El niño

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El nombre de Waldo de los Ríos se encuentra asociado con la tragedia y la elegancia. La sensibilidad más sofisticada y exquisita y el dolor más profundo. Aún resuena como un eco salvaje ese escopetazo que se pegó en la cabeza en su chalet madrileño que, aunque suene injusto, ayuda a entender mejor su obra. Le aporta un componente faústico y siniestro que convierte todo el oropel de mágicos y maravillosos sonidos de sus producciones en fúnebres letanías que escondían los pesares de un alma torturada. Permite vislumbrar el drama real que había detrás de su imagen de músico prestigioso pero encorsetado que había popularizado con sus estremecedores arreglos la música clásica y había llevado a Morzart y Beethoven y las arias más conocidas de la ópera a los salones de estar de media España, convirtiéndolos en tan o más conocidos que los Beatles cuando estos aseguraban poder llegar a ser más famosos que Jesucristo.

Waldo era un genio. El típico niño prodigio que había sido sometido a una disciplina feroz por sus padres que si bien le había asegurado el sustento y un lugar muy preciso y digno en la música contemporánea, le había probablemente desestabilizado psicológicamente para siempre debido a los excesos de una rigurosa educación y la sobreprotección que la misma conllevaba. Convirtiéndolo en un hombre débil e hipersensible, con tendencia a la obesidad y un gran temor a la opinión ajena, al que le costó carros y carretas da a conocer su verdadero yo, como prueba el que sea mucho más conocido por su esmerada, grácil y por momentos soberbia adaptación de sinfonías y temas ajenos que por sus propios aportes al mundo del arte. Una pena porque, ya sea en su papel de arreglista, mero transcriptor  o difusor tanto como en el de compositor, demostró poseer un talento desbordante. Un olfato delicado y sutil que, como he indicado con anterioridad, tal vez no terminó de desarrollarse hasta sus últimos límites y volar en completa libertad debido a sus traumas infantiles y los férreos problemas personales que su suicidio puso de manifiesto con una rotundidad y brutalidad innecesarias.

En cualquier caso, las escasas obras originales que nos legó Waldo de los Ríos, no dejan a lugar a dudas de lo desmesuradas que eran sus prestaciones. De hecho, a pesar de haber fallecido a temprana edad, existe un sonido Waldo. Una forma de concebir la música que, aunque bebe de muchas fuentes y recuerda a decenas de referentes, es exclusivamente suya. Posee su sello particular y personal vinculado a la pureza y exquisita ornamentación de los arreglos así como a la melancolía que transmitían todas las composiciones que interpretaba. Waldo era un genio reprimido pero genio al fin y al cabo. De hecho, tal vez la contención le ayudó porque lo convirtió en un artista muy detallista y meticuloso cuyas partituras eran una mezcla entre el tango clásico y ceremonial argentino, el kitsch orquestal, el lounge y las sintonías televisivas de tintes nostálgicos y evanescentes.

Lo cierto es que no son demasiados los discos que llevan su firma pero en ellos hay de todo. Desde ricos valses descompasados hasta música de western o melodías apocalípticas y crepusculares capaces de convertir un atardecer primaveral en un cuento romántico y una noche de verano en una novela gótica. Aunque probablemente lo más destacado de su producción son las míticas bandas sonoras que realizó para el par de películas que consagraron como director cinematográfico a Narciso Ibáñez Serrador: La residencia y ¿Quién puede matar a un niño?.

La primera no se conserva entera debido al mal estado de los masters. Pero aún así, unas cuantas pinceladas bastan para valorar su maestría. Pues en gran medida, supone un encuentro entre una composición tradicional española y un soundtrack de la Hammer y se encuentra llena de música intimista y nocturna ideal para describir un paisaje otoñal tras el que late la crueldad. Y la segunda es sin lugar a dudas una obra maestra. Un disco cuyo comienzo se inspira claramente en la melodía principal compuesta por Krzysztof Komeda para La semilla del diablo. Pero poco a poco va evolucionando hasta convertirse en un mágico cruce entre Bernard Hermann y Burt Bacharach lleno de momentos de tensión y explosivos (casi wagerianos) así como de motivos manieristas y tenebrosos que se encuentran sabiamente atemperados por suaves melodías mediterráneas, risas de niños, hipnóticos teclados y ambientaciones crípticas. Una bomba sonora repleta de detalles e intrincados pasadizos en definitiva que, aun así, destaca por su simplicidad y cierto aspecto primaveral. La facilidad con la que muestra la belleza que late oculta en el horror y la perversidad que subyace tras la inocencia.

Existe un aspecto además en la banda sonora de ¿Quién puede matar a un niño? que me parece muy a tener en cuenta aunque soy consciente de mi visión impresionista. Me refiero al hecho de la posible identificación de Waldo con la infancia. Una fijación obsesiva que se explica porque debido a su incipiente maestría, se vio obligado a matar a su niño interior prematuramente. Un hecho que con mucha probabilidad le pasó factura toda la vida y, unido a su fijación edípica con su madre y su homosexualidad latente, terminaron por desatar los fantasmas que llevaba dentro, convirtiéndolo en el flagrante asesino de su propia sensibilidad. Un arcángel de la muerte incapaz de convivir con el monstruo que anidaba en su interior y que podemos vislumbrar en toda su opalescencia en la citada banda sonora: un maravilloso infierno melódico. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

                                Memoria que no olvida, rencor que no se aplaca

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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