El lagarto del Emperador

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 Para Susana. Por las noches maravillosas.

Hace más de un mes que murió David Bowie pero hasta hoy no lo había llorado. Eso sí, lo he hecho a lágrima viva, como si se hubiera muerto un gran amigo o una novia. Un requisito que creo que era necesario para escribir este texto sobre un artista cuyo paso a otro plano de la existencia ha sobrecogido al mundo porque siempre puso su talento en beneficio de la obra, nunca se situó por encima de sus seguidores y tuvo claro que el arte es, en esencia, magia pura, riesgo, delirio, fantasía. Destrucción de todas las barreras y fronteras. Un viaje en una alfombra mágica por mundos posibles e imposibles. De hecho, siempre afrontó la vida de manera instintiva y casi acaba con ella varias veces atraído por sus límites con la inconsciencia de los dementes, la inocencia de los niños o la osadía de los adolescentes.

Probablemente, Bowie logró escalar las altas cimas a las que llegó además por su talento porque nunca se consideró a sí mismo un adulto, jamás perdió la curiosidad y afrontó cada día como un milagro. Bendiciendo la oportunidad de seguir contemplando el lado oculto del sol reflejado en un espejo cruzado. Algo que ninguno de esos amargados que destrozaron un disco tan divertido y festivo como Never let me down, ignoraron su obra maestra Outside o despreciaron Earthling y su más que interesante aventura con Tin Machine, jamás entenderán. Tal vez por situarse a una distancia sideral de los artistas con el fin de no sentirse empequeñecidos por sus destellos. Una pose y actitud que con Bowie, desde luego, no tenía sentido porque si algún músico vivió para dar felicidad a sus seguidores, fue él. Razón por la que era rarísimo no verlo sonreír al moverse en el escenario como una marioneta convocando misterios, sortilegios y hechizos con cada una de sus miradas y teatrales pasos de baile.

El arte es, sí, felicidad, y también locura. A veces horror y otras placer. Nadie ha enseñado esto con la lucidez, soltura, desparpajo y encanto con que lo hizo Bowie. No hay más que comprobar, de hecho, cómo asombró al mundo entero hace tan sólo un mes, entregando un sombrío testamento, Blackstar, cuya fecha de salida si no coincidió exactamente con su muerte fue de milagro y porque, aunque pudiera parecerlo, Bowie no era dios sino un destello de su omnipotencia.

En realidad, creo que considerar a Bowie únicamente como un músico lo limita. Porque la música como el cine o la pintura no eran más que medios de expresión de su líbido en expansión constante. Un ejemplo de las continuas mutaciones producidas por la cultura pop y la televisión. Más me agrada, de hecho, considerarlo un superhombre nitzscheano. Un marciano que comprendió que el espíritu es santo porque es creativo y por no respetar ley alguna. Y gracias a ello, pudo trazar una asombrosa discografía que no es posible explicar únicamente por su talento o inteligencia. Una obra que lo mismo me remite a Egipto que a la India, Mesopotamia o Persia puesto que, a pesar de ser radicalmente contemporánea, (una puerta llena de grietas mirando al futuro), también suena muy lejana y distante. Antigua y casi mítica. Seguramente, debido a que Bowie siempre vinculó los abismos del futuro, el mañana inimaginable, con los vestigios del pasado.

Discos como Hunky dory, Diamond dogs o Ziggy Stardust son, sí, reflejos del travestido mundo nacido en la era Acuario. Odas apocalípticas surgidas entre los vestigios del capitalismo tardío, la guerra fría y la carrera espacial. Osados e irónicos guiños nihilistas a la contracultura y a las sociedades post-hippies. Pero también son creaciones que me conducen a ciudades remotas. Cuando las escucho, puedo visualizarme perfectamente volando sobre una pirámide, caminando entre zigurats, dromedarios y hombres solitarios por urbes orientales llenas de mezquitas. Y lo mismo aparecen ante mí imágenes de panteras negras que de jirafas, elefantes o viejos reinos asiáticos en los que Bowie, pintado de amarillo y con un turbante en una cabeza, lee un cuento de Las 1001 noches a una princesa.

