El lagarto del Emperador

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 Para BD. Por la noche más maravillosa de mi existencia.

Hace más de un mes que murió David Bowie pero hasta hoy no lo había llorado. Eso sí, lo he hecho a lágrima viva. Como si se hubiera muerto un gran amigo o una novia. Un requisito que creo que era necesario para escribir este texto sobre un artista cuyo paso a otro plano de la existencia ha sobrecogido al mundo porque siempre puso su talento en beneficio de la obra. Nunca se colocó por encima ni por debajo de sus seguidores. Y tuvo claro que el arte es en esencia magia pura. Riesgo. Delirio. Fantasía. Destrucción de todas las barreras y fronteras. Un viaje en una alfombra mágica por mundos posibles e imposibles. Se dejó llevar, fluyó, afrontó la vida de manera instintiva y casi acaba con ella varias veces atraído por sus límites con la inconsciencia de los dementes, la inocencia de los niños o la osadía de los adolescentes. La sensualidad de una mujer suiza y la avidez de un vampiro que no encuentra sangre durante sus escapadas nocturnas. O la obstinación de los ateos y creyentes.

Probablemente porque Bowie era un fan. Un amateur. Nunca se consideró a sí mismo un adulto. Jamás perdió la curiosidad. Y afrontó cada día como un milagro. Bendiciendo la oportunidad de seguir cantando, danzando, contemplando el lado oculto del sol reflejado en un espejo cruzado. Creando misterios y sobre todo, agradeciendo los dones que el creador le concedió. Algo que ninguno de esos cara huevo que destrozaron sin respeto alguno, un disco, sí, tan espectacularmente divertido y festivo como Never let me down, ignoraron su obra maestra Outside o despreciaron Earthling y su más que interesante aventura con Tin Machine, jamás entenderán. Tal vez por situarse a una distancia sideral de los artistas con el fin de no sentirse empequeñecidos por sus destellos. Una pose y actitud que con Bowie, desde luego, no tenía sentido. En absoluto. Más bien era una locura, una muestra más de lo cegado de tantos postureos elitistas o snobistas, porque si algún músico vivió para dar felicidad a sus seguidores, fue él. Razón por la que era rarísimo no verlo sonreír o moverse en el escenario como una marioneta convocando misterios, sortilegios, hechizos con cada una de sus miradas y teatrales pasos de baile. El arte es, sí, felicidad, y también locura. A veces horror y otras placer. Nadie ha enseñado esto con la lucidez, soltura, desparpajo y encanto que Bowie. Con la serenidad y violenta calma con la que descolocó, asombró al mundo entero entregando un sombrío último disco,Blackstar, cuya fecha de salida si no coincidió exactamente con su muerte, fue de milagro y porque, aunque pudiera parecerlo, Bowie no era dios sino un destello de su omnipotencia.

En realidad, me fatiga ver a Bowie como músico. Creo que lo limita. Porque la música como el cine o la pintura no eran más que medios de expresión de su líbido en expansión constante. Un ejemplo de las mutaciones constantes producidas por la cultura pop y la televisión. Más me agrada, de hecho, considerarlo un superhombre nitzscheano que no deseaba matar a Cristo sino resucitarlo. Comprendió sin acaso leer evangelio alguno, que el espíritu es santo porque es creativo. Por no respetar ley alguna. Y gracias a ello, pudo trazar una asombrosa discografía que no es posible explicar únicamente desde su talento musical. O su inteligencia. Una obra que lo mismo me remite a Egipto que a la India, Mesopotamia o Persia. Ya que lo que más me fascina de su evocadora intensidad es que a pesar de ser radicalmente contemporánea, la muestra más lograda del mundo posmoderno y una puerta llena de grietas mirando al futuro, también suena muy lejana y distante. Antigua y casi mítica. Porque Bowie miraba al abismo del futuro para sacar a la luz las colinas del pasado. Juntando el mañana inimaginable con el ayer olvidado. Sombras de rascacielos con las de los edificios rotos y quebrados que emergían de los vestigios de tormentosas catástrofes.

