Esa hermana retorcida: Shut up and give me the Mic

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Mientras la estafa económica se hace cada vez más evidente y el cerco político de los gobiernos a la población occidental se estrecha hasta el límite de no dejar respirar a los ciudadanos, intentando estrangular o paralizar a cualquiera que tenga una opinión contraria a la suya o disienta de su ideología terrorista, yo he pasado las últimas horas sumergido en la autobiografía de Dee Snider, Shut up and give me the mic, el líder de los entrañables Twisted Sister. Una de esas escasas bandas que aún hoy en día, al igual que lo hiciera antes de que penetrara en la adolescencia, puede extraer una sonrisa del fondo de mi corazón, conseguir que me levante con energía de la cama y acabar con toda depresión o tentativa autocompasiva.

Siempre quise saber qué se escondía tras las bambalinas de las bandas de rock que adoraba durante mi niñez. No me bastaba únicamente con la intuición y por ello, ante la masiva publicación y constante apogeo de autobiografías de mis viejos héroes rockeros, he de reconocer que me encuentro de enhorabuena desde hace varios años. Sucede que ante este frenesí biográfico, uno carece apenas del tiempo suficiente para saborear las anécdotas y fragancias de cada texto. Muchos de ellos terminan obstruyéndose entre sí y finalmente, lo lógico es que ante el temor de perdernos en lo anecdótico, rescatemos lo esencial de cada uno de ellos como podamos y continuemos con nuestras actividades cotidianas guardando un vago recuerdo. Pero en absoluto es el caso de esta maravillosa biografía. Un libro que apenas he podido apartar de mi vista desde que comencé y me ha hecho divertirme como un niño. Probablemente porque, más allá de la información musical que aporta, nos encontramos ante una enorme historia de ascensos y caídas que, al igual que la autobiografía de Mark Everett, Cosas que los nietos deberían saber, podría servir perfectamente como manual de autoayuda. De hecho, el libro comienza con el ácido relato de Dee Snider sobre los tiempos en que, tras malgastar una fortuna, trabajaba repartiendo publicidad para la pequeña empresa de su esposa temeroso de que algún antiguo fan de su portentosa banda pudiera reconocerle. Y, al contrario que otras historias de rockstars, Dee no tiene reparos en contar sus dificultades. Muchas de sus bajezas personales. O los cientos de esfuerzos que tuvo que realizar para alcanzar el éxito, muchas de las claves de su desternillante filosofía vital y su gozosa, satírica y lúcida visión del mundo de rock. No tanto con la intención de concitar morbo sino para que podamos profundizar mejor en cómo vivió determinados acontecimientos y encajó e interiorizó varios de los golpes de mala suerte que condujeron a un declive prematuro una carrera que, cimentada a base de un inmenso esfuerzo y trabajo, tras las mayoritarias ventas conseguidas por Stay Hungry, parecía tener como único límite el cielo. Sucede además que los momentos claves de su vida y su banda nos son relatados con un lenguaje fresco y un tono distendido y humorístico que obviamente hace que el lector empatice rápidamente con su grandilocuente personalidad. El espíritu juguetón de un estruendoso ser que, sin pretenderlo e indirectamente, retrató con varios de sus discos, el monstruoso alma de Norteamérica. Dinamitó una sociedad en la que progresivamente se estaban introduciendo la censura y procedimientos de control individual frente a los que las bandas del hair-rock de los 80 propugnaban la diversión dionisiaca, el derecho al goce y un regreso a un crudo mundo primitivo donde la realización de todas las pasiones estaba totalmente permitida. Y era objeto de deseo a perseguir.

Siempre he adorado a las bandas de glam-rock surgidas en Norteamérica a principios de los 80.  Y nunca he empatizado con quienes por lo general se han dedicado a desacreditarlas. Creo en realidad que la mayoría de esas críticas procedían de intelectuales europeos incapaces de comprender (porque no habían nacido ni vivían en ella y si la visitaban era como turistas y por tanto sin someterse por entero a sus reglas y normas) esa agresiva sociedad norteamericana retratada a fondo en las películas de John Carpenter. Twisted Sister, al igual que Motley Crue o Ratt, eran hijos de un mundo deshumanizado, ultracapitalista y esquizofrénico. Y por ello, si por un lado eran bestias que engendraban rocosos y duros sonidos entre los que se revolvían libremente, por el otro solían maquillarse y vestir atuendos de mujer que disolvían escénicamente la crudeza de sus letras y música. Es decir, eran putas y chulos. Mujeres agredidas por una aplastante ideología que imponía su yugo y ritmo sin piedad y hombres orgullosos, combativos y repletos de coraje capaz de matar o batirse en duelo sin dudar con quien se pusiera delante y osara desafiarles. Al mismo tiempo víctimas y verdugos vengativos, debido a la amoralidad capitalista, no ponían límites a sus disfrutes y delirios -más en principio como método de autodefensa que como una manera de elaborar una profunda rebelión- ni tampoco los conocían mi marcaban. Se disolvían en orgías de alcohol como método para combatir las entrañas de un monstruo que de no ser por el rock los hubiera condenado a la marginalidad y la indiferencia y no hubiera tenido consideración alguna en aplastarlos. Recalcar su disfuncionalidad (la mayoría de los componentes de estos grupos procedían de familias rotas) hasta sumergirlos en el pozo de la vida laboral donde serían tratados, sí, como señoritas de cabaret. Esclavizados como prostitutas a su trabajo para poder sorber varios gramos de aire del sueño americano que todas estas bandas ponían de manifiesto con absoluta claridad que estaba comenzando a devenir en pesadilla y terminaría por devorar antes o después a los nacidos y crecidos en su interior. Pues, al fin y al cabo, USA estaba dejando de lado el calificativo de país de las oportunidades para pasar a ser el de las prohibiciones (véanse las andanzas del inquisidor PMRC -Parents Music Resource Center- que obligó a Frank Zappa y a Dee Snider entre otros músicos a declarar en los juzgados acusados de perversión y todo tipo de males). Instaurando lentamente pero sin pausa una dictadura blanda y capitalista, al servicio del mundo empresarial, que se llevó por delante -tras utilizarla- la vida de cientos de artistas como es el caso de un Dee Snider que, en cualquier caso, no se muestra en absoluto autocomplaciente consigo mismo en su libro. Al contrario, con lucidez absoluta da cuenta de sus errores mientras refiere jugosas anécdotas musicales -cómo y cuándo compuso la eterna “The price”, las riñas con los productores deStay Hungry y Come out and play, etc- y vitales junto a Suzette, el gran amor de su vida, Lemmi Kilmister, Howard Stern, Boy George y decenas de personalidades más de ese circo del rock’n´roll en cuya cima se sentó durante unos meses.