Lo más lógico, por tanto, es que me sienta dentro de un cuento de Jorge Luis Borges porque Bowie trascendió a la música pop, Londres y a la cultura de su tiempo. La sobrepasó convirtiendo la inmersión en cada uno de sus discos en una dionisíaca aventura. Algo parecido a abrir un cofre del que lo mismo emergía un effrit rojo, un guerrero ensangrentado, un marciano hambriento recorriendo desesperado Nueva York ante la indiferencia de los transeúntes o un emperador chino riendo al ver caminar ante sí a un lagarto con el rostro del propio Bowie.

Soy contrario a los que piensan que los 80 es una década desperdiciada para el músico. El único pero que le pondría a Let’s dance o Never let me down es que no me llevan de viaje por fronteras perdidas. No me conducen a las calles de la ciudad de Fez o a un desierto de sal en medio de una galaxia lejana. Pero no se lo tengo en cuenta porque eso ya lo hicieron otras creaciones suyas como es el caso de The man who sold the world.

Lo que sí que consiguen los dos discos mencionados y algunos temas de Tonight es elevarme el ánimo. Bowie se lo pasaba bomba cuando los hizo y se nota. Es realmente delicioso sentir que un genio que había llegado donde nadie en la música pop, se estaba divirtiendo. Invitándonos a un circo que, sí, tal vez no nos remita a rituales secretos, superhéroes decrépitos o a la ciencia ficción pero se encuentra lleno de color, vitalidad, energía e imaginación. De bólidos rojos, boxeadores, ángeles traviesos, trapecistas, dulces arañas, pintura de labios, frascos de laca o actrices histéricas.

Un ejercicio de optimismo que entiendo era absolutamente necesario para un hombre que, desde mitad de los 70 hasta el final de esa misma década, se sumergió en los pozos de la desesperación vital y en los de la experimentación musical como no lo ha hecho ningún músico que conozca a excepción de Scott Walker. Se transformó en orgulloso general nazi, gélido hombre europeo, intelectual destructivo, cocainómano escéptico y monstruo famélico. Y dio luz a cinco Lps –Station to Station, Low, Heroes, Lodger y Scary monsters– y produjo y colaboró en otros dos –The idiot y Just for life de Iggy Pop- que son vías de tren, rampas vanguardistas de tal calibre que hielan la sangre.

Todas esas obras son prácticamente mantras de la guerra fría, rezos bipolares sobre la decadencia del humanismo, fotografías evanescentes del manicomio occidental y gemidos violentos del capitalismo y el comunismo. Expanden el sonido de manera abrupta como reflejo de una época de la que aun no sé cómo Bowie emergió vivo ya que se había convertido en un suicida. Un pintor negro. Era la viva imagen de la muerte caminando. Un cadáver deforme que lo mismo se ponía a saltar, brincar como un demente con las guitarras de Carlos Alomar, Robert Fripp o Tony Visconti que a reflexionar sobre su oscuro destino en los pasadizos de un suntuoso castillo, escuchando los silenciosos acordes interpretados en un viejo piano de cola por Brian Eno.

Durante la década de los 90, Bowie se dio el lujo de sacar dos discos sumamente brillantes, Black tie white noiseEarthling. El primero era una cálida e intrigante epopeya con aires de novela negra que lo mismo remitía a las series de misterio que a evanescentes paisajes orientales o a la alta cultura europea. Era una mirada de perfil a sus experimentaciones con el soul y los ritmos cálidos que ahondaba en sonidos distantes y bien perfilados para recoger la esencia de una nueva época fría, frágil e huidiza: la de la globalización. Y el segundo, era una corrosiva genialidad. Una adaptación al jungle de sus melodías clásicas realizada con actitud punk y visionaria. Una infecciosa combinación de composiciones que, en otros contextos, podrían haber ejercido perfectamente funciones de canciones de amor con la energía procedente del Drum and bass y las pistas de baile.

Bowie, sí, también dio a luz otras dos interesantes creaciones, The Budha of Suburbia y Hours, en el transcurso de aquel tiempo. Pero, ante todo, una aniquiladora obra de tintes expresionistas y futuristas que entiendo que es esencial para comprender el zeitgeist de Occidente tras la caída del muro de Berlín: Outside. Una excursión a psiquiátricos mentales. Un viaje por las montañas de la locura que, en realidad, era una investigación muy precisa de la psique del ser humano ante el reto por venir: el reino virtual. Internet. Ese mundo donde las relaciones sentimentales no son ya líquidas sino imaginarias y el detective siempre es el criminal. Aunque, además, la obra describía perfectamente el caos y el vértigo que se sentían por aquellos años ante el fin del siglo. Era una investigación sobre el canibalismo en las sociedades orwellianas. Esquizofrenia en estado puro. Un artefacto vanguardista en el que los músicos tocaban como terroristas, soldados vietnamitas escondidos en trincheras o lunáticos delirantes.

