Esa cosecha eterna: Harvest

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Ya me referí en alguna otra ocasión a Neil Young. Sus discos se encuentran repletos de momentos mágicos e irrepetibles y canciones en las que retrató una parte del alma y paisaje norteamericano y canadiense. Por lo que resulta muy difícil escoger una de sus grabaciones de entre todas las que ha legado. La mayoría de sus seguidores no dudamos, no obstante, en poner a Harvest en el primer lugar de la lista. Tal vez porque en cada una de las composiciones de este disco, Neil Young parece iluminado. Encontrarse enamorado de la vida en su conjunto y, más en concreto, de la naturaleza. Una naturaleza con la que dialoga íntimamente y mantiene una relación amorosa de la que se benefician cada una de sus canciones. Así al menos he entendido yo siempre esta grabación: como una obra realizada por un hombre que disfruta mirando el cielo estrellado durante las noches mientras acaricia una guitarra de la que surgen los más bellos acordes. Composiciones que hacen referencia a amores adolescentes rememorados con la sabiduría de un anciano.

Un buen amigo tuvo uno de sus más espectaculares viajes de ácido mientras escuchaba Harvest y, desde luego, que le envidio. Me contó una noche en un bosque cercano a Cuernavaca que si hasta entonces, el disco le había seducido desde el punto de vista musical, ese día lo hizo también astralmente. Porque la voz de Young se convirtió de repente en la de un hombre-toro que arremetía con fuerza sobre la galaxia. Sus palabras, me dijo, eran cuernos que surcaban los cielos, creaban siluetas mágicas, símbolos sagrados entre las estrellas y cuando cesaban de ser escuchadas, caían a los suelos convirtiéndose en árboles, plantas, semillas y flores de inusual belleza que transmitían paz  y confianza a los seres humanos. En algún momento, una de esas flores se convertía en una bella muchacha de piel rosa que se abalanzaba sobre mi amigo y le recitaba uno de sus poemas antes de hacerle el amor. Y más tarde, se retiraba volando sobre el cielo y se unía a una bandada de pájaros que se dirigían hacia un lugar remoto y maravilloso donde cada una de las canciones del disco de Neil Young se transformaban en distintos animales. Ardillas, hipopótamos, búhos, cebras, gatos, zorros dichosos de jugar con este ser extasiado al reencontrarse con sus compañeros de la infancia junto a un lago.

¿Qué más se puede decir? Desde que escuché este sugestivo relato, Neil Young se convirtió para mí en el hombre que hacía hablar a los arroyos y se comunicaba con los bosques y piedras. Alguien capaz de entender el lenguaje de los pájaros, ardillas y osos y transmitirlo en canciones incendiarias y sensibles que trascendían el mismo hecho musical.

En lo que a mí respecta, no he olvidado la primera vez que escuché Harvest. Tenía apenas 17 años y quedé absolutamente fascinado por su bello lirismo. Algo lógico, porque es una creación otoñal, repleta de melodías inmortales, en la que Young consiguió detener el tiempo e inmortalizar toda una época. De hecho, es en cierto modo, compendio, anticipo y resumen de los 70. Un canto a la vida, lleno de canciones nostálgicas capaces asimismo, de reflejar la alegría y la felicidad como pocas que haya escuchado nunca. Lo que no es de extrañar, dado el tamaño gigantesco de un músico que no sólo nos acompaña a realizar un viaje a las entrañas de la naturaleza sino que nos deja solos en ella para que descubramos por nosotros mismos el lugar que más nos agrada y decidamos si queremos o no quedarnos a vivir en él.

Harvest es por todo esto y mucho más, un disco -por así decir- natural. Una obra sin artificio alguno cuyas estrofas y melodías parecen surgir desde el centro mismo de la montaña de oro e irradiar nuestros corazones como si todas ellas fueran soles rebeldes, impuros y fértiles. Una creación eternamente joven que, no importa la edad que se tenga, nos hace paladear el dulce sabor de la eternidad. Sentir que nuestro espíritu es infinito y permanecerá en este mundo, de una u otra forma, por siempre y jamás. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

El corazón en paz ve una fiesta en todas las aldeas

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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