El hombre que vendió al mundo

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Como ya he comentado anteriormente, me encuentro absolutamente absorto escribiendo una novela corta que debo terminar pronto por unas razones que ya referiré en su momento. Aunque sí me gustaría hablar hoy de una de sus bandas sonoras: The man who sold the world, de David Bowie. Una obra atípica, lejana y mágica que siempre que la escucho, consigue hacerme flotar. Como si el alienígena del pop fuera un genio salido de una lámpara maravillosa que me concediera el deseo de volar en una alfombra mágica sobre territorios desérticos, ríos ingentes y selvas descomunales. Porque lo que consigue Bowie en esta obra, ayudado por un Mick Ronson que toca su guitarra como si fuera un arpa y un Tony Visconti que dota de una profundidad inaudita a su bajo y a la grabación en su conjunto, es insólito: robarle unos minutos a la eternidad sin dejar de ser contemporáneo. Transmitir misterio y emocionar a través de un sonido atípico que reinventa la música pop, convirtiéndola en teatro y literatura.


No tengo idea de los intereses artísticos de Bowie cuando compuso esta obra. Tampoco me importa. Pero si tuviera que acompañar musicalmente la lectura de algún libro de Lewis Carrol, una representación del teatro negro de Praga o un festival de marionetas, no tengo dudas que este disco sería el elegido. Porque parece estar hecho desde el otro lado del espejo. Como si el apocalipsis ya hubiera sucedido y se comenzase a reconstruir el mundo. Me cuesta, de hecho, imaginarme a Bowie haciendo más de una de las tres comidas básicas mientras lo compuso. Más bien, lo concibo absolutamente enfrascado en su creación, acaso drogándose y haciendo el amor con un muchacho o una muchacha alternativamente porque estos pasatiempos podían ayudarle a dar lo mejor de sí artísticamente. ¡Dios! Me basta con escuchar los acordes de las guitarras entremezclándose con el punzante y sutil órgano de Saviour Machine para entrar en trance. Imaginarme que me encuentro realizando un viaje interminable por una ciudad árabe, tomando té en las puertas de una medina, meditando con la cabeza alta en el interior de una mezquita, saboreando un kebac y una mistela en un mercado o tocando la flauta en el centro de una plaza haciendo moverse a cientos de niños al compás de la melodía.

No es extraño por ello que Bowie aparezca en la novela en que trabajo actualmente tocando la guitarra y solicitando limosna en una de las callejuelas de Fez. Siendo observado atentamente por un cojo harapiento que se apoya para caminar en un bastón dorado mientras el artista reptil comienza a llamar a la oración como si fuera un imán y se escuchan los acostumbrados martillazos por toda la ciudad.

La extrañeza del disco, su magnetismo no se ha perdido con el paso de los años. Al contrario, me parece que -como le ocurre a ciertos relatos de Nikolái Gógol- se ha hecho más evidente. Pues nos encontramos ante un continente artístico que bebe y pica de todos los tiempos. Se  encuentra por supuesto que en el futuro, siglos más allá de su época, pero también respira en períodos anteriores. Alimentándose de la confusión, la sensación de ocaso que emergía durante la guerra fría para reflejar un mundo travestido por el que se mueven superhéroes, artistas derrotados, capitalistas que venden su alma para incrementar su fortuna, jóvenes que a pesar de haber dejado la adolescencia hace años siguen sin encontrarse a sí mismos y artistas que deben refugiarse en manicomios para ser comprendidos.

Supongo que si a Bowie se le preguntara si era consciente de estar retratando, en cierto modo, esa ambigüedad y caos propio de la era de la globalización, respondería que no. Pero a fé que lo consiguió.  Hay muchos matices y detalles de la misma que refleja el disco. Desde la indefinición sexual hasta el deseo de acabar con las fronteras. Y por supuesto que el pesimismo nuclear y el ambiente de ciencia-ficción se encuentran presentes. Porque, al fin y al cabo, The man who sold the world es un disco crepuscular. Un retrato muy certero del fin del sueño hippy que David no terminaría de desarrollar hasta el también fabuloso Diamond dogs. Esa pesadillesca obra que une a Foucault con Orwell y Burroughs en un ambiente devastador, repleto de mutantes y seres sin esperanza que, a pesar de su carácter arisco, posee la virtud de conseguir hacernos bailar. Shalam

 الصبْر مِفْتاح الفرج

¿Por qué se preocupan de su peinado cuando le van a cortar la cabeza?

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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