Discos como Hunky dory, Diamond dogs o Ziggy Stardust no son únicamente para mí reflejos del travestido mundo nacido de la era Acuario. Odas apocalípticas surgidas entre los vestigios del capitalismo tardío, la guerra fría o la carrera espacial. Ni tampoco osados e irónicos guiños nihilistas y glam a la contracultura y las sociedades post-hippies. Son obras que me conducen a ciudades remotas. Cuando las escucho, lo mismo aparezco debajo de una pirámide, caminando entre zigurats, dromedarios y hombres solitarios susurrando palabras en un idioma que nunca comprenderé, que me veo desplazándome por una ciudad oriental llena de mezquitas contemplado con desdén por árabes agolpados en la puerta de sus casas a medianoche. Lo mismo surgen imágenes de panteras negras en mi cerebro que de jirafas, elefantes o viejos reinos asiáticos en los que Bowie, pintado de amarillo y con un turbante en una cabeza, lee un cuento de Las 1001 nochesa una princesa cuyos dedos son continuamente masajeados por eunucos. Lo más lógico, sí, es que me sienta dentro de un cuento de Jorge Luis Borges y ramos de metáforas y figuras aparezcan ante mis ojos brotando de rosas cuya forma es igual a la portada de los discos mencionados. Porque Bowie trascendió la música pop, Londres y la cultura de su tiempo, la sobrepasó convirtiendo -al menos para mí- la escucha de cada uno de sus discos en una dionisíaca aventura. Algo parecido a abrir un cofre del que lo mismo emergía un effrit rojo dispuesto a concedernos tres deseos que un guerrero ensangrentado, el conde Drácula agazapado entre lobos, un mosquetero perdido en una selva americana, un marciano hambriento recorriendo desesperado Nueva York ante la indiferencia de los transeúntes o un emperador chino riéndose al ver caminar ante sí a un lagarto con rostro humano. El de Bowie.

Soy contrario a los que piensan que los 80 es una década desperdiciada para Bowie. El único pero que le pondría a Let’s dance o Never let me down es que no me llevan de viaje por fronteras perdidas. Entre las calles de la ciudad de Fez, el incendio de un poblado repleto de brujas o un desierto de sal a mitad de camino de los escenarios espaciales de Dune y los naturales del Sahara. Pero no es necesario porque eso ya lo hicieron otras creaciones suyas. The man who sold the worldpor ejemplo. Lo que consiguen los dos discos mencionados y algunos temas de Tonight es elevarme el ánimo. Bowie se lo pasaba bomba cuando los hizo y se nota. Y es delicioso sentir que un genio que había llegado donde nadie en la música pop, se estaba divirtiendo. Invitándonos a un circo que, sí, tal vez no nos remita a rituales secretos, superhéroes decrépitos o a la ciencia ficción y la space opera, pero se encuentra lleno de color e imaginación. De bólidos rojos, boxeadores, ángeles traviesos, trapecistas, dulces arañas, pintura de labios, frascos de laca caída, actrices histéricas y un desborde absoluto de vitalidad. Energía y optimismo. Algo absolutamente necesario, entiendo, para quien desde mitad de los 70 hasta el final de la década, se sumergió en los pozos de la desesperación vital y en los de la experimentación musical como no lo ha hecho ningún músico que conozca a excepción de Scott Walker. Se transformó en orgulloso general nazi, gélido hombre europeo, intelectual destructivo, cocainómano escéptico, monstruo famélico, conde herido y una botella de plástico descuartizada dando luz a cinco discos –Station to Station, Low, Heroes, Lodger y Scary monsters– y produciendo o colaborando en otros dos –The idiot y Just for life de Iggy Pop- que son vías de tren, rampas vanguardistas de tal calibre que hielan la sangre. Obligan a visualizarlos como mantras de la guerra fría. Rezos bipolares a la decadencia del humanismo. Viajes por el purgatorio en busca de una psicótica Alicia que guarda en su espalda el puñal con el que asesinó a sus padres. Una fotografía evanescente del manicomio occidental. Música para adictos a la heroína. O gemidos violentos del capitalismo y el comunismo. Destrucción absoluta del silencio y expansión caótica del sonido como reflejo de una época de la que aun no sé cómo Bowie emergió vivo. Porque se había convertido en un suicida. Un pintor negro. La muerte caminando con el rostro descompuesto porque no sabía cómo acabar consigo misma. Y para entretenerse entre llanto y llanto, se ponía a saltar, brincar como una demente, con las guitarras de Carlos Alomar, Robert Fripp o Tony Visconti o a reflexionar sobre su destino, paseando por un suntuoso castillo, atenta a los silenciosos acordes interpretados en un viejo piano de cola por Brian Eno. Y Arnold Schönberg. O Beethoven.

Durante la década de los 90, Bowie se dio el lujo de sacar dos discos sumamente brillantes, Black tie white noiseEarthling. El primero, era una cálida e intrigante epopeya con aires de novela negra que lo mismo remitía a las series de misterio que a evanescentes paisajes orientales o a la alta cultura europea. Una mirada de perfil a sus experimentaciones con el soul y los ritmos cálidos que ahondaba en sonidos distantes y bien perfilados para recoger la esencia de una nueva época fría. Difícil de asir. Como las aristas de un disco frágil e huidizo. La de la globalización. Y el segundo, una corrosiva genialidad. Una adaptación al jungle de sus hábiles melodías hecha con sumo desparpajo. Con actitud punk y visionaria. Sorprendiendo por la infecciosa capacidad de combinar composiciones que, en otros contextos, podrían ejercer de canciones de amor o convencionales sonetos pop con la energía procedente del Drum and bass y las pistas de baile.

