Get Lost: humos y espejos

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Get Lost no es un disco perfecto. Pero eso lo hace más encantador y entrañable hasta convertirlo en, a mi entender, el mejor de The magnetic fields. Su creación más centrada. Una mágica mixtura entre un melodrama sentimental y un viaje en barco o tren por una ciudad europea. O algo parecido. Un cruce entre varias novelas existencialistas francesas, agudas guitarras que huelen a folk, vino, resaca y sexo en moteles y el techno pop de los 80. Un techno dramático, eso sí, de texturas apagadas y sombrías puesto al servicio de la lírica. Una voz profunda que habla de las derivas sentimentales y los apegos con solemnidad y desapego. Como si el amor fuera un vicio no muy distinto del tabaco en el que recayéramos casi por costumbre. Y no tanto por pasión. Más por incapacidad de liberarnos de las dependencias que por deseo o el gozo de encontrarnos con otra alma en la intimidad. La descripción de una neurosis obsesiva. Huidiza y vibrante. La mente y corazón de quienes, tras haber idealizado el amor, son incapaces de vivir con cierta distancia o lucidez sus sinsabores prosaicos.

Get lost es un disco equilibrado. Una obra que bascula en el alambre. A veces parece deslizarse hacia la locura, ser una oda a la desesperación, la carta de despedida de un náufrago y otras, iluminar difusos rincones mentales, encontrar espacios de reposo en medio de un temporal. En realidad, es una banda sonora muy adecuada para definir el amor a finales del pasado siglo. Y a principios de éste. Una oda solitaria que explora la ambigüedad, la incertidumbre y el caos sentimental. Las similitudes entre el amor adolescente y el adulto. Y construye una especie de mapa sobre una generación de individuos para los que formar una familia será realmente dificultoso. Jóvenes crecidos entre comerciales televisivos y sonidos procedentes de la radio. Evocadores melodías a las que homenajea esta chatarra sonora orquestal que mezcla con absoluto desparpajo a David Bowie, New Order y Waterboys. Revuelve el pop (el synth-pop) y el rock de bajo presupuesto (low-fi) creando una intimidad única con el oyente. A quien habla al oído con suavidad y dulzura. E hipnóticamente. Como muchos de aquellos antiguos films europeos rodados en blanco y negro europeos. O las grandes obras de cine negro norteamericano. Creaciones de Jean Vigo y Jean Renoir y escenas en las que aparecen Humphrey Bogart o James Cagney sonriendo. Romances de posguerra. Monasterios. Praga. New York. Libros de Albert Camus, Marguerite Duras y Sylvia Plath. Y evanescentes trajes de una época que se va. Tristeza y satisfacción. Rupturas emocionales que dejan ciertas brumas de felicidad a su paso. Borracheras escuchando a Tom Waits viendo pasar las luces y faros de los automóviles. Y crepúsculos en los que alguien decide si pegarse un tiro por amor o seguir caminando.

Get lost es uno de esos pocos y extraños discos que son capaces de explorar los puntos de contacto entre dolor  y placer. La elegancia y la sordidez. Música que podría amenizar una boda pero también un funeral. Evoca viejos mundos y sensaciones y consigue aterrizarlos en el presente. Una creación llena de nostalgia hacia el pasado, los grandes hitos de la música del siglo XX, que sin embargo fue capaz de dar un paso al frente. Convirtiéndose en testigo de la deriva del mundo contemporáneo. El narcisismo en el espejo. Ese apocalipsis cotidiano que contemplaba con acidez y sorna, y cierta tristeza, desde un bar no demasiado concurrido de cualquier ciudad. Una ciudad sin nombre en la que la alegría básicamente consistía en sobrevivir al amor y a uno mismo. Sobre todo, a uno mismo. Shalam

إِذَا لَمْ يَكُنْ مَا تُرِيدُ فَأَرِدْ مَا يَكُونُ

Si no es lo que tú quieres, quiere lo que es

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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