Europera

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Si tuviera que elegir una obra dentro de una discografía tan vasta, imaginativa y llena de recovecos como la de John Cage,  ésta sería sin dudas Europera (un concepto que conjuga las palabras Europa y ópera). Una serie de cinco discos (de los que únicamente poseo los tres últimos) que he estado escuchando mucho últimamente mientra intento ponerle el punto y final a Ruido o acercarme definitivamente a su forma final. Cage seleccionó una serie de fragmentos de la gran historia de la ópera europea que debían ser recitados aleatoriamente, según el gusto de los sopranos, en combinación azarosa o más o menos libre con determinadas piezas musicales grabadas en magnetófonos e interpretadas, a poder ser, en lugares como ataúdes, baños, pilas de basura u otros espacios desacralizados y cotidianos, en lo que intentaba ser un epílogo o coda, una sentida despedida a este género. Género que tendría que renovarse en las siguientes décadas o prepararse para morir lentamente, tal y como apuntaba un Cage, tan iconoclasta y solemne como de costumbre. Nostálgico y a la vez enamorado del futuro, que se sumergía en las raíces de la música moderna como quien se introduce en el interior de una catedral con la intención de restaurarla y renovarla o dejarla morir para siempre, sin por ello dejar de agradecerle los servicios prestados.

Pocas obras muestran la decadencia occidental como ésta. Una composición que hubiera podido ser escrita en los años finales del Imperio Romano o de cualquier otra vasta civilización, porque ante todo, rezuma y alude a un fin de ciclo. Retrata los viejos fosos de un coliseo justo antes de su definitiva desaparición ante la atenta mirada de un grupo de estatuas de senadores y emperadores romanos igualmente maltratadas y desgastadas por el paso del tiempo. ¿Cuál es el espíritu que muere en Europera? Aquel que forjó los monumentos románicos y góticos por los que se elevaron las plegarias y esfuerzos de santones, caballeros y artistas empeñados en la conquista de Europa para los defensores de la cristiandad. Y también, el de la Ilustración y el del Renacimiento que apenas son monumentales decorados de cartón piedra en el entierro representado aquí. Un funeral donde únicamente los rasgos y gestos barrocos y ciertos iconos románticos respiran, rezuman vida -aunque esta vida sea malograda- tras el tijeretazo que la modernidad dio al arte clásico, disolviendo sus símbolos y rasgos identitarios en cientos de fragmentos y desperdigados objetos con los que John Cage monta y alza y pone en pie su anti-ópera o anti-ballet. Aunque no creo que sea correcto denominarla de este modo puesto que su azarosa partitura da muestras de absoluto respeto a la lírica tradicional. Es una declaración de amor a un amante olvidado y perdido en el tiempo que regresa del Averno para que le demos el último beso. Intenta, de hecho, rescatar los mensajes y sentidos de la ópera que aún pueden servir al hombre contemporáneo y, en cierto sentido, poniendo de manifiesto su decrepitud con absoluta honestidad y veracidad, le ayuda a alzar el vuelo. Por más que, dado que sus alas se encuentran irremediablemente dañadas, caiga al suelo inmediatamente.

Europera es una obra suntuosa y sugestiva. Una dulce y agria resaca después de una tremenda borrachera. Los últimos hilos de viento que nos asaltan tras un vendaval. Las gotas de lluvia que siguen a una tormenta. Es un paisaje que invoca un fin. El lamento previo a la inundación y a la condena. Se diría, de hecho, que es el espíritu libre e idealista de la vieja Europa el que habla aquí antes de introducirse en una prisión de la que no sabe cuándo saldrá. Que en realidad las voces femeninas y las masculinas y cada acorde de piano y cada ruido que se encabalgan con más o menos regularidad a lo largo de la composición de Cage, no tienen otra significación y sentido que la de pedir auxilio. Son en realidad una llamada de socorro de una civilización condenada a la devastación y la aniquilación. Con mucho más pasado que futuro por delante que no podrá solucionar sus problemas ni uniéndose ni destrozando el muro de Berlín porque, en esencia, de lo que se encuentra separada, es de la tierra. Vive bebiendo de las llamas del pasado, de las antiguas ideas y vestidos e ideales y sofisticaciones que mueren envueltos en llamas de pasiones antiguas por su escasa capacidad de renovarse. Su impotencia para descifrar un porvenir o una ilusión capaz de rociar de agua bendita las heridas abiertas por los ciento y un fracasos de la barbarie, la religión y la civilización. Europera, sí, es un conjunto de obras que, sin piedad, diagnostican la muerte de un alma que un día fue bello y joven debido a su altivez, su incapacidad de transformarse, regenerarse y buscar en la naturaleza, el amor, las pequeñas cosas, una razón de ser. Un nuevo mundo que conquistar tras haber creído conquistar todo lo “posible” e “imposible”. Es un regalo a los oídos y un increíble vals en medio de ninguna parte que sorprende por la musicalidad con la que por medio de la atonalidad y la experimentación, consigue emocionar.

Europera es una obra que nos sugiere que el día en que Venecia sea sepultada por las aguas y Occidente se convierta en la nueva Atlántida, está próximo. Una mirada repleta de extrañeza a una realidad y un continente que se ha convertido en fantasmagórico hace ya demasiado tiempo y que, a pesar de todo, casi como si el mismísimo Titanic intentara levantarse por su propio pie para seguir navegando, se empeña en continuar caminando con obstinación. Se parece a un anciano imprudente que, durante varios días, no tomara una gota de agua y aun así, se empeñara en pasear por los lustrosos paisajes donde escribió su leyenda. Las escenas más ilustres y significativas de su vida. Europa está muerta pero aun y a pesar de todo, sigue respirando. Y Europera es la manera a través de la que Cage escucha sus latidos, ausculta sus respiraciones y nos devuelve la imagen de un continente enterrado en vida, condenado a reinventarse como la ópera, si no quiere fallecer de agotamiento. Si no quiere que esos edificios que lucha por conservar y tanto adora, acaben sepultándolo. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

Mocedad ociosa, vejez trabajosa

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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