El karateka obeso

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Elvis en los 70 era una parodia de sí mismo. Una mezcla entre un marciano, un drogadicto alucinado y una estrella decadente. Alguien que se creía más grande que Jesucristo y hacía tiempo que era una encarnación del superhombre nitzscheano. Tenía un harén en su mansión, cientos de personas a sus órdenes, gastaba el dinero a manos llenas, ingería decenas de drogas y dulces diariamente  y estaba empeñado en demostrar que él era el verdadero padre de dios. Era, en resumidas cuentas, un auténtico fenómeno paranormal. Un hombre fuera de la realidad y endiosado que, sin embargo, se tornó más humano que nunca. Demostró encontrarse un paso más allá de su mito. Pues a pesar de haber ido perdiendo reflejos, como demostraban sus actuaciones llenas de monólogos y momentos vacíos, no tenía reparos en mostrar visceralmente sus debilidades. Parecía disfrutar cayendo al barro, levantándose y volviendo a caer, disparando continuamente contra su reputación o regodeándose en el ridículo, consciente de ser un totem divino capaz de soportar cualquier golpe. Al fin y al cabo, su dimensión artística continuaba siendo fascinante. Elvis era un tigre. Alguien irresistible y, sobre todo, incontrolable. Un killer del rock capaz de tumbar cualquier exabrupto punk con un movimiento de caderas. Era un señor que dominaba todos los recursos escénicos con un talento tan enorme que le bastaban unos momentos de inspiración para transformar sus actuaciones en misas.

Existen dos etapas grandiosas en el cancionero del rey del rock. La que se corresponde con su eclosión como un cometa imparable en el mundo de la música durante la década de los 50. Su furibunda interpretación de clásicos callejeros con una dosis de chulería y descaro nunca vista hasta entonces, que lo convirtieron en un ídolo juvenil. La estrella de esa América que se enamoraba en el arcén de una autopista o los asientos oscuros de un cine y estrenaba con orgullo su papel de potencia mundial. Y la que se corresponde con su llegada a Las Vegas en los 70. Pienso, de hecho, que si no fuera porque el destino le hizo grabar algunos de los clásicos imperdurables de la historia del rock dos décadas antes, el cancionero que interpretó durante sus últimos años de vida, sería mucho más valorado y escuchado. En mi opinión al menos, es el que mejor que grabó nunca y el que menos ha envejecido. Porque no posee la urgencia de sus grabaciones de los 50. Esas bombas atómicas que, con un solo impacto, colonizaron y cambiaron la mentalidad de cientos de miles de personas de culturas diferentes para siempre.

Creo que nadie ha cantado con la profundidad y sabiduría que lo hizo Elvis en los 70. Su voz llegó a la madurez. Elvis convirtió cada canción que interpretaba en un periplo por el más allá. Transformó las canciones de amor en viajes de ultratumba, el rock en un vals y la música popular en un arte trascendente. Escuchar cantar al Rey en los 70 es casi como escuchar a un Emperador egipcio alzando sus brazos desde lo alto de una pirámide. Hay algo monstruoso y sublime que todavía no ha sido comprendido en esa última etapa de Elvis y que se deja notar en la gran mayoría de las canciones que grabó. Elvis no estaba cantando en ellas al pueblo americano ni estaba hablando de amor. Estaba hablando de dios. Estaba contándonos su relación con dios desde el Olimpo. En una montaña donde había una gigantesca hamburguesa y un billete de dolar indestructible. Elvis ni siquiera parecía entonar aquellas canciones con un tono especial o haberse preparado físicamente para hacerlo. Elvis por aquella época era un desecho. Un hombre ensimismado y depresivo que no cesaba de engordar, tomar barbitúricos y se encontraba aparentemente más preocupado por el karate y la lucha libre que por la evolución de la música rock pero sin embargo, le bastaba ponerse delante de un micrófono para poner las cosas en su sitio. Transformar la música popular en  el auténtico himno norteamericano. Su Constitución. La Biblia a través de la que narrar los enamoramientos e ilusiones y la vida de cientos de héroes olvidados y perdidos como habían hecho y harían tantos cantautores.

Dicen que la diferencia entre el primer Elvis y el último es que el resplandeciente crooner de los 50 necesitaba mover las caderas constantemente, sonreír y estar en buena forma para enloquecer a las jovencitas. Y que a pesar de su encanto y belleza no pasó de ser un ídolo adolescente. Sin embargo, el Elvis de los 70 se encontraba en otra dimensión. Y aun pasado de kilos, ataviado con un atuendo hortera y medio drogado, le bastaba con entonar una sola nota para que mujeres de todas las edades sintieran un picor muy punzante en su entrepierna. Y que ancianas histéricas comenzaran a gritar tomando de la mano a sus hijas y nietas en una ceremonia sexual que tenía tanto de litúrgica como de catártica. Era una especie de ritual de apareamiento entre las féminas norteamericanas y el majestuoso y gigantesco patriarca rock. Un ritual de cortejo entre la monstruosidad y la belleza eternas.

Algo lógico, teniendo en cuenta que el Elvis de los 70 era una locomotora. Era Norteamérica. Era tanto Abraham Lincoln y John Ford como el pato Donald y Nixon. Y de no haberse destruido a sí mismo, se hubiera convertido en el mayor espectáculo vivo de la historia de la humanidad. De hecho, sin dejar de lado su vertiente kitsch, fue capaz de convertir el estilo Las Vegas en un referente del rock, casi un estilo clasicista, y con muchos menos recursos vocales que Frank Sinatra, consiguió transformarse en símbolo tanto de la América narcisista descrita en seriales del tipo Dallas o Dinastia como de esa América decadente llena de frikies, perdedores y fenómenos paranormales que han descrito magníficamente David Lynch y Thomas Pynchon en sus obras de arte. Logró, en definitiva, ser la voz de la América oculta y profunda pero también de la superficial y frívola. La de los vagabundos y la indigestada de dolares. El soundtrack ideal tanto de los opulentos cruceros por el Pacífico llevados a cabo por empresarios y banqueros de la época como de los viajes a dedo protagonizados por los desarrapados jóvenes beats.  Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ 

Si nos quitan el placer de equivocarnos, nos quitan el de acertar

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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