Fake

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Desde que tengo uso de razón, he sentido interés por el fake. Al finalizar la Universidad, solía juntarme con un grupo de amigos para realizar debates cinematográficos sobre películas inexistentes, videoclips emulando grupos que únicamente eran realidad en nuestra cabeza (será siempre un placer rememorar a los extravagantes Trompe Tean y su hit-single “Disco Quore”) y durante varios años trabajé lentamente sobre un libro homenaje a cien discos imaginarios que confío terminar cuando corresponda. No sé, en cualquier caso, cuándo fue exactamente -probablemente entre mediados y finales de los 90- pero la atracción por el fake se vio redoblada continuamente con el surgimiento de un gran número de productos culturales (me acuerdo ahora, entre otros muchos, del grupo Gorillaz, las Filmworks series de John Zorn o aquel proyecto, Passengers: Original Soundtracks, de Brian Eno y U2 que ponía banda sonora a distintas películas inexistentes y servía en parte como continuación al célebre Music for films realizado por el músico suizo durante los 70) que utilizaban este recurso como una estrategia subversiva posmoderna para posicionarse dentro de su artificial mundo cultural.

No es mi intención ser exhaustivo y soy consciente de que posiblemente cometo ciertos errores teóricos. De una manera u otra, el fake forma parte de la cultura occidental. El siglo XX sería sin ir más lejos, mucho menos compresible sin la célebre narración radiofónica de la novela de H.G. Wells, La guerra de los mundos, llevada a cabo por Orson Welles. Y probablemente podríamos trazar una línea que siguiera su rastro (desde una mirada amplia) desde la aparición de ciertos personajes cuya identidad es borrosa en las tragedias griegas o romanas, así como en ciertos lienzos de Velázquez y obras de Miguel de Cervantes como El licenciado Vidriera o en cuentos pertenecientes al folklore tradicional del cariz de El rey desnudo, hasta las películas con aire de documental compuestas por Alain Resnais, Werner Herzog (Grizzly Man,Cave of Forgotten dreams), Orson Welles (F for Fake) o Woody Allen (Zelig) durante los siglos XX y XXI, las irreverentes nociones sobre la escritura de Sergio Pitol, Enrique Vila-Matas o Mario Bellatin, la búsqueda de escondrijos y enmascaramientos industriales de los primeros New Order o Cabaret Voltaire y por supuesto en buena parte de la pintura contemporánea y los artistas performáticos -Andy Warhol, David Bowie, Joseph Beuys- surgidos tras el final de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo del capitalismo tardío. Pero, a pesar de todo esto, del hecho de que nuestra cultura cinematográfica tenga, por ejemplo, en primer lugar de su santoral una obra como Ciudadano Kane que en gran parte es un inmenso fake (pues al fin y al cabo un Macguffin es un extraviado fake utilizado para despistar), he de reconocer que no he terminado de comprender -por más, sí, que leyera y releyera con fervor a Debord- el entusiasmo y proyección inconsciente de nuestra cultura hacia este fenómeno, hasta el desenmascaramiento absoluto de los agresivos, dictatoriales poderes empresariales que controlan nuestras sociedades que la actual situación político-económica ha desvelado al fin. Hasta no sentir en carne propia cómo esos poderes intentan destruirnos al precio que sea ayudados de un aparato de poder mass-mediático tan manipulador como aterrador, que construye todo tipo de imágenes falsas con apariencia de pluralidad para domesticar. Inducir la sumisión en individuos asépticos, aislados y, sobre todo, impotentes frente a una sobrecarga de estímulos, información y normas educativas que lógicamente le obligan a buscarse en las sombras, dudas y los reflejos con que esta “proyección irreal” invade su intelecto.