En fin, una absoluta maravilla que puso en su lugar a todos aquellos grupos que estaban comandando una década que parece mentira que haya que repetir una y mil veces que vivió y creció bajo la sombra de lo que él y Eno crearon en Berlín occidental. Y, sobre todo, demostró que Bowie no necesitaba ya ir por delante de las corrientes estéticas porque hacía tiempo que él era la moda. Y por consiguiente, tanto su creador como destructor.

De hecho, a mediados de los 90, era prácticamente un filósofo visionario. Un pensador que vislumbraba cómo, gracias a Internet, el yo se multiplicaría en decenas de fragmentos que planeaba recoger en dos discos que serían la continuación de la esquizoide historia narrada en Outside y desgraciadamente no terminó de fraguar. Un proyecto cuyo fracaso lamento tanto como que Stanley Kubrick nunca rodara su Napoleón porque no existía otro en el arte contemporáneo tan interesante que aquel. No existía exploración más intuitiva y profunda de los sonidos y la mente moderna que la realizada por Bowie en aquellos momentos.

Lo cierto es que aquel intento frustrado fue el primer signo de declive que le detecté. Pero puedo comprenderlo porque el esfuerzo de volver a traspasar de nuevo el muro de la realidad, era un reto excesivo, demasiado intenso ya, para un ser que había cruzado decenas de veces las fronteras entre la vida y la muerte. Y conocía, por tanto, perfectamente sus paisajes, limitaciones y linderos como ha demostrado esa surreal, insólita, maravillosa performance con la que se ha despedido del mundo del arte y de la vida. Que, en su caso, como corroboró su ocaso, no es que fueran sinónimos sino absolutamente idénticos. Dos rostros mirándose al espejo que no diferenciaban quién era quién.

¿Es necesario hablar de la muerte de Bowie o de Blackstar? El mundo entero ha sentido una conmoción como pocas veces se ha visto. Y, de alguna manera, todos sentimos el impacto de su impresionante despedida.

La primera vez que hice el amor con una mujer sonaban en la habitación “Ashes to ashes”, “Space Oddity”, “Young Americans”, “Absolute beginners” y todas esas joyas y sentí que me desvanecía. Que mi cuerpo se había disuelto y viajaba a través de otra dimensión. Cuando escuché Low supe que dios existía, como los agujeros negros y los misterios irresolubles. Ningún disco me hace sonreír más que Never let me down y todavía me recuerdo, casi con pantalones cortos, señalando la portada de esa casette al vendedor y la felicidad que sentí al tenerla en mis manos. Y, por supuesto, que nunca olvidaré el único concierto suyo que vi. Un orgasmo alargado durante meses en los que me despertaba excitado rememorando esa experiencia. Por lo que contemplar de nuevo el videoclip de “Lazarus“, y volver a sentir el halo a muerte que rezuman las siete canciones de su testamento así como las crípticas letras que ahora cobran todo su sentido, es demasiado hasta para mí. La prueba definitiva de que Bowie era un lujo para el mundo. Un hermoso espíritu que no sé si nos merecíamos.

En realidad, con su despedida creo que nos ha dejado claro que lo más importante que ha legado el ser humano a lo largo de su historia es el arte. Y que debemos de quebrar nuestros límites cuantas veces sea necesario porque, como subraya El libro de los muertos egipcio, lo que debe preocuparnos realmente es el más allá -la orilla situada más allá de la muerte- puesto que es allí donde vamos a pasar los miles de años que nos restan por vivir. De hecho, es en los gélidos lagos de ese frío lugar donde parece estar compuesto un disco, Blackstar, que es la mayor demostración de que la inmortalidad existe. Que sólo es libre quien acepta su muerte y quien comprende que morir es amar. Y que, en esencia, somos lagartos emergiendo de un cadáver putrefacto haciendo sonreír a un sultán o un Emperador chino. Shalam

 الأَفْعَالُ أَبْلَغُ مِنَ الأَقْوَالِ

 El río sigue su curso sin esperar al sediento

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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