Enemigos

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Los Enemigos son uno de esos escasos grupos que hacen sentir peligro al escucharlos y transmiten eso tan difícil de definir que es la autenticidad. Probablemente porque a pesar de su profesionalidad, nunca perdieron el impulso, el “toque” adolescente. No sé si se ha resaltado lo suficiente su originalidad pero hay que hacerlo porque, desde luego, es bastante más de la que parece a primera vista. De hecho, para sorpresa de gran parte de los medios musicales patrios, demostraron con absoluta rotundidad que se podía hacer blues en cualquier barrio castizo de Madrid. Su primer disco por ejemplo, Ferpectamente, era una loncha de tocino rockera. Música ideal para escuchar mientras se consume un menú de vino y tapas en uno de esos bares centenarios españoles. Un puñado de riffs de guitarra parecidos a un plato de bacalao ahumado. La naturalidad con que ensamblaron el alma hispánica al blues hacía creer que había nacido en Vallecas. Que unos cuantos blancos lo habían inventado entre risas mientras veían un partido del Atlético de Madrid en la televisión y afinaban despreocupadamente sus instrumentos en un local de ensayo. Algo realmente meritorio que sin embargo, fue trascendido en sus posteriores discos. Discos que eran evangelios dedicados a los marginados llenos de canciones épicas sobre el fracaso donde demostraron ser un grupo mayor. Uno de esos que no mueve multitudes pero sí agita conciencias, rompe piernas y de tanto en tanto, compone clásicos inmortales. Piezas que hubieran hecho salivar tanto a George Thorogood, Chuch Berry o Muddy Waters como a Angus Young o Paul Weller. Emulaban las corrosivas creaciones de Dr. Feelgood, las excursiones campestres de The Del fuegos y The Long Ryders o las fieras canciones de The Sonics. Y conectaban también con ciertas facciones del público punk y heavy. Creo que porque su actitud era casi suicida: anti-sistema y anti-FM. Su sonido siempre fue duro y sin concesiones y muchas de sus letras estaban dedicadas a las drogas y a los fracasados. Eran himnos elegantes, sí, pero también sucios que convertían a los quinquis en héroes trágicos. Giraban en torno a la agonía y los traumas del maltratado ciudadano medio. Y de haber aparecido varios años antes, algunas de ellas podrían haber sido la banda sonora perfecta para ilustrar las andanzas del Torete, El Vaquilla o el Lute. 

Aunque el batería Artemio Pérez y el bajista Roberto Arbolea fueron los fundadores, Los Enemigos eran una salvaje jauría marcada por dos personalidades antitéticas pero complementarias. La primera, Fino, el bajista, era un obsesivo melómano. Nunca perdió el carisma juvenil -aun hoy parece que tiene quince años- y era el motor instintivo del grupo. El hilo de cordura necesario para que no estallara y se rompiera en pedazos. Un deportista del rock cuyo sueño era morir en el escenario y tenía un orgasmo cada vez que daba con las notas exactas para componer una canción. De hecho, cuando tocaba parecía estar haciendo el amor o en pleno cuelgue. Parecía un muñequito al que le habían puesto pilas Duracell que, obviamente, transmitía todo tipo de sensaciones. Sobre todo, pasión y buen rollo. Locura rock. Y el segundo, Josele, era un hombre tímido que se crecía ante un micrófono. Alguien en absoluto cómodo con su papel de estrella. Un estudiante de filosofía que pasaba más tiempo en el bar que en la Universidad. Un neurótico honesto y frontal con tintes de genio al que la música probablemente le salvó de morir alcoholizado pero también le proporcionó el dinero necesario para pagarse las dosis de heroína diarias. Un superviviente de ciento y una tempestades cuya voz rota y aguda se ajustaba como un guante a los corrosivos temas que interpretaba, y además tenía un talento especial para componer letras muy agudas. Textos que parecían maldiciones bíblicas de la clase obrera. Aforismos de Cioran aplicados al barrio. Se encontraban entre la canallada y el costumbrismo, la confesión y el delirio oscuro, y describían perfectamente el alma atormentada de Josele y la implacable vida adulta. La destrucción criminal capitalista.

Los Enemigos hicieron discos crueles. La vida mata por ejemplo, anunciaba la lucha diaria de Josele con la heroína con una crudeza que asustaba. Era casi un retrato de la vida marginal. Una radiografía feroz del lumpen. Algunas de sus canciones eran bajadas a los infiernos, chutes de veneno, desesperadas odas al destierro o el suicidio. Y Tras el último no va nadie y Sursum Corda son feroces odas nihilistas cercanas estilísticamente al grunge. Todos ellos están llenos de metáforas desoladoras. Sin embargo, eran un grupo que transmitía buen rollo -parecían una panda de amigos que se habían fumado unas clases y les había dado por montar una banda- y colegueo. Probablemente porque nunca dejaron de divertirse con lo que hacían. Se sentían tocados por la “gracia” divina de poder grabar discos con los que poder rememorar los dardos blues de Lynk Wray e interpretarlos en directo. Y eso les hizo nunca despegar la mirada del suelo. Su música era terrenal. Era un cocido madrileño de garage y rock correoso. Y aunque, en buena medida, era una metáfora cáustica de algunos de los más graves problemas sociales, no era por así decirlo “política”. Lo que los condenó a vivir en tierra de nadie. Circunstancia que si bien no les permitió alcanzar las cotas de popularidad que merecían, también les dio libertad necesaria para crecer y desarrollarse como deseaban, y convertir los pesares de la vida cotidiana en tragedia artística. Componer canciones rotas y áridas que a pesar de su crudeza, tenían un aroma a granja, pinchos y calle irresistible. Son una ácida y adictiva Biblia yonki de la vida española. Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ 

Las fronteras son para los nómadas una forma de locura

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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