Gancho

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Casi por intuición y descuido, Peter Hook se inventó una forma diferente de tocar el bajo. O al menos, de resaltar su sonido. New Order eran reconocibles sobre todo por su instrumento. Hook era capaz de sacar truenos de las cuatro cuerdas y sensibles acordes con una ductilidad asombrosa. En sus manos, el bajo era tanto una guitarra como un sintetizador. Una máquina de crear riffs y atmósferas que podían reventar tanto un concierto de rock como una maquinal discoteca. En cierto sentido, era capaz de aportar un toque siniestro a los hits del grupo inglés y también otro de elegancia hedonista que los hacía irresistibles. Cambiaba de registro, sí, de manera instintiva y meditada. Con una naturalidad asombrosa. Contribuyó por ejemplo a transformar a Joy Division en una caja de resonancias negra. Un misterioso y oscuro mecano que, a pesar de remitir al Apocalipsis y lóbregos monasterios, poseía un toque bailable entre la habitual barranca de graznidos turbios. Y más tarde, aportó elegancia, contención y locura psicótica al techno-pop de lujo fabricado por New Order.

De alguna forma, Hook ha sido el Neil Young del dance pop británico. Alguien que cuando sintonizaba internamente con su instrumento, hacía descender olas de ruido a las salas de concierto. Montañas rocosas. En realidad, era un punk. Tocaba el bajo por hedonismo. Por rebeldía y desenfreno. De manera histriónica y vigorosa. Con el estómago y la polla y no con el cerebro. Era un pirata que abordaba al enemigo y su público sin hacerse demasiadas preguntas. Disfrutando si podía cada travesía y abordaje. Cada guerra y sangría. Y sin embargo, al escucharlo, parecía un joven intelectual. Un lector de Camus y J.G.Ballard capaz de transmitir las emociones de sus lecturas a su manera de tocar e interpretar música. Un refinado burgués que había crecido escuchando a Schubert y Schumann mientras leía La montaña mágica. Aunque era -repito- más bien lo contrario. Un espíritu desenfrenado que si bien poseía una concepción elegante de la música, en sus ratos libres era un cafre. Un hombre torturado e intenso que amaba el alcohol, las drogas y la experimentación. Deseaba ante todo disfrutar la vida. Establecer una comunión con el público. Convertir cada concierto en un ritual. Una misa pop.

En sus momentos más intensos, Hook lograba que su bajo pareciera programado. Que sus notas parecieran salir directamente de una caja de ritmos aunque él las estuviera interpretando en directo. Ciertamente, una de sus cualidades consistía en lograr que la energía humana impregnara a las máquinas musicales. Humanizar el mundo de la tecnología sin corromperlo. Por lo que su instrumento se encontraba siempre unos pasos por encima del suelo. Latía entre continuas ondas sonoras que le daban una profundidad inaudita. De tal forma que a veces, si nos fijamos, casi que se le pude oír llorar. De hecho, esa es una de las grandes cualidades de Hook: haber logrado extraer sentimientos de su instrumento. Conseguir que su bajo entonara las melodías como un cantante, se lamentara por una pérdida o se sintiera feliz debido a una reconciliación amorosa sin necesidad de que él tuviera que pronunciar una sola palabra. Con tan sólo un palo de cuatro cuerdas enroscado a un bafle.

Su vida siempre fue un tobogán. Sentimentalmente estaba roto. Destrozado por una relación de pareja tóxica y su tendencia a la autodestrucción y la experimentación. Hook era en el fondo un hooligan aunque cuando tocaba el bajo parecía un fino y elegante burgués sacado de una novela de F. Scott Fitzgerald o de Evelyn Waugh. Y vivió los años gloriosos de New Order sumergido en una borrachera enorme. Un caos del que por arte de magia brotaban canciones eternas que su bajo sellaba, haciéndolas reconocibles y excitantes. Magnéticas y bailables. Seductoras y sensuales. Odas de pop perfecto con dos pies en el futuro que transformaban el nihilismo en un lugar deseable. Shalam

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Cuando las deudas se pagan, las revoluciones se acaban

Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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