Hedonismo

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Duran Duran eran los Stones de los nuevos románticos. Una banda capaz de mezclar la instantaneidad del pop, la contundencia del soul y la sensualidad de los ritmos nocturnos con el techno más pegadizo convirtiendo sus mejores discos en una centrifugadora de hits hedonistas ideales para tatarear en la playa, clubs y discotecas. De tal forma que son casi un símbolo del verano. Del placer más puro y de la vitalidad sexual del turismo occidental. Lo que explica su éxito masivo a principios de los 80 pero también la inmensa confusión que crearon en el mundo de la música contemporánea que cuatro décadas después continúa acompañándolos. Pues su atractivo aspecto los llevó a ser portada de las famosas revistas de quinceañeras y ser catalogados como un producto efímero de la época. Flor de un día. Una banda de impostores sin interés artístico alguno por más que detrás de ellos había un interesante proyecto musical que ha sobrevivido a los estragos del tiempo y en parte continúa vigente. De hecho, a estas alturas Duran Duran son más sinónimo de solidez que de frivolidad. Y aunque han hecho méritos más que suficientes para ser respetados, son parecidos a esos escritores que muchos desprecian por sus ventas sin percibir el trabajo que hay detrás de cada uno de sus libros ni tener en cuenta las ideas valiosas y los pasajes memorables que hay en ellos. Ya que no es fácil en absoluto encontrar la manera de hablar del amor y el desamor sin desgastarse o caer en el tedio.

Muchas veces me he imaginado cómo sonarían los temas de Duran Duran siendo interpretados por artistas de mayor prestigio cultural y con otros arreglos. Un ejercicio que me sirve para ratificar lo buenos compositores que son.

Notorius es por ejemplo un disco que no me cuesta concebir que hubiera sido interpretado por David Bowie. Puedo vislumbrar perfectamente al visionario reptil tocando el saxofón en múltiples pasajes de la obra y casi que escucharlo entonar con su seductora voz los sensuales estribillos y he de reconocer que me estremezco. Aunque también puedo concebir perfectamente a Grace Jones reelaborando Notorius en su totalidad y haciéndolo suyo y por supuesto que me encantaría escuchar esas canciones interpretadas por un soulman clásico.

Asimismo, no me es difícil imaginar muchos de los inmensos singles que grabaron en su primera época en manos de artistas de folk o música americana acústica. Interpretados con escasos recursos por voces lánguidas y melancólicas como las de Chris Isaak. De hecho, el mismísimo David Lynch se interesó por ellos y les grabó un concierto que si bien no se encuentra entre sus mejores hallazgos artísticos, sí que pone de manifiesto con mucha claridad el misterio Duran Duran. El hecho de que la trayectoria del conjunto inglés sea mucho más coherente y probablemente más interesante que las de grupos con mayor calado en la prensa. Y sobre todo, el que sin dejar de ser ellos mismos y remitir a un inmenso caudal de tópicos propios del rock, hayan sido capaces de deconstruir sus fundamentos hasta convertirse en espectros de la música pop. Fantasmagóricas remembranzas de un mundo adolescente que se ríen constantemente de sí mismos sin por ello dejar de ofrecer productos de calidad. Cuidar cada paso creativo que dan más allá de los resultados obtenidos que tantas veces dependen de ese espíritu tan difícil de invocar llamado inspiración.

Lo cierto es que existen pocos grupos más divertidos que Duran Duran. Basta que un artista crezca y alcance la cuarentena para que se posicione políticamente y comience a dar discursos moralistas. Sin embargo, el grupo inglés no ha necesitado nunca de este tipo de recursos para revivir de tanto en tanto. Nadie más lejos por ejemplo de Bono y su furibundo mesianismo que Simon Le Bon y sus compinches. Puesto que casi que el único argumento de su discografía es cómo mantener vivo, no dejar caer el espíritu adolescente. Cómo crecer sin traicionar al joven que fuimos ni convertirnos en aquello que odiamos. Ese que se ponía las ropas de su hermana, se tatuaba el nombre de Marc Bolan en la frente y tatareaba canciones de Kiss y New York Dolls cada noche como si se fuera a desatar el Apocalipsis de un momento a otro. Tanto es así que entiendo que si Jon Savage decidiera realizar una segunda parte de su clásico Teenage. La invención de la juventud (1875-1945) debería citarlos y dedicarles un capítulo destinado a profundizar en la constante reelaboración de la adolescencia. Porque la pasmosa grandeza de Duran Duran consiste no sólo en su capacidad de continuar realizando discos interesantes sino de mantenerse jóvenes. Tanto o más que cuando deslumbraban al mundo con videoclips que transformaron durante unos cuantos años a la MTV en un fascinante cajón de sastre lleno de imágenes bizarras y magnéticas como las realizadas por Russell Mulcahy para ilustrar aquella canción “Wild boys” que dialogaba directamente con la novela Los chicos salvajes. El libro de los muertos de William S. Burroughs.

Duran Duran forman parte del menú de “placeres culpables” de una gran parte de melómanos modernos.  Tal vez porque se veían tan bien en medio de una película de James Bond, en una isla paradisíaca o en un paisaje devastado industrial a lo Mad Max. Y no eran excluyentes por tanto. Podían gustar a un amplio espectro de público sin llegar a transformarse en el manjar favorito de ninguno. De hecho, poseen un lúcido espíritu lúdico que les ha hecho llevar tan bien tanto los años  de éxito masivo como los de indiferencia y olvido. Probablemente porque siempre se centraron en la música y disfrutaron intensamente la posibilidad de ganarse la vida haciendo aquello que más amaban. Una característica que los ha mantenido inalterables y más confiables que muchos otros grupos que sí que rompieron el espejo mítico en que se reflejaron por un tiempo. Sin ir más lejos, tuve la fortuna de verlos en directo hace más de una década y disfruté mucho más su concierto que el de unos New Order que palidecían al ser comparados con el recuerdo de sus años gloriosos. Al contrario, -más allá de su impetuoso despunte en los primeros ochenta- Duran Duran parecen haber estado siempre de moda y fuera de moda. Son los verdaderos Dorian Gray del mundo del pop. No cambiaron nada y todo seguiría igual si algún día confirmaran su separación y es eso precisamente lo que los hace absolutamente necesarios. No imprescindibles como un protector solar durante un paseo por la playa pero sí tan disfrutables como un buen cocktail en la orilla del mar. Shalam

الشعبي و الذي يراكم مزيدا من التألق و

Ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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