Puede que por todo lo referido anteriormente, cuando escucho los viejos discos de Twisted Sister, no siento tanto agresividad, violencia y orgullo (que en parte por supuesto que sí) como lamentos y tristeza. Los discos de la banda no sólo eran divertidos. También eran en parte lamentos. Gritos perdidos de un Frankestein incomprendido que acababan estallando como globos o pompas de jabón enfrente de sus oyentes. Los pasos desorientados de un dinosaurio ciego empeñado en hacerse entender por sus contemporáneos ajenos a su dolor y lenguaje. Los gemidos de un payaso hueco al que le bastaba con llamar la atención por unos minutos para darse por satisfecho, dotar de sentido a su vida. Y por ello es que es precisamente tan entrañable esta biografía y el personaje que la relata. Un hombre sincero dispuesto a narrar sus circunstancias, perspectiva de la realidad y cientos de anécdotas sin importarle lo ridículas que éstas puedan ser en cuanto nos proporcionan un material muy valioso tanto para entender sus andanzas y comportamiento como, de fondo, registrar la ideología encubierta que existía en USA. Las razones por las que bandas como las que a él le tocó comandar surgieron más por necesidad que por capricho. Convirtiéndose en el grito ahogado de un mundo donde la libre voluntad iba a comenzar a estar penalizada. El último resuello del caballo aún sin domar (todavía lejos de lo políticamente correcto) antes de que el jinete atara el lazo en su cuello. La feroz revuelta de una juventud que había heredado un país aún por disfrutar en su totalidad, repleto de espacios abiertos y libre que en pocos años -los que iban de la era Kennedy a la Reegan- había sido colonizado o estaba en trance de serlo por una serie de reglas, leyes y medios de control “débiles” pero inmensamente poderosos y sutiles (MTV) que los intentarían utilizar a su antojo.

En fin. No me resulta para nada extraño que en un mundo repleto de individuos sumisos y adocenados como el actual (ese mundo que tiene reflejo por ejemplo en los discos de Radiohead -a los que he de aclarar que valoro- o los insípidos Coldplay), una banda como Twisted Sister sea rebajada a la categoría de mera excentricidad y provoque más de una carcajada o sonrisa de desprecio. ¿Cómo podría tomarse en serio una sociedad obsesionada por el dinero, rígida, impostada y seria donde la risa es sinónimo de sarcasmo y cinismo, el alma de un adolescente? Twisted Sister reflejaron, fueron un testimonio ejemplar de un momento en que la conciencia de la nación norteamericana aún no había sido doblegada del todo (esto no sucedería sino hasta el suicidio de Kurt Cobain) y los muchachos se sentían orgullosos de su inmadurez. Eran la fuerza y la virilidad incontenibles aun sin domesticar. Aparentemente fuera de la ley. Representaban el goce de la vida. Pues, en el fondo, no tenían otro (desesperado, eso sí) mensaje que transmitir que el siguiente: “Dejarnos divertinos. Disfrutar. Ser quien deseemos y no quien nos veamos obligados a ser”. Ese disfrute imposible de entender en un tiempo como el actual repleto de personas depresivas, proyectos de suicidas y pastillas sin fin; donde la vida está sometida a la ley del castigo y el hombre convertido ahora en sujeto ha dejado de existir en su más grande potencialidad.

Finalizando ya, debo decir que si madurar significa y conlleva, entre otros aspectos, olvidarnos que un día fuimos felices escuchando bandas como Twisted Sister, negar o hacer a un lado este recuerdo de  nuestra memoria, ¿qué quieren que les diga? Yo me quedo en mi niñez para siempre cantando aquello de “love is for losers, love is for suckers”. Si bien puede que esto no quiebre las fosas del perverso sistema que nos controla, de seguro que lo incomoda pues no olvidemos que uno de sus objetivos fundamentales ha sido entristecernos, aislarnos y que consideremos ciertas formas de gozar y sentirnos vivos como dignas de escarnio, no apropiadas o adecuadas que es algo que desde luego Dee Snider no será jamás. Basta leer, dejarse llevar, perderse por este libro digno de un verdadero maestro de la stand-up comedy, un paseo casi tribal por los enfermizos ochenta y la legendaria carrera de un grupo de travestis rabiosos o mansos animales, para comprobarlo. Shalam

 ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

 ¿Qué ve el ciego aunque se le ponga una lámpara en la mano?

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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