Entre los vivos

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Among the living es sin dudas mi disco favorito de Anthrax. Cada vez que lo escucho, me es inevitable remontarme a la fecha de su publicación.

En 1987, el trash metal todavía no era una institución. Una muralla infranqueable en el mundo de la música contemporánea. Era un género vivo, tremendamente vivo y rabioso, pero también marginal y denostado por la mayoría de melómanos (incluso por los amantes del heavy metal). A mediados de los 80, era difícil encontrar un estilo que desprendiera tanto riesgo y peligro. Cuando el trash metal surgió, muchos vislumbraron por primera vez en su vida qué era eso del ruido. Qué era una tormenta sonora. Hasta entonces, el ruido era una tormenta intelectual, pero con Testament, Megadeth y el resto de esa hornada de grupos nihilistas, tomó cuerpo. Ciertamente, era muy difícil racionalizar los trallazos de Metallica o Slayer. Su música no era apocalíptica. Era el Apocalipsis. Su música no era satánica. Era el mismo demonio. No era callejera. Era una puta alcantarilla.

En realidad, casi nadie podía pensar que de las catacumbas del metal (así se consideraban tanto el trash como el speed metal por aquellos tiempos) pudieran surgir obras maestras con una importancia capital en el rock. Pero algo parecido había ocurrido con la mayoría de obras transgresoras. No imagino ni a Frank Zappa ni a Ornette Coleman ni a Alice Cooper siendo bien recibidos por el público en general cuando soltaron sus primeros trallazos musicales. Así que era lógico que el público en su mayoría apartase su vista de los jóvenes adolescentes que convertían las salas de conciertos en campos de ensayo para pruebas nucleares.

Entre todas aquellas bandas, sin dudas, destacaban Anthrax. Un grupo que tal vez no era tan incendiario como otros de su hornada, pero por contra, parecía tener los pies bien plantados en el suelo. No tenían aspecto de ser músicos sacados de un escenario post-apocalíptico sino de estar integrados por muchachos acostumbrados a patearse el metro de Nueva York y recorrer a pie las calles hablando con cualquiera. Desde los adolescentes montados en sus patinetes hasta el vendedor de perritos calientes. Algo que los dotaba de un sello especial. Los hacía reales.

En realidad, los Anthrax de los 80 tenían un lado muy punk. Mucho más punk que hardcore. De hecho, eran casi un cruce entre unos Ramones un poco más acelerados de lo normal y un grupo de potente heavy metal. Entre unos Damned o unos Dictators y unos Manowar pasados de vueltas y urbanos. Eran la demostración de que el trash metal, al menos en sus inicios, era el estilo encargado de continuar con la revolución punk allá donde los abanderados de este estilo habían acabado rindiéndose ante el mercado, las drogas o la ausencia de inspiración.

Para Anthrax no parecía existir la new wave. Tan sólo un mundo poblado por guitarras regido por la ley del más fuerte. No se trataba, eso sí, de tocar de la manera más rápida y posible sino de reaccionar del modo más eficaz al vértigo capitalista. Con riffs parecidos a disparos de metralleta. La idea no era tanto hacer historia como impactar. Golpear sin necesidad de tomarse en serio a sí mismos. En eso, al menos al principio, también eran diferentes: en su sentido del humor. Una característica que, en cierto modo, los acercaba más a Beastie Boys que a Iron Maiden. Los hacía más contundentes e instantáneos. Algo que, tras la publicación de Fistul of metal y Spreading the disease, quedó muy claro cuando lanzaron el divertidísimo y resultón Ep I’m the man. Nadie en su sano juicio hubiera creído capaz de hacer rap a una banda de trash metal y sin embargo, ahí estaban ellos versionando por un lado con una soltura increíble a Black Sabbath y por otro, rapeando con absoluta fluidez. Como si se hubieran criado junto a los miembros de Run Dmc y pasearan en los mismos descapotables que LL Cool J.

I’m the man dejó claro que la música de Anthrax era puro presente. De hecho, todavía sigue siéndolo. Pero lo que vino tan sólo dos meses después, puso de manifiesto que también podían ser eternos sin perder el punch. Me refiero, por supuesto, a Among the living. Una fiesta enérgica cuyos ritmos eran idénticos a los del pulso de una ciudad como New York. Una celebración orgíastica del rock de esas que dejan huella.

Realmente, Among the living lo tenía todo. Era directo y frontal. Un gancho de Mike Tyson. Un disparo del juez Dredd. Una patada en los cojones en medio de una pelea callejera. Pero también era una bomba de rock progresivo y Bebop. Ok. No deseo ser malinterpretado. Me refiero a que los temas además de ser instantáneos, agresivos y furtivos solían dividirse en varias partes. Tenían estructuras complejas y aparentemente libres. No eran tan sólo trallazos speedicos de tres o cuatro minutos o masturbaciones rítmicas sino que eran profundos y amplios. Excursiones por los límites del metal y la música callejera que dieron como resultado una especie de bob metal o trash progresivo. Pero eso sí, sin pretensiones. Porque detrás de cada tema siempre se encontraba la huella de Ramones o el punk norteamericano. Al fin y al cabo, nunca se percibía en Among the living, la necesidad de Anthrax de ser considerados unos genios sino más bien la necesidad de expresarse de manera tanto bestial y compleja para reaccionar de la manera más eficaz a la esquizofrenia contemporánea y describirla con franca rotundidad.

Los Anthrax de Among the living eran instintivos. Si crearon una catedral no fue a través del cerebro sino de la pasión. Por eso el disco sigue sonando tan actual. Como si se hubiera grabado ayer. Pero sin el intelecto no hubieran sido capaces de lograr levantar una obra irrepetible de esas que se pueden escuchar un día tras otro sin cansarse. Porque siempre se encuentran nuevos detalles y matices en ella.

Among the living es una excursión por los estertores del capitalismo lleno de vitalidad. No transmite apatía sino fuerza. Es un combate a muerte contra los límites del metal y unos cuantos estilos musicales. Una bomba que derriba continuamente fronteras y confronta melodías que, por fuerza de la inspiración, terminan ensamblándose perfectamente.

Con razón, muchos de sus fans pensaron durante mucho tiempo que la magnética portada más que un homenaje (que también) a The Stand, la novela de Stephen King, o al carismático reverendo Henry Kane de Poltergeist, era una forma de significarse. Varias bandas se destacaron pronto del resto de las que formaron la primera ola del trash metal y, entre ellas, por supuesto, Anthrax. Among the living es su pasaporte por el reino de los vivos y los muertos. La flagrante prueba de que, desde luego, no eran unos músicos cualquiera. Shalam

أن تكون ناضجًا يعني أن تصبح على طبيعتك بأي ثمن

Ser maduro consiste en llegar a ser tú mismo al precio que sea

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:….el saludo del doctor de «regreso al futuro»…..el fondo es = a una profunda sumision……………
    2ºimagen:….cinco ensordecidos…….
    3ºimagen:….el del chandal azul es socialista (todos ellos tienen un agujero en el bosillo del pantalon)……
    4ºimagen:…..lo que mas me gusta es el arbol del ahorcado que hay de fondo…….gran idea……..
    PD:….https://www.youtube.com/watch?v=PZpH9Khn0E0…..escena gospel…reverendo james brown….

  2. Alejandro Hermosilla on

    1) 1984 y el «Big Brother» saludando. 2) Nosotros amamos Nueva York. 3) Orgullo gangsta. 4) Arte picaresco. PD: Gran escena. Habrá que hacer algún día un avería a Belushi.

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