Gorrión negro

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Cuando escucho a la mayoría de músicos de jazz siento sus deseos de ser libres. Los veo reírse en una sala donde se cuentan anécdotas y tocan sus instrumentos con la candidez e ilusión con la que juegan los niños en la escuela. Algo que no suele ocurrirme con Tete Montoliu. Tal vez porque su prematura ceguera lo convirtió en un adulto a los pocos años de nacer. Le substrajo una parte esencial de su experiencia vital que nunca pudo recuperar. Y por ello, cuando escucho un disco del inmortal pianista catalán lo que siento es tristeza. Nadie de hecho en el mundo del jazz ha sido capaz de extraer tantos matices de este sentimiento. No tuvo que ser excesivamente dichoso saberse una leyenda viva y poder viajar a decenas de países sin poder disfrutar de una parte esencial de los mismos: el paisaje. Cualquier nota que Montoliu consiguió extraer de sus pianos lleva grabada a fuego esa experiencia que no obstante, le hizo profundizar en su instrumento como pocos otros músicos. Convirtió cada uno de sus conciertos en una severa postal de su alma y una invitación a volar. Pero eso sí, volar como lo haría un oscuro gorrión con los ojos vendados. Razón por la que muchos de sus discos son amaneceres nublados y se desarrollan en medio de un castillo en el que hay desplegado un sombrío telón negro.

De todas formas, no sería justo afirmar que Montoliu era un explorador de la tristeza musical. Poder dedicarse en cuerpo y alma a su vocación lo hizo dichoso y cada vez que tocaba el piano, parecía que de sus manos surgían alfombras y cortinas de terciopelo. Existía en verdad, un espíritu juguetón en sus obras. Una vertiente lúdica muy acusada en su personalidad que hizo que la extroversión y la introversión o la alegría y la melancolía fueran palabras sinónimas en su obra. Además, gracias a su ceguera, Montoliu fue de esos escasos músicos capaces de percibir los más escondidos sonidos. Descifrar silencios, vibraciones, ruidos apenas percibibles para el oído común, y explorar recovecos musicales apenas entrevistos por unos pocos genios. La música de Montoliu quizás era surrealista. A veces, parece por ejemplo la banda sonora de un film noir dadaísta o de un cuento de Julio Cortázar. Pero no había un exceso de raciocinio en su elaboración. Más bien, era fruto de la experiencia de vida de un hombre solitario. Un ser que siempre, aun estando rodeado de multitudes, se sentía solo. Contemplaba obstinadamente, día tras día, el mismo muro negro ante sus ojos. Y en vez de torturarse por ese hecho, intentaba descifrarlo tocando el piano con una misteriosa sonrisa en los labios. Shalam

اِلْزَمِ الصِّحَّةَ يَلْزَمُكَ الْعَمَلُ

Lo mejor no es tan fácil de creer como lo peor

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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