Ese bonito cadáver

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Últimamente, cada vez que escucho aquella frase, “Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver”, que James Dean popularizara o, más bien los publicistas que se aprovecharon de su temprana muerte (puesto que en realidad pertenecía a la película de 1949, dirigida por Nicholas Ray, Llamad a cualquier puerta), no puedo evitar relacionarla con el austericidio cometido actualmente en Europa y determinadas políticas neoliberales que se fueron implantando en USA durante el siglo XX.

En realidad, si nos fijamos, esa frase tan mitificada y expuesta como un mantra en todo tipo de ámbitos culturales y comerciales -más allá del ámbito pop- es una invitación al suicidio. A la destrucción. Una esquiva forma de hacer atractiva la muerte destinada a un colectivo de jóvenes norteamericanos que, atraídos por esta estética del vacío, olvidaban luchar a favor de sus derechos y se mostraban sumisos y sobre todo, indiferentes, a la privatización del espacio público y universidades que era presentada además como deseable frente a la colectivización estatal comunista.

Descifrando la frase, los mass-media estaban inoculando esta idea en el inconsciente del joven de clase media norteamericana -y por extensión de todos sus países colonizados-: goza, consume sin descanso y cabeza, ten sexo, drógate y muere. No seas un estorbo para el sistema y menos una voz contraria a los planes que las élites socio-económicas están implantando. En resumen, muérete o conviértete en un zombi. Y por ello, la glorificación de enormes artistas como Jim Morrison, Brian Jones o Janis Joplin responde, en mi opinión, a una estrategia perversa. Se los promovía como héroes frente a la juventud puesto que habían renunciado a los valores del sistema hasta el límite de dar su vida por las drogas y el arte con objeto de que, de manera indirecta, se comprendiera lo inútil de toda lucha y resistencia puesto que su seguro fin era el fracaso, la derrota. ¿Justicia, igualdad, vitalidad, mundo dionisíaco, revolución? “No en esta vida”, era el perverso matiz escondido tras la idea de aquel bonito cadáver que no protestaría más ni se le ocurriría levantar la mano en una manifestación.

A su vez, la instigación de la muerte joven, su sacralización, ayudó a la progresiva peterpanización de una sociedad en la que se trataba de que los adultos estuvieran en puestos de poder, manejando los destinos político-económicos del mundo y el resto, viviendo en el universo del consumo del que formaban parte el rock y el pop sin importar su edad. Puesto que la idea era que desde los ancianos hasta mediocres empleados de empresas pudieran vestir adidas o emocionarse con una sinfonía pop, bailar break dance, follarse a un conejita playboy o probar tal y cual marca de whisky y, a poder ser, no se introdujeran ni quisieran conocer los grandes temas de la geopolítica nacional e internacional. Y por ello, en cuanto las hordas hippies y pacifistas de Woodstock consiguieron movilizar masas de jóvenes concienciados y necesitados -puede, sí, que inocentemente- de un cambio, el movimiento se cortó de raíz criminalizando las muertes acaecidas en el festival de Altamont o acusando de vagancia y asocialidad a sus miembros. Y, por supuesto, tachándolos de drogadictos, cuando hasta ese momento eran precisamente las élites las que necesitaban tener drogadas a amplias masas de población tanto para manipularlas y que les sirvieran como cobaya a sus experimentos como para que no reaccionaran de modo violento a sus políticas genocidas. Y fueron precisamente, esas mismas élites las que se encargaron de introducir LSD en mal estado y sustituirlo por la droga por excelencia del consumismo, la cocaína -esta sí, en principio, en buen estado-, (al tiempo que el cannabis y la marihuana dejaban de considerarse estupefacientes “cool”), para terminar de disolver estas hordas y destruir definitivamente sus ideas consideradas ahora como “utópicas”.

En fin. Con el tiempo, he de confesarlo, tras cada una de las glorificadas muertes del rock y el cine, observo una manipulación. que me provoca tristeza. Encuentro violencia. Destrucción de voluntades e ilusiones. La necesidad neoliberal de que, como ya he dicho, los jóvenes -a no ser los previamente formateados en sus Universidades y Escuelas generalmente privadas- no se introduzcan en política y además, no tengan como horizonte en sus vidas, la vejez. Un hecho que tiene mucho que ver con la progresiva criminalización que se está realizando de los pensionistas y jubilados que, si en el fondo, no se termina de ejecutar es porque en lo que se refiere a España, terminaría de destrozar y hacer caer todo el sistema. Lo que no significa que, si fuera posible, desde luego que sería un plan que se llevaría a cabo hasta el final ya que se trata en el fondo de “vivir deprisa, morir joven y dejar un bonito cadáver”. Pues la vejez es pozo y fondo de sabiduría que por lo general demuestra que el alma que ha llegado allí es fuerte. Resistente. Y, a este respecto, se trata de que se considere la vejez o bien como un incordio, un estado del que avergonzarse o bien un lujo que sólo unos pocos deberían poder permitirse.

Finalizando ya, sugerir que tal vez sea yo demasiado escéptico pero si algo me ha enseñado vivir inmerso en una cultura neoliberal es a buscar el mensaje real que inocula tras cada una de sus enseñanzas introducidas en el sistema en forma de logos, slogans. Pienso por ello que una gran parte de la cultura rock y pop, su gran eclosión, fue permitida porque servía para despolitizar a la sociedad. Distraerla. Acomplejarla (esos rockeros y rockeras erigidos en símbolos sexuales), anularla y esclavizarla mientras se le proponía y sugería una liberación absoluta de vestimenta, costumbres y moral. El que se construyeran auténticas obras de arte, en estas circunstancias, dentro de estos géneros, no fue, para las élites, más que un accidente que debían en cierto modo permitir si querían proseguir con sus esquizofrénicos, asesinos planes en  nombre de la fraternidad, igualdad y la libertad. Mientras los jóvenes tuvieran la cabeza y la nariz introducida en esos discos -fueran mejores o peores- y no en asuntos del estado, todo continuaba o podía seguir funcionando bien para ellas. Shalam

 عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

 Vence al enemigo sin manchar la espada

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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