Bowie, sí, también dio a luz otras dos interesantes creaciones, The Budha of Suburbia y Hours, en el transcurso de aquel tiempo. Pero, ante y sobre todo,  una aniquiladora obra de tintes expresionistas y futuristas que, con el tiempo, valoro como central para comprender el zeitgeist de Occidente, tras la caída del muro de Berlín: Outside. Una excursión a psiquiátricos mentales, un viaje paralelo por las montañas de la locura que en realidad era una investigación muy precisa de la psique del ser humano ante el reto por venir: el mundo virtual. Internet. Las relaciones ausentes. No ya líquidas sino imaginarias. Amar frente a la pantalla de una computadora. El caos y el vértigo ante el fin del siglo. Una vuelta a la vanguardia y la exploración de los rituales y el canibalismo en las sociedades orwellianas. Esquizofrenia en estado puro. Payasos destrozados y figuras cayéndose en calles descompuestas donde el criminal siempre es el investigador. Músicos tocando como terroristas, soldados vietnamitas escondidos en trincheras o lunáticos delirantes.

En fin. Una absoluta maravilla que puso en su lugar a todos aquellos grupos que estaban comandando una época que parece mentira que haya que repetir una y mil veces que vivió y creció bajo la sombra de lo que Bowie y Eno crearon en Berlín occidental. Y, sobre todo, demostró que el lagarto del Emperador no necesitaba ya ir por delante de las corrientes estéticas. Ni por detrás. Porque hacía tiempo que él era la moda. Y por consiguiente, tanto su creador  como destructor. Un filósofo visionario que intuía que con internet, el yo se multiplicaría en decenas de fragmentos que planeaba recoger en dos o tres discos más -continuación de la esquizoide historia narrada en Outside- que desgraciadamente no terminó de fraguar. Algo que lamento tanto o más como que Stanley Kubrick nunca rodara su Napoleón. Porque no hay proyecto en el arte contemporáneo más interesante que aquel. No existía exploración más profunda de los sonidos y mente moderna -revise quien lo desee las tomas no publicadas de los ensayos de Outside– que la realizada por Bowie en aquellos momentos. Un hecho que fue el primer signo de declive que le detecté. Y lógicamente comprendo, puesto que el esfuerzo de volver otra vez a traspasar el muro de la realidad, era un reto excesivo, demasiado intenso ya, para un ser hombre que había cruzado decenas de veces las fronteras entre la vida y la muerte. Y conocía por tanto perfectamente sus paisajes, limitaciones y linderos como ha demostrado esa surreal, insólita, maravillosa performance con la que se ha despedido del mundo del arte. Y la vida. Que, en su caso, como corroboró su ocaso, no es que fueran sinónimos sino absolutamente idénticos. Lo mismo. Dos rostros mirándose al espejo que no diferencian quién es quién.

¿Es necesario hablar de la muerte de Bowie o de Blackstar? El mundo entero ha sentido una conmoción como pocas veces se ha visto. Y, de alguna manera, todos sentimos el impacto. La primera vez que hice el amor con una mujer sonaban en la habitación “Ashes to ashes”, “Space Oddity”, “Young Americans”, “Absolute beginners” y todas esas joyas y sentí que me desvanecía. Que mi cuerpo se había disuelto y viajaba a través de otra dimensión. Cuando escuché Low supe que Dios existía. Como los agujeros negros. Y los misterios irresolubles. Ningún disco me hace sonreír más que Never let me down y todavía me recuerdo, casi con pantalones cortos, señalando la portada de esa casette al vendedor y la energía que sentí al tenerla en mis manos. Como al ver a Bowie en directo. Un orgasmo alargado durante meses en que me despertaba excitado rememorando esa experiencia. Y en fin, contemplar ahora el videoclip de “Lazarus”, y volver a sentir el halo a muerte que rezuman las siete canciones, las crípticas letras que ahora cobran todo su sentido, es demasiado hasta para mí. La prueba definitiva de que Bowie era un lujo para el mundo. Un hermoso espíritu que no sé si nos merecíamos. Un artista que nos deja como legado un mensaje. Lo único que importa es el arte porque el arte es amor. Como la vida. Recordándonos porqué seguimos escuchando música. Merece la pena continuar despertándose diariamente. Y que no olvidemos de quebrar nuestros límites cuantas veces sea necesario. Porque, como subraya El libro de los muertos egipcio, lo que debe preocuparnos realmente es el “otro lado”. El canal más allá de la muerte. Que es donde vamos a pasar los miles de años que nos restan por vivir. Y desde donde está compuesto un disco, Blackstar, que es la mayor demostración que la inmortalidad existe. Que para alcanzarla, todo, absolutamente todo debe ser destruido. Que sólo es libre quien acepta su muerte. Quien comprende que morir es amar. O viceversa. Y, en esencia, somos lagartos emergiendo de un cadáver putrefacto haciendo sonreír a un sultán o un Emperador chino. Shalam

 الأَفْعَالُ أَبْلَغُ مِنَ الأَقْوَالِ

 El río sigue su curso sin esperar al sediento

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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