Es verdad pero no aquí

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Al encontrarse con una personalidad como la de Dick Verdult, lo más difícil es tener la sangre fría necesaria para unir y analizar todas las piezas de su rompecabezas vital y artístico. Algo que, en gran medida, consigue el documental realizado por Luuk Bouwman, Es verdad pero no aquí en menos de dos horasUn gran mérito porque este holandés para el que el surrealismo es como un plato de tortilla de patatas para un ciudadano común es uno de esos escasos artistas que se nutren de lo provisional e inacabado. De lo circunstancial.

Muchas de sus cumbias experimentales, por ejemplo, eran improvisaciones realizadas a partir de chistes escuchados en mercados, frases “presuntamente” graciosas extraídas de anuncios publicitarios o dichos populares. En realidad, esas cumbias no eran exactamente canciones sino sustos, espasmos, digestiones o refranes rimados. Puñetazos a las buenas costumbres y al arte de salón. Eructos corrosivos y gamberros. Y, de la misma forma, muchas de sus creaciones artísticas parecen haber surgido después de una siesta. Son ideas captadas en el aire. Gestos de gigantes o enanos que se le aparecen en los sueños de tanto en tanto a Dick en su casa de Calanda. No son obras de arte completas cuya significación esté clara sino que más bien son viñetas. Frases de novelas que van y vienen y por algún oscuro azar aparecen en la mente del Demasiado cuando se encuentra manos a la obra.

La mayoría de personas tienden a sentirse superadas ante el caos americano. Pasado el tiempo de aclimatación donde todo parece sorprendente y maravilloso, la realidad se impone y muchas veces se convierte en hostil. Lo que, al principio, era sabroso se convierte en vulgar y la frescura en pesadez. Y lo lógico es que, al año o dos, los europeos tiendan a sentirse sobrepasados y sientan morriña de su tierra. Normalmente, las historias creativas entre los europeos y los hispanoamericanos acaban en divorcio tras un feroz flechazo. Pues los ritmos de vida son tan distintos como los objetivos. Siendo lógico que los contrastes se impongan a la concordia y armonía.

Sin embargo, no fue esto lo que ocurrió en la vida de este “dichoso” holandés errante.  Dick se hizo un nombre como músico en Hispanoamérica sin necesidad de ser un músico. Fue capaz de transformar la vida cotidiana americana en locura y la locura en arte. Y lo hizo porque hay toda una larga y hermosa historia detrás de la que da cuenta un documental caleidoscópico y ágil que se contagia sanamente del verso y la manera de pensar de este artista de la rima instantánea: el padre de Dick era un notable trabajador de la Philips con un espíritu aventurero y emprendedor y aceptó con gusto la oferta que le hizo la empresa de viajar a Guatemala para continuar con su expansión internacional. Y allí, en Centroamérica y, más tarde, Argentina pasaría el Demasiado muchos de los años de su niñez y adolescencia hasta que, ya crecido, volvió a Europa y se convirtió para siempre en uno de esos espíritus errantes que viven a caballo de varios países y continentes. Un alma dúctil siempre en movimiento.

Ciertamente, aquella trascendental etapa de su existencia que transcurrió en América es esencial para entender el arte fugaz, barroco, grotesco y efímero de Dick. Un fantasista del nihilismo. Un vaso de jugo fresco en medio de la decadente Europa.

El artista holandés se crió en un hogar donde la tecnología era la fuente principal de ingresos pero vivía en zonas donde cualquier día de la semana parecía carnaval, había casi más curanderos y echadores de cartas que médicos y la vida no estaba planificada sino improvisada y era perfectamente normal mezclar el ketchup con la mayonesa en un plato de comida. Algo que en sus discos se traduciría en, por ejemplo, un cruce desacomplejado de guitarras estridentes que parecen salidas de un disco de Frank Zappa con silbidos extraídos del mercado o un comercial de Fanta. En la combinación de experimentaciones lunáticas y samplers industriales con la de sonidos callejeros pertenecientes a vendedores ambulantes, locutores deportivos o galanes de telenovela.

Dick, sí, es hijo de ambas realidades. Del espíritu calculador, generoso, meticuloso y aventurero de sus padres y del espíritu desprendido, contrahecho, amorfo y lleno de vida hispanoamericano. De la racionalidad luterana, sombría y grotesca holandesa y del estallido de colores y sabores de pueblos donde los vivos dialogan continuamente con los espíritus de los muertos y -como en el arte Dick- “cualquier cosa puede suceder.

Unas circunstancias que -como deja claro el documental- han provocado que sus compatriotas nunca hayan podido comprender del todo su sentido del humor y, por otra parte, él haya seguido su camino con envidiable energía y fortaleza totalmente ajeno tanto a la aceptación del público como a las modas. De hecho, se ha metido en todo tipo de berenjenales artísticos -que a la mayoría de europeos le hubieran producido un sinfín de dolores de cabeza- con ánimo jovial y desenfadado. Y no sólo no ha resbalado sino que se ha mantenido en pie, flotando como un pulpo en su elemento. Como si fuera red y pescado a la vez.

Dick es uno de esos escasos seres que siempre están creando. Este hermoso y sencillo documental lo deja claro. Su estudio artístico no está desordenado sino lo que sigue. De hecho, parece un campo de batalla, pero eso no le causa ninguna preocupación. Pues Dick es al artista de lo casual. Del “ahora”. Puede estar trabajando en una obra durante días pero, si por diversas razones debe ocuparse en otra empresa, no le importará haberla olvidado y continuarla años después porque, repito, su manera de ser combina escalofriantemente lo europeo y americano.

El aventurero holandés es un metódico-caótico. Suele terminar lo que empieza pero nadie sabe cuándo y cómo lo hará. Como tampoco nadie sabe cómo -a pesar de tantas crisis económicas y catástrofes naturales- los países del trópico siguen en pie. De hecho, sus discos son, en cierto sentido, ensayos y sus conciertos, invitaciones a una fiesta en el jardín de su casa. Reflejos tal vez de aquel hogar guatemalteco donde tan feliz fue realizando todo tipo de travesuras que, con los años, se convertirían en explosivas bombas artísticas.

Dick, en cualquier caso, es tanto un inventor de palabras y frases como un recolector de refranes. Actúa con pose fantasmagórica y refleja la esquizofrenia contemporánea con la naturalidad con la que los recolectores lavan la fruta. Es alguien que desmonta constantemente códigos culturales. Le demuestra a los americanos que se puede ser eficaz en medio del delirio cotidiano y a los europeos que es posible carcajearse diariamente sin necesidad de dejar de trabajar. Es, sí, un profeta bufo que ha demostrado que nunca es suficiente ni hay demasiado. Que siempre hay de todo para todos. Y que la cosecha de aforismos culturales y alimentos nunca se detendrá mientras existan canciones y obras de arte parecidas a granos de maíz, cáscaras de naranja y semillas de papaya. Shalam

إِنَّ لِلْحِيطَانِ آذَانًا

El que se alimenta de deseos reprimidos, acaba por pudrirse

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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