoge inquietudes y búsquedas. Hammill es de los músicos que menos certezas ofrece. La mayoría de sus discos son visiones, merodeos. No son afirmaciones sino dudas e interrogaciones. Aullidos nocturnos. Ni folk galáctico ni psicodélico sino una mezcla de ambos. Ni rock acústico ni eléctrico sino una extraña mixtura de ambos. Ni música exquisitamente intelectual ni totalmente callejera sino una atípica fusión de ambas. Por eso mismo, duele que no se le tenga tan en consideración como se debería dentro de la música popular. Nadir’s Big Chance es un disco, por ejemplo, que marcó a John Lydon. Hay quienes lo consideran un presagio del punk. Aunque yo percibo su influencia más en los negros trallazos cúbicos de P.I.L que en los incendiarios insultos de los Sex Pistols. Y, desde luego, que puedo sentir sobrevolando muchas de las extremas odas aislacionistas que Hammill ofreció desde mediados de los 70 en las grietas futuristas de Peter Gabriel, gran parte del post-punk y en las odas destructivas grabadas por Iggy Pop en Berlín.

Con el tiempo, Hammill casi se convirtió en un trovador. Incluso compuso incomprendidas, jugosas y extravagantes óperas rock pero si tengo que quedarme con una de sus etapas, me quedo con la que comenzó en Nadir y termina en Black Box. Porque Nadir es un disco árido y furioso que huele a siglo XXI. Es cortante y rotundo. Una acuarela abstracta a punto de autodestruirse a cada momento. Una naranja nihilista. Y The future now y Ph7 son obras que abren caminos explorados. Son bombas nucleares enfermas que, de haber sido desarrolladas al extremo, podrían haber marcado una época. Y si se quedaron a mitad de ninguna parte fue más por el tajo que intentaron dar a las entrañas de la música popular que por mediocridad o ausencia de miras. Por otra parte, a pesar de que, a excepción de “Crying wolf”, no hay casi ritmos extraños o marcianos, Over me parece una delicia. El disco más popular y sentimental de Hammill. Una obra de un intimismo oscuro y magnético que convierte su escucha prácticamente en una conversación de tú a tú con el músico. Un paseo por su corazón herido que recuerda tanto a John Cale como a Nick Drake y sirvió para hacer bajar al suelo por primera vez su talento. Transformarlo en alguien terrenal. Humano. Un señor que ya no volaba en sus composiciones ni las convertía en enigmas a desentrañar sino que se mostraba al natural. Sencillo y sereno. Era un ser dolido deseoso de exorcizar su bajón afectivo y emocional en compañía de su público.

En otro mundo más justo, Peter Hammill sería un icono vanguardista. Un músico que llenaría auditorios. Algo que, no obstante, no parece atormentarle. Porque su compromiso fue siempre con su obra. Hace casi tres años vino a España y únicamente 50 personas se reunieron a verle en el Teatro Nuevo Lara pero todas ellas salieron obnubiladas. Con la sensación de haber experimentado un momento mágico. De haber tocado el cielo con las manos. Porque tal vez Hammill no haya creado misas atmosféricas del tamaño de las que ha compuesto Scott Walker o forjado una paleta de colores tan brillante como la de Bowie, pero -como ya dejé dicho- su talento no va a la zaga de estos dos colosos y a estas alturas, entiendo que es más apropiado consideralo un alquimista que por un músico. Pues yo al menos lo veo capaz de inventar, crear, transformar melodías y notas musicales con tan sólo mirar un instrumento. Al fin y al cabo, su discografía es un zoológico sonoro del que emergen continuamente crujidos y silbidos. Vibraciones que resuenan constantemente en los tímpanos hasta conseguir hacer brotar oscuros, gélidos y tersos arco iris donde el ruido y la música copulan intensamente. Shalam

إِنْ كَانَ فِي الْجَمَاعَةِ فَضْلٌ فَإنَّ فِي الْعُزْلَةِ سَلاَمَةٌ

El avaro se roba a sí mismo. El pródigo a sus herederos.

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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