Electric

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Con Electric, The Cult pegaron el primer volantazo de su trayectoria. Sus fans esperaban una oscura piñata para vampiros. Una bruma de rock gótico incrustada en resonancias techno que mirara con orgullo al soberbio Love. Y lo que se encontraron, fue una piedra árida. Un puñetazo de rock duro que parecía haber sido grabado en el desierto de Arizona o un castillo enorme. Un disco atemporal que olía a clásico por los cuatro costados, remitía a las décadas de los 60 y los 70, rememoraba las grandes epopeyas de Led Zeppelin o The Doors y, a la vez, encajaba perfectamente en un época en la que el que el hard rock sonaba continuamente en las radios y discotecas. Rick Rubin fue absolutamente decisivo en Electric. Él fue quien consiguió aterrizar las inquietudes de Ian Abstbury y Billy Duffy y dotó de ese sonido tan particular a una serie de mágicas composiciones que estaban en principio destinadas a ser interpretadas por órganos electrónicos, convirtiéndolas en misteriosas rocas desprovistas de adornos y arreglos cuyos ecos sin embargo resonaban misteriosamente por toda la grabación.

De hecho, esa es una de las asombrosas características de Electric: lo crudo y directo que es al mismo tiempo que misterioso. Su capacidad de, sin dejar de ser un disco terrenal y rancio, planear por los cielos. Ser una especie de cueva en medio de un mar bravío donde poder refugiarse de las inclemencias del mar. Básicamente, porque Electric es una apuesta salvaje, arriesgada y casi desesperada por la música auténtica. Hecha con el corazón. Un antecedente involuntario del grunge. Un back to basics de una potencia inusitada. Un murciélago satisfecho de volar a través de galerías oscuras. El rock orgulloso de no evolucionar y vivir rememorando sus épocas grandiosas. Lo dicho: un disco extraño, pasado de vueltas, retrógado y, a su vez, revitalizador. El fantasma del pasado merendándose al presente. Una obra vampírica que es tanto SOS del rock como bandera de su vigencia. Un orgulloso retrato de una banda parecida a un ejército que siempre se planteó su vocación musical como una aventura. Una excursión por parajes indómitos y paisajes nublados donde, en medio de temporales de nieve, aparecía de repente el sol. Posiblemente porque más que músicos, The Cult eran guerreros. Como su propio nombre indica, no concebían la música como un pasatiempo o una profesión sino como un ritual. Un sendero. Y Electric lo dejaba claro. Pues parecía que cada una de las composiciones había sido firmada con sangre y que detrás de ellas, se encontraba el rostro de un chamán empujando, velando y consagrando su camino en el mundo de la música. Shalam

إِنَّهُ لأَشْبَهُ بِهِ مِنَ التَّمْرَةِ بِالتَّمْرَةِ

El sexo únicamente es sucio cuando se hace bien

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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