El último

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El último de la fila fue ante todo, un grupo fresco y original. De hecho, a los dos primeros e intensos discos que grabaron –Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana y Enemigos de lo ajeno– sólo les faltaban unos minutos más de densos sintetizadores para convertirse en una inverosímil mezcla entre la new wave y el flamenco. Una insólita combinación que cualquier oyente hubiera considerado ridícula antes de escucharla pero que, sorprendentemente, en su caso, dio unos resultados artísticos tremendos, casi mágicos, a lo largo de toda su carrera. Porque en ocasiones, la música compuesta por Manolo García y Quimi Portet podía ser un cruce entre Bob Dylan, Pata Negra y la melodía de una danza sufí, a veces, el eslabón perdido entre Veneno, Triana, la música árabe y la copla y en otras, una amalgama entre el pop español de los 80, el rock ácrata y anárquico y los ácidos experimentos vanguardísticos de Pau Riba o Jaume Sisa. Una combinación explosiva e inaudita que además era capaz de aunar la épica -su discografía está llena de memorables himnos y pegadizos singles- y lo terrenal con una naturalidad asombrosa en medio de composiciones inundadas por letras poéticas, surreales y costumbristas que a pesar de la extrañeza de algunas de ellas, conectaban instintivamente con el corazón de un público que los adoraba. Escuchaba sus hipnóticas melodías arábigas a todas horas y todos los lugares -en el coche, los bares, las plazas y las ferias-, coreando cada una de sus canciones como si fueran una señal de identidad tradicional del pueblo español desde hace siglos. Como si hubieran pertenecido al inconsciente colectivo de la nación de Unamuno o al repertorio de uno de aquellos míticos juglares medievales, mucho antes de que fueran grabadas por dos músicos que durante prácticamente una década -hasta la publicación del decepcionante La rebelión de los hombres rana- tuvieron ángel. Estuvieron sembrados y recogieron la inspiración y el genio de la tierra ibérica en sus manos manchadas de sangre pop.

El último de la fila tuvo una enorme virtud. Fue capaz de ganarse tanto al público tradicional y obrero como al vanguardista y burgués. Supo ganarse el respeto del segmento sofisticado y culto y conquistó el corazón del pueblo. Algo lógico porque era un grupo que podía generar lágrimas de tristeza, provocar raptos pasionales, ser la banda sonora de un dulce amor y de las correrías de un pícaro como de impulsar tesis sobre sus letras en una Universidad del prestigio de la de Salamanca. En realidad, la locura y consenso que produjeron durante varios años en la sociedad española fue tan grande que su música generó todo tipo de reacciones extremas. Tres payos podían ponerse a bailar una de sus canciones en un bar como si estuvieran en la Feria de Abril asistiendo a un espectáculo de sevillanas, fervorosos seguidores eran capaces de danzar sus tonadillas sobre el capó de un coche puestos de éxtasis tras salir de una discoteca de Bakalao e histéricos fans podían llegar a pelearse contra quien dudara de su fe en un grupo que, por unos años, se convirtió en religión hispana. Ostia musical con la que comulgar cotidianamente. Sintonía de desayunos, comidas, cenas, tapeos, copas y besos.

El tremendo éxito de una propuesta tan original como la de El último de la fila se debió a tres razones. La primera, muy obvia, porque eran unos excelentes músicos que supieron tocar las fibras sentimentales de la gente sin traicionarse a sí mismos ni edulcorar en ningún momento su propuesta. Fueron capaces de componer canciones eternas e instantáneas a la vez y además, eran un grupo muy trabajador. Era difícil encontrar, de hecho, en cualquier banda española de su época un nivel tan extremo de profesionalidad. Hubo un tiempo en que Manolo García y Quimi Portet parecían dos muñequitos que funcionasen con pilas y no seres humanos. Alguien recargaba sus baterías y los dos músicos se las ingeniaban para grabar discos notables, llenos de inspiración, cargados de naturalidad y embrujo, realizar la consiguiente promoción de entrevistas y actuaciones televisivas y a continuación, llevar a cabo una extensa e inacabable gira a la que seguían no más de unas semanas de descanso previas a las grabaciones de su nuevo disco. Una ruleta que no cesaba de girar sometida además a las exigencias de un público que los adoraba con fervor adolescente.

La segunda razón es menos obvia pero al menos para mí, evidente. Y tiene que ver con los influjos arábigos de su propuesta que consiguió reconectar a los ciudadanos españoles con una herencia que, tras décadas de franquismo, parecía perdida u olvidada. La España de los 80 había ido, año a año con insistencia, conquistando parcelas de libertad, acercándose al futuro con tanta obstinación que amenazaba con volverse amnésica con su pasado e historia. Y de golpe, las canciones de El último de la fila la rescataron de ese peligro. Porque sus discos traían consigo un perfume de azahar, un sabor a té moruno que hizo que los españoles, aun indirectamente, abrazaran una parte reprimida de su cultura. Consiguieran con naturalidad y agradecimiento ensamblar los tesoros de Al-Andalus con los de los reinos castellanos mientras bailaban en los pubs. Un legado cultural trascendental que a través de unas bellas y puras canciones llegó renovado y fresco, aportando gotas de sabiduría y vida esenciales para continuar ampliando las fronteras de esa “España” abierta e inclusiva que se deseaba construir. Y que ahora se reconocía tanto en los poemas de Ibn Arabi como en los de Fray Luis de León.

