Flores

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Uno de los grandes méritos de The Smiths fue tratar a los adolescentes como adultos. Convertir la tormenta sentimental juvenil en poesía de altos vuelos. Es realmente frustrante y a veces, cargante definir a un grupo musical como poético. Pero, realmente, The Smiths dieron realce y sentido a este adjetivo. Pues desconozco si alguien dentro de la música pop llegó tan lejos, sobrevoló tan amplios campos, expresando inseguridades y torrenciales sentimientos. Tanto es así que no resulta fácil para mí volver a  escuchar cualquiera sus discos. Pues debo encontrarme en un estado de ánimo mucho más exaltado de lo normal. La discografía de The Smiths era una nostálgica caja de resonancias llena de innumerables postales en blanco y negro. Un homenaje a Orfeo y a todo un elenco de artistas elegantes: Jean Marais, Alain Delon, Candy Darling, Truman Capote, Alexandra Bastedo o Terence Stamp. El ensamblaje entre Johny Marr y Morrissey era perfecto. La guitara de Marr definió un momento y una forma de hacer pop. Y las letras de Morrissey eran sensibles e hirientes. Morrissey era capaz de narrar la vida de un adolescente acomplejado como si fuera una batalla y describir un día cotidiano con innumerables matices. De lanzar dardos y escupir al aire con delicadeza. Y cantar como si estuviera siendo acariciando por su novio y estuviera a punto de alcanzar un orgasmo.

The Smiths definieron una época. Transformaron sus vicios y anhelos en arte mayor y después de su aparición, se convirtieron en una referencia. Sonar como ellos era lo habitual. Una norma de conducta en la música inglesa. Pero antes de su eclosión, ese territorio sonoro estaba por descubrir. Inglaterra era el reino del punk, el post-punk, la new wave y el techno. Los jóvenes miraban al futuro ya fuera con ánimo nihilista o talante visionario. Pero nadie, desde luego, se había propuesto volver la vista atrás. Y menos en un medio en el que la MTV comenzaba a hacer furor y el vídeo estaba matando a las estrellas de la radio. Sin embargo, The Smiths no estaban dispuestos a dejarse intimidar. Y desde su primer single, se dedicaron a homenajear épocas perdidas. En sus portadas, por ejemplo, rescataban los rostros de actores que protagonizaban películas fuera de la atención pública en ese momento. Y en sus entrevistas, solían citar como influencias, un buen granel de referencias literarias. Algo casi suicida en medio del paisaje apocalíptico levantado por el punk. Lo que los convirtió muy pronto en el blanco de iras de la escena británica. Decenas de periodistas y músicos se mofaron de ellos y se los tomaron a broma porque su apuesta estética no era una broma intelectual sino casi un posicionamiento sentimental. No obstante, no agacharon la cabeza ante las críticas y adoptaron una postura irónica ante ellas. Casi cínica. Morrissey por ejemplo, se transformó en una especie de Oscar Wilde de la era pop. Tanto más reconcentrado en sí mismo cuanto más se le atacaba y tanto más mordaz e hiriente cuando salía del foco de la actualidad. Actitud que lo convirtió en ídolo de miles de homosexuales y muchachos tímidos y perdidos que otorgaron a The Smiths la consideración de dioses y transformaron sus discos en la banda sonora de  su vida cotidiana y, en algunos casos, de sus primeros escarceos amorosos.

Lo cierto es que -como dije antes- aunque hoy sea casi estándar, la música de The Smiths causó extrañeza en su momento. Las referencias que utilizaban no eran obvias. Había canciones que eran una sublimación de las de The Byrds. Odas hippies sin el habitual mensaje pacífico o contestatario. Y otras que remitían -en lo que se refiere al aparato rítmico- al rockabilly. De hecho, no sé si es correcto definir a The Smiths como un fortuito encuentro entre Bob Dylan y Gene Vincent. Probablemente no, pero tampoco veo tan desajustada la comparación porque Morrissey, desde luego, tenía un gran talento lírico. Como el trovador de Minnesota, cuidaba muchísimo las letras. Y muchas de sus canciones más furiosas son prácticamente actualizaciones de esos clásicos que sonaban en los Jukebox norteamericanos. Aunque otras tantas hacían rememorar en principio a ciertos clásicos de la era soul y del pop orquestal que, eso sí, Morrissey y Marr se encargaban de conducir a otra dimensión. Porque su interpretación del pop era sumamente personal. Morrissey evocaba fantasmas al cantar. En cada una de sus canciones exorcizaba algún hecho trascendental de su vida. Y Johnny Marr estaba tocado por los dioses. Siempre encontraba una forma original y novedosa de expandir la melodía original. Transformar una simple canción en una especie de gema sonora que parecía ser acariciada, pulida por los instrumentos. Una exigente y pulcra combinación de sonidos que aportó un puñado de clásicos incontestables al mundo de la música popular. Canciones que a pesar de gozar de éxito y ser coreadas en algún momento por las masas, estaban hechas para ser escuchadas en soledad. Embellecer y llenar los vacíos existentes en las habitaciones de miles de personas. Shalam

اِحْذَرْ عَدُوَّكَ مَرَّةً واحْذَرْ صَدِيقَكَ أَلْفَ مَرَّةٍ 

El hombre no puede vivir donde las flores degeneran

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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