Germán Coppini: ese alien divino

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Magia. Eso que no podemos definir ni explicar. Magia. Esto es lo que poseían las canciones de Golpes Bajos. El brebaje de la emoción y del encantamiento. La pócima que consigue que los malandrines se conviertan en gigantes o enanos y nos permite viajar más allá del espejo. Recorrer el mundo en unos versos. Magia. Cuando todos los sucesos y personas confluyen para hacer del momento en que vivimos un acontecimiento. Magia. Sí. Eso es exactamente lo que se dejaba sentir en cada uno de los susurros de la voz de Germán Coppini, fallecido ayer. Un artista bohemio, elegante y, sobre todo, íntegro que nos legó varios clásicos atemporales que sobrevivirán a la era pop. Un hombre que vivía atento a la calle, respiraba el aroma contemporáneo y era consciente de que su misión consistía en construir letras, atmósferas, sonidos que (le) y (nos) trascendieran ante cuya pérdida, apenas puedo parafrasear algunos de sus inolvidables textos. Proferir en voz alta que aun hay luz en el hogar, no todo está perdido, existen escenas que no se olvidan y que fueron bellos aquellos tiempos, los momentos más antiguos.

No voy a decir que fui un fan de su etapa en Siniestro Total porque sería falso. Pero sí disfruté como un poseso del primer disco de Lemuripop, Primo Tempo; una obra que me ayudó a componer varias escenas de La risa oscura como aquella en que un Mario Bellatin adolescente se enamora de una maniquí o esa otra en que recita un texto en que se nos habla de jóvenes muchachos procedentes de Lemuria. Y desde luego que gocé (desgasté de tanto escucharlo el tema “Muchas gracias” contenido en Las canciones del limbo) con muchos de los discos en solitario de Germán Coppini. Pero lo de Golpes Bajos, lo de Golpes Bajos, como se suele decir, es harina de otro costal. Porque cada uno de los temas que aquella banda grabó posee un halo indescriptible, único. Aquellas canciones me envolvían en una burbuja y conseguían que el tiempo se detuviera. Eran una especie de eclipse en una época vacía. Y lo más sorprendente, es que se hacían inmediatamente reconocibles sin caer en ningún momento en la vulgaridad. Al contrario, mantenían siempre su personalidad singular, fuera del tiempo, que las hacía eternas. De hecho, esto es lo que sentía cada vez que las escuchaba: que no existían los meses ni los años y que, aun perdido en la ciudad, encerrado en una habitación desde la que apenas se vislumbraba el cielo, podía soñar con historias de piratas, amantes exóticas y resucitar espacios de aventura. Senderos lúdicos llenos de belleza y misterio a través de los que perderme junto a Hansel o Gretel, realizar travesuras con Till y por supuesto, organizar una celebración jocosa y festiva con maniquíes.

“Escucha ¿Qué nos queda ya? Este grillo abatido no puede ahora cantar”. Esto cantaba Germán en el tema Pepito el grillo contenido en el ya lejano (e inquietante) EP que grabara junto a Nacho Cano a mediados de los 80. Cuanto todo se antojaba aún posible, restaban decenas de espacios por descubrir y soñadores como él permitían establecer románticos vínculos entre un pasado pétreo y el presente evanescente -aun sin controlar- de un país que parecía que estaba dispuesto a reconstruirse. Como hizo constantemente este librepensador, ácrata y alien divino que componía letras que se adaptaban a diversas circunstancias y entornos y flotaban y seducían sin empalagar. Combinando con fascinante flexibilidad substratos míticos con halos clasicistas y modernos que obligaban a releerlas varias veces sin, en ningún caso, agotarlas. En fin. ¿Nos merecíamos realmente a un artista así? ¿Quién sabe? Quede aquí constancia en cualquier caso, de mi agradecimiento a este pájaro cautivo que tal vez, ahora sí, disfrute de su libertad. Puede que ahora sí pueda gozar de esa felicidad plena a la que aludían etéreamente sus canciones, que ya fuera por su inquietud o sensibilidad como debido a su genialidad iconoclasta, (acaso por haberse adelantado a su tiempo), no pudo terminar de saborear mientras estuvo con nosotros. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

El tiempo que pasa uno riendo es tiempo que pasa con los Dioses

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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