Expreso Moroder

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Hasta casi la treintena, no había prestado yo mucha atención a Giorgio Moroder. Un hecho que sé que es realmente imperdonable. ¿Cómo entonces pude sobrevivir?, ¿es posible tener una vida más o menos plena sin escuchar sus temas al menos una vez al año? Para mí, desde luego, no. Por eso bendigo habitualmente el día en que al fin le presté atención.

Antes de ese momento, yo también había disfrutado escuchando el mágico “Call me”. Incluso había hecho spinning en un gimnasio al ritmo del tema principal, “What a feeling”, de Flashdance. Y por supuesto que, durante mi niñez, había tatareado una y mil veces el tema principal del soundtrack de La historia interminable. Pero en absoluto, vislumbraba lo que el sonido Moroder significaba. Algo que no descubrí hasta que escuché la banda sonora de Midnight Express una noche en Buenos Aires.

Vivía por entonces yo en el barrio de la Boca con un amigo que se encontraba deprimido. Una especie de ángel perdido que estaba absolutamente enloquecido con el cineasta alemán Rainer Werner Fassbinder. A veces, el ambiente en la casa era lúgubre y aquella noche era una de aquellas ocasiones. Tal vez porque había perdido Boca Juniors, el equipo de fútbol del que éramos fanáticos o debido a algún desengaño amoroso o los fuertes y  desoladores vientos que arreciaban aquellos días en la ciudad porteña. Una mezcla explosiva entre Sodoma y Gomorra, bajo cuyos edificios, se sentía el mal en su más alta potencia. Casi como si se lo pudiera tocar. Lo que terminó por deprimirme de algún modo. Y seguramente, provocó que me sintiera, desde el primer momento, subyugado al escuchar el tercer tema de la banda sonora de Expreso de Medianoche. Esa mítica y triste melodía que da título al disco y al film. Una ligera, repetitiva cantinela con ciertos rasgos arábigos que es mecida de forma magistral por los característicos sintetizadores y ritmos con los que Moroder dio forma a su estilo. El cual, a partir de ese momento, pasó a ser esencial para mí. Al igual que lo fue para cientos de miles de personas que invadieron las discotecas entre fines de los setenta y los ochenta o cualquier persona que estuviera en disposición de entender los avances de la música electrónica y sus posibles alcances. Que comprendiera que diversión y reflexión no estaban reñidas en absoluto, tal y como ponían de manifiesto las envolventes capas de sonido que extraía Moroder de sus sintetizadores, su desprejuiciada utilización del vocoder, las consistentes líneas de bajo utilizadas o el toque de autenticidad y frescura con los que firmaba cada uno de los discos en que trabajaba. Características que lo convirtieron, con el paso de los años, en un profeta del techno-pop.

1-u4v7p8flibdyek39efpmkqMe basta escuchar cualquiera de los temas compuestos o adaptados por Moroder para películas de alto calibre, entre la horterada y la épica de barrio y del espacio, como ScarfaceBattlestar Galactica, Metropolis o algunos de los compases de bombas de relojería, peonzas concebidas para bailar sin descanso, como la inmortal “The chase” o su reciente “Racer” para salir de cualquier estado comatoso. Retirar de un guantazo la tristeza de mi vida. De hecho, confesaré un secreto. Cuando no encuentro inspiración para escribir, acostumbro a pinchar uno de sus múltiples temas y, por lo general, las ideas comienzan a sucederse sobre el papel con gran rapidez y de una manera inusitada y, en principio, inconcebible. Porque Moroder es tan divertido que todo aquello que se me ocurre, cualquier combinación de palabras o ideas, por inverosímil que parezca, termina por encajar. Muchas veces me pregunto cómo es que concibió ese sonido tan potente, cuándo sería la primera vez que conseguiría extraerlo de las máquinas en las que trabajaba y cómo vivió los años frenéticos de la música disco y se relacionó con tantas estrellas, (Donna Summer, David Bowie o Gloria Gaynor por ejemplo), que sabían que aproximarse a él era una garantía absoluta de éxito. Intento entonces escarbar en su biografía. Bucear en foros de internet buscando datos pertinentes. Aunque, dado la pasión que su música despierta en mí, finalmente, acabo olvidándome del hombre que la concibió, cerrando los ojos, y dejándome llevar allá donde me conduzca. Que generalmente es un lugar cálido y dulce. Pleno de afectividad. Una sala llena de gente de todas las razas cuya única intención es bailar y amarse hasta el fin de sus días.

