Heliogabaulus imperator

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Llegados a un límite de la historia de la Roma clásica, los emperadores comienzan a sucederse vertiginosamente. A partir de mediados del siglo primero, diez años en el poder ya era un tiempo bastante considerable para un emperador, veinte, un largo período y treinta, casi una eternidad. Un dato que permite hacerse una clara idea de las tensiones y tremendas rivalidades que existían entre distintas facciones y bandos por acceder a la ansiada posición. Un lugar de prestigio que no sé hasta qué punto era deseable, pues con el tiempo se convirtió en puro veneno. Un auténtico peligro. Durante dos años por ejemplo, 68 y 69 d. C, cuatro hombres ocuparon el cargo y varios de ellos (Galba y Vitelio) murieron asesinados, y uno suicidado (Otón). De todos los emperadores de aquel convulso período histórico que va del esplendor de la Roma a su declive, se destaca sin duda alguna, Heliógabalo. Un muchacho que reinó en el imperio no más de cinco años, a cuyo renombre y conocimiento, contribuyó decisivamente la furiosa y catártica obra que le dedicó Antonin Artaud (probablemente inspirándose en la visión dada por Edward Gibbon), gracias a la que este déspota de nombre real Vario Abito Basiano, llegó a estimular las imaginaciones más crueles, acercándose al nivel que lo había hecho Calígula durante siglos. En cualquier caso, Heliogábalo posiblemente no fuese más que una hermanita de la caridad comparado con el sucesor de Tiberio y gran parte de sus locuras y excentricidades fueron exageradas y caricaturizadas por muchos de sus enemigos. Encarnizados rivales que nunca le perdonaron haber conquistado el poder debido a una revuelta promovida por su tía materna y haberlo hecho además, insolentemente joven (con catorce años), se escandalizaron con sus cinco matrimonios y su vida licenciosa y sobre todo, lo atacaron encarnizadamente por haber sustituido del santoral romano al dios Jupiter por otro dios de cuyo culto era sumo sacerdote: El-Gabal.

Tal vez porque su personalidad encarna la inevitable decadencia del Imperio, aparece en una época de tinieblas y oscuridad en la que la cultura se había convertido en degeneración y en Roma comenzaban a vislumbrarse tinieblas y decenas de sombras, Heliogábalo ha sido fuente de inspiración para muchos artistas. Algo lógico porque su figura es en gran medida, un prólogo a ese invierno que es la caída de Roma. Es el principio de un eclipse. No es alguien tan majestuoso como Calígula, cuyo ego era capaz de deslumbrar al mismísimo sol sino más bien el protagonista de una comedia bufa. La luna fundiéndose con la noche. El terremoto que precede a la destrucción total. Los primeros gusanos merodeando sobre el cuerpo del cadáver y las nubes apareciendo en medio de un cielo que va progresivamente oscureciéndose. Al fin y al cabo, Heliogábalo era alguien aniñado, un púber incapaz de pensar con sutileza y moverse sigilosamente en la penumbra, cuya sola presencia mostraba con absoluta claridad el desorden del Imperio. El caos que reinaba en el centro de una civilización que encarnó los valores del orden aristotélico, la lógica y el estoicismo, y con el tiempo, se había ido hundiendo en el maremoto embriagador dionisíaco. Se mecía en medio de las alas de la locura y la animalidad más bestial, consagrada al asesinato y el orgasmo con tanta pasión y meticulosidad como anteriormente lo había hecho con su expansión militar, la imposición de leyes y la construcción de impresionantes obras arquitectónicas. Heliogábalo, sí, era símbolo de una Roma que vislumbraba -aunque fuera muy a lo lejos- su declive. Se mostraba dubitativa y vacilante entre el cristianismo y el paganismo, la alta cultura y la barbarie, la sangre y el verso y poco a poco, iba mutando su porte egregio en faz monstruosa. Engordaba, por así decirlo, para morir y no importaba de cuantas batallas saliera victoriosa, había algo en ella que anunciaba el derrumbe. Piedras precipitándose sobre enormes abismos antes de ser destrozadas y perderse de vista para siempre.

Quiero dejar claro, en cualquier caso, que si he citado hoy en avería a Heliogábalo es debido fundamentalmente a las repetidas escuchas que he realizado últimamente de la obra que le dedicara Hans Werner Henze. Esa intrigante Heliogabalo Imperator, que ha sido banda sonora de Puercos durante muchos días. La música clásica del siglo XX sigue siendo extremadamente discutida e incomprendida. Básicamente, porque testimonia y acompaña el ocaso de los ideales al que asistimos cotidianamente hoy en día y por tanto, no busca tanto emocionar y alegrar el alma sino escarbar en la psicosis. Sin embargo, y precisamente porque Henze utiliza la atonalidad y la disarmonía para ilustrar la vida de un personaje que -como espero haber dejado claro- representaba en sí mismo, la esquizofrenia del glorioso imperio romano, el ajuste entre música y temática es perfecto. Pues los corrosivos y sutiles juegos sonoros compuestos por Henze, la continua ruptura que lleva a cabo de los ecos marciales y militares, la infinidad de abruptas melodías que aparecen y desaparecen en la composición distorsionando la majestuosidad de lo narrado así como los continuos torbellinos entre los que se mecen melodías que remiten tanto a la música antigua latina como a la expresionista, contribuyen a crear un fondo musical sumamente inquietante y abrupto que actualiza completamente al personaje retratado. De hecho, a la vista de lo expuesto musicalmente por Henze, Heliogábalo podría ser emparentado perfectamente con el Norman Bates de Psicosis y muchos de los políticos actuales. Es prácticamente nuestro contemporáneo. Y desde luego, que su composición anima a realizar una comparación entre la decadencia del Occidente actual y el ocaso de Roma y se ha conseguido ajustar perfectamente con las palabras que, pacientemente, he ido hilando para describir la mente del conde que protagoniza Puercos cuyos monólogos, al fin y al cabo, remiten no tanto a un mundo que se está cayendo, sino a uno que se ha caído. Shalam

إِذَا طَالَتِ الطَّرِيقُ كَثُرَ الْكَذِبُ

La risa es la distancia más corta entre dos personas

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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