Frizzi el vampiro

0

Fabio Frizzi es un músico paciente e intuitivo. Tranquilo. Seguro de sí mismo. Un maduro instrumentista que domina cuáles son los momentos indicados para golpear y sabe cuándo es mejor esperar o contraatacar. De hecho, pienso que, como buen italiano, lo que busca con sus soundtracks de terror no es tanto aterrorizar al oyente sino enamorarlo. Hacerle el amor psíquicamente. Irlo enredando en sus melodías circulares, sinuosas tocando su corazón y cerebro como si fuera un jocoso vampiro, un amante experto que no tiene prisa por desnudar a su pareja y recorrer sus partes más íntimas. Le basta con acariciar sus dedos para saber que todo ocurrirá cuando deba hacerlo y probablemente el éxtasis acabe llegando en el momento cumbre. Ya sea cuando el resplandor de la luna atraviese las cortinas de la habitación o cuando ambos dos hayan dado lo mejor de sí. Pues sus discos son como esporas preparadas para succionar nuestra sangre y alma. Exorcismos festivos con tintes neuróticos, obsesivos, repetitivos que podrían haber sido en parte compuestos por Giorgio Moroder y de no ser por su atmósfera demencial, servir como introducción a una noche de baile infinito en una discoteca.

Exactamente, las sinfonías de Frizzi tienen mucho de morboso e irónico. A veces parecen una revisión kitsch de las míticas bandas sonoras de la Hammer, una amplificación divertida de ese mundo de imágenes telúricas e inquietantes sonidos compuestos por la compañía inglesa. En ocasiones, espectrales ampliaciones de las coquetas melodías de Burt Bacharach. Y otras, una ramificación de los discos ambientales a la que se le han añadido unas cuantas gotas de azufre, ciertos samplers y sintetizadores esquivos para adaptarlas al gusto del público amante del Giallo o que llenaba las salas de cine en medio mundo, con la intención de gritar y divertirse viendo rodar cabezas y vísceras por la pantalla. Aunque, en realidad, creo que podrían ilustrar perfectamente las imágenes de westerns, eso sí apocalípticos. Viajes mentales en los que el espectador tiene la oportunidad de conectar consigo mismo. Recorrer tierras inhóspitas al mismo tiempo que lo hace un jinete. O si acaso, haber nacido para ilustrar muertes, sí, pero de las que se producen a cámara lenta y condensar en unas pocas notas aquello que se siente, al contemplar avenidas repletas de muertos vivientes desplazándose torpemente. Casi como monjes zen cuya máxima aspiración fuera tragarse su propia bilis, gozar del tiempo suficiente para devorar una mano o un pie. En cualquier caso, sus discos, sí, se dejan escuchar. Nos acompañan. A veces hasta nos entretienen. Pero sólo es hasta que les hemos dado suficiente espacio y oportunidad que nos atrapan. Seducen. Muerden y se arrojan con rabia hacia nosotros mostrándonos su verdadera conformación. La de un virus inoculado, un cáncer que conforme va creciendo y acabando con nuestro cuerpo, nos hace feliz. Nos hace sentirnos más vivos. Quizás por primera vez realmente. Tal y como sucede con quienes contemplan a un adolescente siendo perseguido por varios espíritus en la pantalla y mientras no cesan de gritar no pueden evitar sonreír, disfrutar, gozar. Adentrarse y atravesar el lado mórbido de la existencia. Esa “zona” en la que muertos y vivos son uno a la que intenta poner música Frizzi en textos musicales que son prácticamente aterradores poemas entre los que puede escucharse la voz de un fantasma, ecos de los cánticos de los grajos y almas asfixiadas gritando a través de psicóticos, narcóticos sintetizadores ideales para acompañar los bailes de las almas enterradas en los cementerios.

Es obvio que Fabio Frizzi me parece un verdadero maestro musical. Pero no tanto por sus logros sino más bien por su humildad. Pues en todos sus discos se trasluce un intenso amor y respeto hacia la música. Lucidez y consciencia de que en el fondo sus trabajos son divertimentos y si acaban convirtiéndose en obras maestras es más por la pasión y sabiduría que introduce en ellos que debido a sus pretensiones artísticas. Frizzi, sí, es uno de esos escasos músicos profesionales que sabe dónde están sus límites y no los rebasa. Se siente contento por el mero hecho de poder componer y desde luego que lo transmite. El terror en sus manos es un caramelo. Un dulce de chocolate que entra con suavidad en nuestro estómago. Casi como si fuera una lección que debiéramos aprender sí o sí para continuar vivos. Consiguiendo que imaginarnos nuestra muerte o la de nuestros seres queridos más que una tortura, sea una liberación. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

El verano muere siempre ahogado

encabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo