El Mercedes

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No tengo dudas de que el cantante perfecto es Frank Sinatra. El crooner de New Jersey trabajó tanto su voz que la convirtió en un monumento clásico. Y esa perfección se convirtió muy pronto en sinónimo de éxito. Frank Sinatra era la voz de los triunfadores. La voz que se escuchaba en las reuniones de negocios entre Martini y Martini. No importa lo que estuviera ocurriendo en su vida que si un ejecutivo pinchaba uno de sus discos, podía afirmar con total seguridad que no estaba muerto. Podía volver a comenzar de cero y llevarse el trozo de pastel que deseaba. Frank Sinatra es por ello la voz de los negocios pero también la de los solitarios empresarios. Los individualistas. Esos hombres hechos a sí mismos que la mitología norteamericana ha enaltecido. Al fin y al cabo, su voz es el capitalismo. Pero eso sí, el capitalismo vehemente e impulsivo. Orgulloso y cruel si es necesario. Ese capitalismo en el que los perdedores están condenados a suicidarse o desaparecer y decir empresario o emprendedor no es tan distinto de decir mafioso. De hecho, la voz de Frank Sinatra llega a ser tan, tan perfecta que termina por ser violenta. Aunque tal vez lo más preciso sería indicar que es violenta a pesar de su perfección. Que es una voz que golpea, empuja, marca territorio y exige respeto porque, en esencia, desea ser la única. Quiere ser LA VOZ.

En pocas ocasiones, de hecho, he sentido que esa voz me acompañaba o arrullaba cuando me encontraba junto a mi novia. Al contrario, más bien he sentido que esa voz me daba órdenes. Que era más parecida a una pistola que a un poema y exigía ser alabada y respetada. Frank Sinatra es el pistolero que me obliga a besar a mi novia cuando escucho sus canciones. Es, sí, un vendedor que me fuerza a ejercer de hombre romántico. Que exprime el romanticismo al máximo para llenar de dolares su maletín. La voz de Frank Sinatra se impone por las buenas o las malas. Es LA VOZ. Acero. Algo parecido a lo que es el Mercedes en el mercado automovilístico. Una voz que consigue que no haya más estación que el otoño. Que cada día sea una postal. Frank Sinatra era el kitsch. Era la exigencia del kitsch. Una voz autoritaria que nos obligaba a triunfar y amar en los exactos términos que ella nos dictaba y se encontraba empeñada en transformar el mundo en un anuncio de trajes y coches. Shalam

اِلْزَمِ الصِّحَّةَ يَلْزَمُكَ الْعَمَلُ

La cordura y el genio son novios pero nunca han podido casarse

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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