El pájaro

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Charlie Parker es un baúl sin fondo. ¿Por dónde empezar a hablar de él? ¿Qué decir de él? ¿Para qué insinuar algo más sobre su arte? La única comparación fiable que se me ocurre es con Diego Armando Maradona. Probablemente fue el Maradona del jazz del siglo XX. Del mismo modo, si Diego hubiera muerto a los 34 años de sobredosis, de un atracón o de cualquier otro desliz poco antes de su retirada, podría definírsele como el Charlie Parker del balón. El oso inigualable.

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Me sucede algo mágico cuando escucho a Charlie Parker que no experimento con ningún otro jazzista: que me siento en casa al sentir vibrar las notas de su saxofón. Miles Davis me lleva de viaje a la luna. Es un pintor cubista que hace volar a sus oyentes. Una pantera negra solitaria. John Coltrane es puro ritmo. Rasga la noche y nos transporta a África a los pocos segundos de interpretar una melodía. Es un oscuro lago. Louis Amstrong es parecido a un abuelo. Nos sentimos inmediatamente acogidos en su mansión pero tampoco nos demoramos demasiado en ella. Nadie va a liarse un porro ni a tomar whisky con él hasta altas horas de la madrugada. Es una cena copiosa que nos hace felices pero no droga dura que nos vuelve adictos. Sin embargo, con Charlie Parker siempre tengo la sensación de estar en el sitio correcto. De haber sido acogido en una fiesta en la que no necesito bailar ni beber porque se celebra en mi casa. Su saxofón no cesa de volar y hacer cabriolas pero conecta íntimamente tanto con mi yo infantil como con mi yo adulto. Me sirve tanto para ilustrar mis lejanos juegos con coches de juguete como para realizar excursiones nocturnas por un club o callejear sin dirección clara.

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Hay quienes dicen que a Charlie Parker lo apodaban Bird porque cuando no tenía dinero solía seguir los conciertos de los músicos locales de Kansas en el patio de atrás de las salas y clubes. Pero otros aseguran que se lo pusieron sus compañeros de gira cuando recogió el cadáver de una gallina que acababan de atropellar para cocinarla. En cualquier caso, no cabe duda de que el apodo era el adecuado puesto que cuando tocaba una tonada siguiendo punto por punto la partitura la llenaba de una magia tan especial que la mayoría de veces resulta inenarrable. De hecho, parecía que se estaba inventando un sonido nuevo. Parker interpretaba famosas melodías como si fuera un ave. Con esa libertad que presuponemos a los pájaros que vuelan en medio de cualquiera de las calles grasientas de las ciudades modernas. Era además un destructor de la ortografía y el vocabulario musical. Las pausas entre nota y nota y las sinuosas modificaciones que imprimía sobre estructuras arquetípicas convertían cada uno de sus conciertos en épica pura. Una novela negra, bucólica o de fantasía, según estuviera más o menos inspirado.

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Lo que me resulta increíble de Charlie Parker es cómo un músico con una vida tan desgarrada como la suya era capaz de transmitir tanta felicidad. Tanta dicha. Puede que para los melómanos del pasado su saxo fuera un puñetazo, pero para mí es un abrazo. Un grito que anuncia fiesta y amor. Humanidad.

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Parker fue profundamente moderno. Era un rendido admirador de Bartók y Stravinsky y le propuso varias veces a Edgar Varése ser su alumno. Probablemente porque, aunque era orgulloso y pagado de su talento, no era consciente de los alcances de su genio. Tengo la impresión de hecho que, de haberse conocido, Varése hubiera sido quien hubiera aprendido más. Probablemente nunca lo hubiera confesado en público, pero él hubiera sido el aprendiz. Más que nada porque había algo salvaje en Parker. Algo incontrolable que desbordaba cualquier estructura académica por más compleja que ésta fuera. Le bastaba tocar unas cuantas notas para transformar un muro de cemento en barro o convertir el idioma inglés en una lengua ancestral recitada como un conjuro mágico en la selva. Para tornar cubista el ambiente de un club y darle tres giros a un lienzo cubista hasta lograr que todas sus piezas parecieran desplazarse en el agua y dibujar en el aire un acuario volante.

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Una anécdota sacada del libro de Russel Ross sobre Parker: “Una tarde, visitó el depósito de cadáveres de Boston. In­ventando la historia de que quería identificar a un amigo que había sido víctima de un homicidio, Charlie pasó parte de la tarde mirando un cadáver tras otro cuando eran extraídos de la cámara frigorífica para que los examinase. Hacía bro­mas sardónicas con los empleados del depósito, y esa noche explicó su experiencia a los hombres de la orquesta”.