Y por último, la tercera razón es mucho más sutil pero tan (o más) trascendente como las otras dos. Intentaré explicarla brevemente. Creo que el éxito de El último de la fila fue una especie de catarsis colectiva a través de la que los españoles consiguieron cerrar para siempre ciertas heridas producidas en su psique por la postguerra. Muchas generaciones crecidas durante el franquismo guardaban memoria del hambre y la miseria. No habían olvidado lo que sus padres o ellos mismos tuvieron que sufrir para conseguir alimentos y disfrutar de unas condiciones de vida dignas tras la Guerra Cívil. Y a todos ellos, El último de fila les nutrió y redimió artísticamente. Porque en sus letras se referían tanto a vagabundos como a adolescentes solitarios que emprendían viajes alquímicos,  piedras que se podían comer y personas sencillas que añoraban la libertad y finalmente, la conseguían. Es decir, pusieron en palabras las esperanzas incumplidas de hombres que vivieron con frustración muchos años y, llegados los años 80, comprobaron que al fin gozaban de la posibilidad de realizarse personalmente y por supuesto que se vieron reconocidos en canciones sencillas que podían haber sido compuestas por muchachos de los barrios de la España Negra o sonar en aquellas sierras y montes llenos de muertos por la Guerra.

Realmente, creo que el surrealismo de muchas de las letras de El último de la fila contribuyó al éxito del grupo por razones que probablemente no han sido comprendidas del todo. Los padres de Manolo se vieron obligados a emigrar de Albacete a Barcelona debido a las duras condiciones de la postguerra y allí, el cantante se familiarizó desde niño con las malas experiencias de los emigrantes de media España. No es difícil rastrear, de hecho, ese dolor en letras que no eran surrealistas por estética sino por ética. Porque a través de metáforas inverosímiles eran capaces de hablar de temas que, de otro modo, hubieran removido conciencias y hecho saltar la sensibilidad de sus fans. Era mucho más hermoso, poético y efectivo hablar de burros, ranas, tierra, rocas y ríos que aludir a hechos políticos, la pobreza y el hambre directamente por medio de crudas letras que no hubieran permitido empatizar a sus oyentes con sus creaciones. Discos llenos de monumentos rítimicos que evitaban hablar de “lo terrible” frontalmente y dando círculos, planeaban por la memoria histórica de miles de españoles que, incluso sin saber a qué se referían exactamente sus versos o haber vivido un solo año de la posguerra, podían conectar instintivamente con su mensaje. Sus conciertos, por ejemplo, no eran exactamente conciertos. Eran ceremonias chamánicas, celebraciones populares e igualitarias donde España entera se desesperezaba de una siesta de décadas y celebraba la vida con alegría y esperanza intentando mirar el pasado con calma. Cicatrizando heridas como si se navegara por un mar calmo con la seguridad de volver a Itaca sin mayores inconvenientes.

En fin, visto lo visto, tiene mucho sentido que a mediados de los 90, casi sin avisar,  Manolo y Quimi se dieran cuenta de que su proyecto creativo había llevado a un callejón sin salida y cerraran ¿para siempre? esa puerta de su vida. El último de la fila era un grupo sutil cuya misión era combatir misteriosamente y con susurros, miedos profundos. Su propuesta tenía sentido en un país a medio desarrollar. A mitad del subdesarrollo y la modernidad extrema. Ellos llenaban huecos sentimentales e históricos. Proporcionaban poesía a la gente que no leía habitualmente y hacían bailar a los intelectuales esquivos. Eran una llama espiritual que mantenía al pueblo unido. La paella del pop español. Agricultores de inolvidables canciones recogidas en discos que parecían cosechas de trigo. Pero en los 90, los españoles ya creían haber dejado para siempre su pasado, comenzaron a abrazar el neoliberalismo y el consumismo feroz y se adentraron en un peligroso bucle tecnológico y hedonista que hizo completamente innecesarias propuestas como las de El último de la fila. Un grupo que hablaba de estrellas, ojos llorosos, corazones, cielos abiertos y componía canciones que olían a azahar y pinos destinado lógicamente a desaparecer en un Siglo XXI lleno de amantes virtuales que nunca sabrían a qué sabían sus labios ni tocarían jamás sus brazos en un parque. Shalam

                                              نَّ الطُّيُورَ عَلَي أَشْكَالِهَا تَقَعُ

El rico no gozaría nada si le faltara la envidia de los demás

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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