Por ello, lejos, muy lejos de poder ser considerado una broma, el fake se me antoja una advertencia. Un síntoma y signo evidente de decrepitud. Una manifestación nihilista. La constatación de una decadencia. De la separación de las palabra y las cosas y la unión de la ficción y la realidad no para crear un nuevo mito, una nueva y fecunda realidad, sino para despojar a los antiguos de los viejos valores y mensajes que aún pudieran servirnos. Un fenómeno en absoluto azaroso -más bien absolutamente causal- que desvela los mecanismos que rigen el mundo contemporáneo. La ruptura de lo pactos y marcos sociales entre los que se encuentra ese falso placebo llamado “sociedad del bienestar”. La Matrix. Puesto que, en esencia, es un género hijo, producto de una sociedad en la que con plena consciencia, se abandonó el patrón oro y el dinero dejó de tener un sustento real para convertirse en papel moneda que genera deuda infinita, el video-juego ha sustituido a los ritos de iniciación callejeros y los objetos, al tacto y la piel. De un mundo en el que los representantes sociales, los políticos, se llenan la boca con conceptos y palabras que no cumplen ocultando datos relevantes a la opinión pública (véase, entre otros muchos ejemplos, el caso Watergate, el asesinato de J.F. Kennedy, el golpe de Estado del 23 de febrero acaecido en España en 1981 o la actual deriva de vacías y teledirigidas declaraciones zombies de los comisarios y economistas europeos sobre la austeridad) y las antiguas epopeyas y odiseas que produjeron algunas de las más hermosas páginas de las novelas de Joseph Conrad o Richard Kipling, no sólo se experimentan a través de una pantalla televisiva sino que se sospecha que pudieran no haber ocurrido (¿alguien a excepción de ese personaje ficticio inventado por David Bowie, el major Tom, puede afirmar con rotundidad que el alucinaje de Neil Amstrong en la luna ocurrió y que no fue una estrategia capitalista más en su lucha contra el comunismo o que la Guerra de Golfo, tal y como denunció Jean Baudrillard, tuvo lugar?).

Exactamente, en una época camino de convertirse en virtual, ¿cómo no iba a prosperar y germinar aun subrepticiamente y en los márgenes del mercado el fake? Es obvio que una sociedad manipuladora tiene que generar antes o después arte falso. Un arte que aluda a hechos que no existen, confundiéndose y entremezclándose con el imaginario colectivo intentando engañar a sus espectadores y potenciales consumidores. Pues aludiendo a esta falsedad, acaso podría denunciar -sin la necesidad de jurar ni de aseverar afirmación alguna en nombre de la verdad- esta enorme mentira que cimentaba las relaciones político-sociales modernas, que fue una de las grandes visiones que Marcel Duchamp entrevió a principios del siglo XX para acabar con la idea tradicional de arte que teníamos hasta el momento y poner el acento ahora no tanto en su belleza y sentido simbólico sino en su capacidad de plantear interrogantes. Construir imposturas e ideología vacía y neutra para responder a un mundo cuyos significados se habían quebrado, llevándose por delante nuestras previas concepciones tanto del arte -que después del urinario nunca volvió a ser igual- como de la vida. Y posiblemente de la verdad y la mentira.

Puede, sí, en todo caso, que aún no nos hayamos dado cuenta, y no lo tengamos totalmente claro, pero lo cierto es que, a medida que el ser humano se ha separado de la naturaleza cometiendo atentados de todos tipos en su contra y la sociedad industrial se ha multiplicado, el fake ha dejado de ser un género que pudiera aludir a un hecho falso, para devenir en el género más real que existe. Casi un artefacto costumbrista o naturalista. Y, en gran medida. ahora mismo me atrevería a afirmar con rotundidad que la gran mayoría de ellos -incluso los más mediocres- en cuanto funcionan como precisas metáforas, son, en esencia, pura verdad. Píldoras que no permiten dudar del engaño que estamos sufriendo y, lejos de ser esas piezas frívolas que tantos les acusan de ser, son en realidad posiblemente una de las armas éticas más importantes que aún posee el humanismo (o lo que queda de esa vieja armadura) para introducirse en las rendijas del sistema y hacerlo estallar desde dentro. Son piezas de un carácter aparentemente inocente que no han sufrido proceso de censura por parte de la mirada vigilante moderna, cuyo objetivo es engañar a los que nos engañan y posiblemente también a los engañados para, como ocurría en 1984, intentar penetrar en el cerebro de los (aún) no sometidos absolutamente y proferir unas cuantas verdades a los zombis alienados modernos: “¿no te das cuenta de lo estúpido que eres?, ¿no te das cuenta de lo estúpido que eres?, ¿no te das cuenta de lo estúpido que eres?”. Shalam

إِذَا كَانَ الْكَلاَمُ مِنْ فِضَّةٍ يَكُونُ الصَّمْتُ مِنْ ذَهَبٍ

Es más fácil doblar el cuerpo que la voluntad


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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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