El orgullo del ruido: Lemmy Kilmister

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En una obra dedicada a la estridencia de manera directa o indirecta como Ruido del arte, tenía que aparecer, antes o después, un pirata como Lemmy Kilmister. ¿Cómo no si la discografía de Motorhead es un poema de amor monocorde al ruido? Escuchar uno de sus discos, de hecho, me parece una experiencia parecida a introducirse en el motor de una motocicleta, subirse a un tanque y disparar contra quien tengamos delante, correr por una llanura mientras cientos de metralletas intentan acribillarnos o montar en un tren ensordecedor. Y por eso, no es conveniente escuchar a Motorhead cualquier día sino hacerlo únicamente cuando estemos preparados para vivir experiencias de este calibre. Dejando que nuestros sesos sean exprimidos por esta batidora a medio camino entre el punk y el rock que fue capaz de transformar las canciones de Chuck Berry, Bob Didley o Gene Vincent en un huracán sonoro capaz de arrasar con todo lo que le saliera al paso.

Lo más curioso del caso es que a estas alturas de su carrera, uno diría que antes van a desaparecer las cucarachas que Motorhead del mundo de la música. Y que cuando esto suceda, desde luego, es posible que una catástrofe arrase el planeta. Porque esta banda británica es más que un símbolo. Es pura vida. Una montaña en medio de un desierto de mediocridades. Una roca dura y consistente que no se quiebra por más que la golpeemos contra una pared y lógicamente, ha terminado por convertirse en imprescindible. Una negra acuarela a la que debemos mirar siempre y cuando queramos calibrar el grado de entrega que están dispuestos a ofrecer los cientos de grupos que proliferan por el mundo y que cuando Motorhead continúe en pie vociferando aquello de “Ace of spades”, ya se habrán disuelto.

Confesar por último que sólo tuve una oportunidad de ver en directo a Motorhead en mi vida. Fue el 8 de mayo de 2004 en la sala Hangar de Buenos Aires. Y no la olvidaré jamás. No tanto por el excelente show que ofrecieron sino porque tuvo que ser interrumpido por el lanzamiento continuado de bengalas por parte de unos vándalos que prácticamente dejaron sin aliento a Lemmy (tuvo que ser atendido con un tanque de oxígeno). De hecho, debido a la multitud ingente de rockeros que se apelotonaba en la sala, hubo un momento en que temí una desgracia pues respirar se hacía verdaderamente difícil. Y no me sentí tranquilo, hasta que salí al exterior y corriendo entre un muro de brazos tatuados, cerebros alcoholizados y botellas de vidrio rotos, detuve a un taxi para que me llevara a mi hotel, mientras en la puerta de entrada del local se comenzaba a librar una batalla campal que no acabó en tragedia de casualidad. Algo que, en cierto modo, hubiera hecho honor a Motorhead. Una banda sonora perfecta para el día del Apocalipsis y la destrucción. Además de, claro, para follar sin saber el nombre de la persona que se encuentra con nosotros en la cama. Shalam

 كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

 Si te aplauden, nunca presumas hasta saber quién lo hizo

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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