Exile

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Más que un disco al uso, Exile on main Street parece una jam session. Un libérrimo ensayo llevado a cabo por casualidad un día en que The Rolling Stones estaban especialmente inspirados y colgados de alguna droga. Exile no es una creación mítica por casualidad. Muchas de sus canciones parecen un pedazo de blues envasado al vacío. Congelado en el tiempo. Y algunas incluso podrían pasar perfectamente por grabaciones de Alan Lomax realizadas en granjas, tugurios perdidos, plantaciones de trigo o las inmediaciones del río Misisipi. En realidad, no sé si Exile es el mejor LP de los Stones pero desde luego sí es el más libre. El más anárquico. De hecho, más que por unos músicos profesionales parece haber sido grabado por una comuna de sucios hippies libertarios con mucha mala leche. Viciosos outsiders hedonistas apasionados por la música. Exile es tal vez la obra que mejor sintetiza lo que es el blues y el rock y lo adictivo que un día fue el country. No es afortunadamente perfecta pero sí rebelde, macarra y peligrosa. Es un chute de descaro, improvisación, armónicas, sucias guitarras y canciones épicas, perdidas en su propio rumbo. Los Stones nunca volvieron a sonar como en este disco que, repito, parece haber sido grabado por vagabundos, fans apasionados del rock y no por profesionales. La producción de Jimmy Miller de hecho fue muy criticada cuando el disco apareció pues ni sonaba actual ni especialmente cuidada. Pero lo cierto es que la posible sofisticación del sonido hubiera ido contra la esencia de un obra cruda, fuera de su tiempo y salvaje que rememoraba y conseguía hacer revivir el pasado agrestre del rock: orgías, rituales de vudú, hechicería, confusión, locura. Todos los atributos que hicieron del blues la música del diablo y convirtieron a muchos músicos en apestados. Delirantes bandoleros perseguidos por desmontar reglas y leyes con su guitarra con mayor facilidad que con una pistola.

Exile es el disco de Keith Richards, el alma de los Stones, y se nota. Porque cada canción lleva su sello, es casi una extensión del corazón de un guitarrista que por una vez tomó el mando e impuso su criterio, convirtiendo a Exile en una jauría de sonidos turbulentos y nocivos. Un gallinero lleno de sangre, turbulencia, alcohol y prostitución. Obviamente, el ambiente en que se grabó el disco fue sumamente importante para su forma definitiva. Debido a sus deudas con la hacienda inglesa, los Stones se vieron obligados a exiliarse en Francia y allí, en un país extranjero, rodeados de elegantes dandys cuya lengua no entendían, pudieron aislarse. Encontrar paz y tranquilidad por primera vez en muchos años. Lejos de la prensa de su país y de los fans, pudieron relajarse y centrase de nuevo en la música. Llevar a cabo una mirada interior a su trayectoria. Por unos meses no eran un grupo de moda. No eran portada de las revistas. No eran famosos aturdidos y reclamados por medio mundo. Eran simplemente unos músicos que podían volver a disfrutar de su afición favorita sin excesivas presiones. A lo que terminó de contribuir la decadente, fantasmagórica mansión que adquirieron en Villefranche Sur-Mer, cuyos sótanos transformaron en un improvisado estudio de sonido. Y en cuyas habitaciones se desarrollaron todo tipo de experimentos musicales, juergas, fantasías sexuales y se llevaron a cabo ingestiones masivas de drogas que terminaron de dotar al disco de ese aire nocivo, opiáceo e infeccioso que lo caracteriza y ha permitido que pasen los años y suene tan o más fresco como en 1972. Algo lógico porque, al fin y al cabo, Exile es un exorcismo. Y huele a brujería, destrucción y sexo sucio. Sudor, incesto y chulería. Es un violento cocktail lleno de vida que cada vez que se escucha parece estar siendo grabado en ese mismo momento. Es casi un concierto en vivo y en directo. Un inmenso enjambre de canciones parecidas a cigarros de marihuana o insanas masturbaciones que son la banda sonora perfecta de cualquier borrachera. Un cruce entre la música negra y blanca asombrosamente intuitiva que es prácticamente una biblia de la degeneración.

Con todo lo dicho, lo más impresionante de Exile es que no tiene fin. Parece un disco infinito. Y no me estoy refiriendo ahora al inmenso influjo que ha tenido en el mundo del rock y los cientos de vocaciones que ha despertado sino a que la inspiración de los Stones fue tan grande durante aquellos meses que la obra no es más que un retazo impresionista de lo que allí se forjó. Hace varios años por ejemplo, apareció la versión deluxe del disco y los siete temas inéditos que fueron incluidos eran, -¿cómo decirlo?- realmente apabullantes. Eran tan grandiosos como los principales que aparecieron en su momento y no sólo no desentonaban con ellos sino que se adaptaban perfectamente a su ritmo febril. Dejando un poso de enorme satisfacción y una enorme duda al escucharlos: ¿cuántas más canciones tienen de aquellas sesiones guardadas en el baúl los Stones y a qué inmenso límite llegó el tamaño de su inspiración para mantener hasta hace poco todas esas joyas ocultas? ¿Es Exile on main street la mejor jam session de la historia del rock? Shalam

أَنَا أَمِيرٌ وَأَنْتَ أَمِيرٌ فَمَنْ يَسُوقُ الْحَمِيرَ

No hay maestro que no pueda ser discípulo

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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