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No soy yo un fanático del filme realizado por Clint Eatswood sobre Parker. Como película, creo que Round midnight es mejor. Más consistente. Tengo la impresión de que, cuando la rodó, Clint aún estaba acomodándose como director y, por momentos, la narración pierde fuelle. Pero sería estúpido por mi parte despreciar tal monumento. Una obra reflexiva y seria a la altura del mito de la que lo que más me gusta es su contención. Su tono seco parecido a un whisky solo con poco hielo. De hecho, tengo muy claro que si hubiera sido Oliver Stone el encargado de llevar a cabo el proyecto, nos hubiéramos hartado de ver a Forest Whitaker rompiendo cristales, peleándose con managers, cayendo desmayado a suelo y espectaculares tomas de conciertos que probablemente no reflejaran tan bien la realidad como lo hizo Clint. La banda sonora de Bird es por cierto maravillosa. Varios músicos la grabaron en estudio acompañando distintas improvisaciones y solos interpretados por Charlie Parker guardados en archivos. Los genios son así. No es que  cuando estén se les valore más sino que viven más. Como ya no tiene límites físicos, aparecen en cualquier parte. No conocen fronteras. Su casa no es una ciudad o un país sino el mundo.

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Bird o Yardbird es un término procedente de la jerga militar que sirve para definir a los individuos inadaptados. Charlie Parker lo fue tanto que logró convertir al resto de jazzistas en músicos fuera del sistema; o mejor dicho, de su no-sistema.

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Otra anécdota extraída del libro de Russel Ross. Esta en concreto sobre el famoso viaje de Parker a París: “Después del concierto, Charlie se fue a una jam session, que se celebraba en el Club Germaine, donde el músico-escritor Boris Vian era el maestro de ceremo­nias. Jean Paúl Sartre, que entonces empezaba a ser famoso, entró en el club y Boris Vian preguntó al filósofo si quería conocer a Charlie Parker.
—Sí, desde luego —contestó Sartre—. Me interesa.
Se hicieron las presentaciones. Charlie le dijo a Sartre:
—Me alegro de conocerle, señor Sartre. Me gusta mucho como toca usted.
Según Boris Vian, Sartre clavó unos ojos inexpresivos en Charlie. Pero se que­dó durante el tiempo que duraron dos piezas”.

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Hay muchas maneras de entender la importancia de Parker. Una es fijándose en sus seguidores. El krautrock, por ejemplo, le debe más a sus improvisaciones que a la tecnología. Y otra es fijándose en sus antecesores. Animo a cualquiera a que escuche durante dos o tres horas a Coleman Hawkins y a Lester Young. Ambos son dos genios. Aunque no sé si este calificativo es el adecuado. Genio es Parker. Coleman y Lester son maestros. Eso sí, sobresalientes. El saxo de Lester es mágico. Crea burbujas a su alrededor. Hace cosquillas. Es pura miel. Y el de Hawkins es el acompañamiento perfecto a cualquier velada nocturna. A veces es tan metálico que casi parece que interpreta blues. Ambos son, sin ningún género de dudas, dos colosos. Pero si alguien escucha un disco de Parker tras uno de ellos, entra en otra dimensión. Charlie arrolla todos sus presupuestos. Los barre. Los da por consabidos y crea otra cosa inexpresable. Un cruce entre el canto de un búfalo y el chillido de una cigüeña; entre la jungla y el pozo de una plantación sureña.

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En una ocasión Charlie Parker tituló un tema “Klactoveesedstene”. Nadie sabía por qué. Algo lógico porque, en realidad, no era más que una onomatopeya de un sonido. Sin saberlo o no, con ese título demostraba claramente de dónde descendía: del dadaísmo. De niño se había caído en una bañera surreal y cualquier cosa que hiciera, estaría marcado por lo asombroso. Charlie era real. Su adicción a la heroína real. Sus traumas eran reales. Sus depresiones reales. Pero toda su vida, su arte, cualquier composición que tocaba parece dibujos animados. Un lienzo pintado por algún loco eremita en una mansión en las afueras de París.

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Casi todo en la vida de Charlie Parker fue equivocado y por eso fue genial. La mitad de sus hallazgos fueron fruto de su trabajo y la otra mitad de sus errores o las desgracias familiares y personales. Fue un autodidacta incansable. Un desdichado hedonista. Tenía maestros, pero seguía su propio camino. Durante años creyó que cualquier melodía se tocaba en una única y simple tonalidad. Y cuando advirtió que no era así, tuvo que empezar de nuevo. Aunque, de algún modo, no desistió en esa idea que seguro que influyó en su concepción de la música. Todo debía volver al origen. Todas las notas eran una sola nota. Todos los tonos, el tono. Todos los ritmos, un único ritmo.