Que Moroder era un genio lo entiende uno muy fácilmente comparando cualquiera de sus discos con muchos de aquellos que fueron considerados imprescindibles en la década de los 90 o la primera de nuestro siglo. Sus producciones no han envejecido. Suenan con la misma fuerza con la que fueron compuestas. Incluso con más si cabe. Se encuentran llenas de matices que no se agotan, avasallan el oído y el corazón elevando el ánimo y, por el contrario, esas otras que pasaban por ser las más innovadoras de su época, producen ahora hastío, desgana. Poseen ideas pretenciosas (brillantes en su momento, sí, pero que ya han perdido gran parte de su color y sentido) que palidecen ante la rotundidad y sencillez de las de Moroder. Un compositor que supo sacar partido a cada uno de los pliegues de una canción. No necesitaba más que dos o tres notas para desarrollar todo su arsenal creativo. Y era capaz de crear capas de eco sonoras muy seductoras. Un paso más allá, en un principio, de la música experimental y el pop y a varios de distancia de la música disco. Al menos hasta que su estilo comenzó a perder fuelle y ser, en buena parte, fagocitado durante los ochenta.

Moroder es el padre y la simiente del italo-disco, el high-energy disco y el house actual. Un estilo este último que hubiera sido mucho menos aburrido y banal si se hubiera dejado de sofisticaciones y se hubiera mirado en Moroder. Razones por las que me parece triste (aunque muy sintomático de los tiempos que corren), el que hasta que Daft Punk no lo reivindicaran (como antes lo hicieran Dj Shadow, Underworld o Madonna entre otros muchos) en su sentida y divertida oda electrónica, “Giorgio by Moroder”, los fans de su música hayamos vivido prácticamente ocultos en una cueva; como si fuéramos unos lunáticos excéntricos y maniáticos. Sobre todo, teniendo en cuenta que fue el inventor de un sonido que si acabó fatigando no fue tanto por él mismo sino por los cientos y miles de imitadores, seguidores y continuadores que crecieron a su sombra y se inspiraron en sus enseñanzas para crear.

Exactamente, nada, absolutamente nada, hubiera sido igual en la música moderna sin Moroder. Esto que quede claro. Giorgio no es una jugosa nota al pie de página del libro de la música popular sino un eslabón central de la misma. Y al menos en lo que se refiere a la música disco y electrónica, uno de los principales referentes. Algo evidente para los que lo queremos como un familiar. De hecho, duele hasta decirlo. Pero nunca está de más repetirlo para evitar confusiones.

Finalizando ya, me gustaría insistir en el hecho de que cada vez que escucho a Moroder soy feliz. O me acerco a la plenitud. Siento que estoy viajando a través de un túnel interminable en un coche futurista o que soy el protagonista de un divertido videojuego. Y también por ejemplo, que vuelo por los cielos junto a Flash Gordon o doy volteretas incesantemente antes de impactar con mi cuerpo en el mar. ¿Quién sabe? Soy capaz de imaginarme de cientos de maneras con sólo oír un breve fragmento de sus muchas canciones pero, eso sí, en todas ellas sonriente. Pleno de vitalidad, como si fuera un niño o un joven entregado al baile puesto que el hábito de escucharlo provoca que todos y cada uno de los días de nuestra vida (sin importar lo que haya sucedido entre medias) sean sábado noche, el mundo se convierta en una inmensa discoteca y nuestra respiración, en un orgasmo desgarrador entre baile y baile. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

El que estudia diez años en la oscuridad será universalmente conocido como quiera

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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