Éxtasis

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Hace varios años que no asisto a conciertos. La inmensa mayoría no me interesan ni aportan ya nada. Suelo sentirme mal entre el público y a los pocos minutos comienza a invadirme una insoportable sensación de tedio. Un sentimiento de estar desperdiciando mi tiempo muy agudo. Algo que achaco a los cientos que vi en mi juventud y a la inmensa performance que Animal Collective llevaron a cabo en el Sonar 2009. Probablemente, el mejor concierto que he presenciado en mi vida. Un maremoto de sonidos que colmaron mis ansias de melómano con tanta intensidad que ya no he necesitado ni querido acceder a una sala desde entonces. No suelo drogarme pero en los momentos previos a aquella experiencia, acepté probar unas pequeñas dosis de éxtasis y desde luego que lo agradecí. Porque ninguna otra substancia podía adaptarse mejor a lo que contemplé a continuación: un caleidoscópico viaje por las rutas de la psicodelia y la experimentación. Un absorbente e intenso pasaje por aguas movedizas. Un resumen excelso del pop de vanguardia del siglo XX y un capuzón en el del futuro. Un maremoto lleno de sonidos revueltos, dulces y acaramelados, compactos y dispersos que creaban envolventes capas auditivas que se disolvían y solidificaban por los aires como si fueran plastilina. Un impresionante banquete de locura musical repleto de notas rotas y descompuestas parecidas a melocotones y sandías, y de voces surgidas del más allá. Cacofonías, vibraciones, alucinaciones. Todo fue durante aquella noche posible. De hecho, tengo aquel concierto y a la obra en general de Animal Collective, como uno de los mayores homenajes que jamás se han creado a la mítica Alicia de Lewis Carrol. Una insólita, exquisita degustación de lo que podría ser la música en el otro lado del espejo.

Animal Collective acababan de grabar el tremendo Merriweather Post Pavilion. Tras años de búsquedas bruscas, brillantes intuiciones, ensayos continuos, jam sessions y cuelgues, habían dado al fin con la fórmula maestra que inmortalizaría su sonido para siempre. La mayoría de sus primeros discos, Spirit They’re gone, Spirit They’ve Vanished, Campfire songs o Here Comes the Indian, son realmente interesantes pero para apreciarlos es necesario hacerlo en las condiciones adecuadas. En medio de una montaña, una excursión al bosque, una ingestión de ácido, una meditación o un ritual chamánico. Porque son más experiencias que discos. Una mezcla extravagante de ingentes influencias cuya finalidad no es más que hacer entrar en trance al oyente. O conducirle a un determinado estado ánimo. Visitar una frontera. Pero Feels, un descenso por el río en canoa muy bien diagramado, fue la primera advertencia de que ya comenzaban a solidificar sus ideas. A darle una forma tradicional sin por ello acomodarse. Algo que se convirtió en realidad en Strawberry Jam. Una maravillosa piñata de sonidos que los hacía comulgar definitivamente con The Beach Boys y el pop de colorines que a pesar de su tremenda inmediatez, todavía exigía de sus oyentes cierta predisposición. De hecho, en mi caso, no llegué a empatizar con su propuesta ni a disfrutarla totalmente hasta que no lo escuché a todo volumen en una inolvidable excursión a las grutas de Cacahuamilpa en Taxco (México). En medio de rocas luctuosas y fascinantes estalactitas entre las que reverberaban sin igual los movedizos sonidos creados por Animal Collective. Hasta que llegó la extraordinaria pirueta de Merriweather y de la caverna del pop ácido, brotó la luz. Un arco iris infinito de melodías complejas, inacabables y evanescentes que propulsaron la música experimental, el ambient y el rock de vanguardia a una dimensión sideral. Una detallista obra maestra llena de huecos, curvas y vacíos que trazaban nuevas coordenadas y rumbos en el planeta pop. Anunciaba el fin de una época y el lento comienzo de una nueva. Generando sensaciones novedosas y explorando mundos dispersos entre las estrellas de galaxias de sonido apenas entrevistas hasta entonces.

No exagero si confieso que aquella noche sentí que mi cabeza se despegaba de mi cuerpo y que tras años de frenética búsqueda, había llegado al fin a mi paraíso musical. Tuve la impresión de hecho que todas y cada una de las monedas que había gastado en música hasta entonces habían valido la pena porque me habían conducido a disfrutar de aquel pantagruélico festín. Y por ello, creo que no aplaudí a los músicos cuando se retiraron del escenario sino que elevé la mirada y di, consternado, gracias a los dioses por haberme permitido vivir aquella experiencia. Ese inclasificable chute psicotrópico que lo mismo me hacía rememorar los lienzos de Jason Pollock que las imágenes de los filmes de Kenneth Anger, por medio del cual alcancé a conocer un pedacito del néctar sonoro que los ángeles escuchan habitualmente. Toqué el cielo con las manos y vislumbré abismos en los que Mozart y Brian Wilson se daban la mano sonrientes. Shalam

إِنَّ الطُّيُورَ عَلَي أَشْكَالِهَا تَقَعُ

Un banquero es alguien que nos presta un paraguas cuando brilla el sol y nos lo reclama cuando empieza a llover

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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