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Julio Cortázar traspasó su espíritu en el cuento “El perseguidor”. Parker comía mañana y desayunaba ayer. Tocaba dentro de varios días. Nadie ha plasmado mejor su genio. Cortázar no describe a Charlie. Lo dibuja. Crea esferas con sus descripciones. Narra una atmósfera. Planea como un gato tras su sombra mientras lo escucha hablar y transcribe su lenguaje. Toda la prosa de Cortázar era saxual. Puro fuego. Su Charlie Parker es el eterno. Vive siempre en el presente y cuelga de una liana musical como Tarzán.

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El primer saxofón que le compró su madre a Charlie por 48 dolares en la tienda Mitchell de Main Street (kansas) era un desastre. Tuvieron que repararlo para lograr extraerle alguna nota coherente. Pero aún así, tenía todo tipo de disfunciones. Su aspecto era el de un enfermo lleno de tiritas y papel celofán. No servía prácticamente para nada. Charlie tenía que agarrarlo por ambos lados para soplar. Pero yo creo que a ese instrumento estropeado le debemos en gran medida su arte. Puesto que, desde el principio, se vio obligado a inventarse formas de tocar inéditas para lograr extraer sonido. Fue forzosamente un explorador. Un aventurero sometido a difíciles e incomprensibles pruebas desde sus inicios.

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Kansas y Nueva York fueron las ciudades clave en la vida de Charlie Parker. La primera fue su cuna y la segunda, la de su consagración y despegue. Los genios no salen solos. Necesitan un ecosistema para vivir. Ambos lugares fueron el río en el que Bird pudo chapotear. Por otra parte, Gillespie fue tanto su hermano como su competidor. Un maestro y un rival. Quien le indicó hasta dónde podía volar, pero quien también le marcó claramente los límites. Gillespie era como un brujo. Era el jefe del ritual. Un mago que organizaba anárquicamente a los músicos. Parker por el contrario era un solista eterno. Podía estar rodeado de gente que siempre parecía estar solo. No quería nunca dejar de tocar porque cuando lo hacía, la experiencia era tan intensa que hablaba con Dios. Sin el instrumento, necesitaba de las drogas y el sexo constantemente para no enloquecer. Parker era un místico y Gillespie un chamán.

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Charlie era un actor. Alguien increíblemente divertido y depresivo. El único cronopio al que es posible compararle es a Thelonious Monk. Nadie ha tocado el saxofón con tanto realismo y vicio. La noche le debe todo a Charlie Parker. El la reinventó. Eso lo supo bien Miles Davis que, educado bajo su sombra, en cuanto agarró vuelo, lo que hizo fue perfeccionar el sonido. Limpiarlo. Convertirlo en acero. Cristal. Puesto que sabía de antemano que más sucio y crudo que Parker ya era imposible tocar.

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Dejo a continuación una última anécdota del libro de Ross: “Cuando un admirador se presentó a Charlie con una rosa, éste se comió los pétalos con calma”. Shalam

أولا تعلم العزف ثم انسى كيف تلعب

Primero aprende a tocar; luego olvida cómo tocar

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:……soy capaz de inventar…..
    2imagen:…..los 4 somos virtuosos….¿puede haber alguien que no les gustemos?…..respuesta: si lo hay, muchos…………..yo………………….
    3ºimagen:…..aunque suene a “rata” solo quiero hacer lo que hago…….solo soy un vacilon………….
    4ºimagen:…..se modifica la figura de clint eastwood por un prisma opaco de obra…….el asunto seria como hacer otro igual pero mas rapido que el primero……y asi siempre……………
    5ºimagen:……estoy enfermo…….me encojo y continuo………….
    6imagen:……..estoy “pasadisimo”………tengo los ojos de cristal…………¿lo habre conseguido?…………

    • La foto de Clint y Forest Whitaker parece un encuentro frente a frente antes de una pelea barrial. Se están retando a verse en las calles. En las dos últimas la enfermedad es la obesidad más que las drogas. Ha comido tanto que debe soltar comida por el saxo. De hecho, al mimso tiempo que salen notas musicales del saxo, emergen dulces pequeños. En las tres primeras, Charlie se lo come todo. Es como una montaña inamovible rodeada de pequeños montículos. Una montaña que nadie puede subir.

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